Biblioteca del 27 de Marzo, 2005
categoría Artículos
entrevista a Ray Bradbury, Mis cuentos se leerán en Marte

'Señor Bradbury, por las dudas de que me ponga tan nerviosa que no pueda hablar, quiero decirle gracias por pasar tantos días lluviosos conmigo, y también los días cuando no iba al colegio (porque estaba engripada) y días en que mis padres me obligaban a hacer la siesta y me decían: 'No hace falta que duermas, sólo descansá y leé un libro. ¡Gracias por su maravillosa compañía durante estos 30 años!" (Mónica Sottolani, 40 años).

El papelito doblado apareció bajo la puerta de entrada del 10.265 Cheviot Drive, la casa amarilla patito cubierta de Santa Ritas que pertenece a Ray Bradbury, maestro de la ciencia ficción y usina de sueños intergalácticos de varias generaciones de habitantes del planeta Tierra. Al leerlo, el escritor sonríe y lo deposita sobre la montaña de papeles, fotos, juegos, carpetas, cepillos y artículos más insólitos que alfombran su mesa de comedor, convertida en escritorio. Sonríe con placer pero sin sorpresa: cada semana, unas 300 cartas llegan a la residencia de Los Angeles que comparte desde hace medio siglo con su esposa Marguerite McClure, junto con peluches del tamaño de un gran danés, cuadros como el del hombre tatuado de pies a cabeza (un homenaje a El Hombre Ilustrado) que decora el lobby de entrada, y objetos de toda suerte vinculados a alguno de sus más de 600 cuentos, o novelas, o poemas. El amor de sus lectores no claudica con los años. Y él se esfuerza por serles fiel: contesta personalmente todas las cartas que le parecen "más sentidas". ¿Cómo podría no hacerlo? ¿No escribió él mismo una carta -cuando era un escritor novel- al escritor inglés William Sommerset Maughan para agradecerle por un libro que ayudó a dar dirección a su pluma? ¿Y no comenzó esa carta una correspondencia de años que hoy conmemora con una foto sepia sobre su pared?

Esa es la vida de Bradbury: un ir y venir de pasiones literarias, algunas compartidas, algunas propias; un largo y fervoroso diálogo con él mismo que desde joven se tomó el hábito de volcar (él diría "vomitar") sobre el papel. Conocer a Bradbury -tras una vida de intuirlo entre las páginas de sus libros- no desilusiona.

El primer impacto es contradictorio. Por un lado, se notan aún en su rostro y su postura los estragos del accidente cerebro-vascular que sufrió hace poco más de un año: camina lentamente con bastón, muy despacio, sin aceptar ayuda. No escucha muy bien de un oído y perdió -por el momento- su legendaria rapidez con el teclado (hoy por hoy, le dicta los cuentos por teléfono a Alexandra, una de sus hijas, quien luego se los envía por fax para que él dé el visto bueno o corrija). Pero no hace falta más que escuchar su saludo enérgico, su risa espesa de Papá Noel, sus chistes justos para cada ocasión; no hace falta más que mirarlo, con su uniforme de shorts, camisa y tiradores, la corbata poblada de huevos de Pascua, para descubrir detrás del bastón y el pelo blanco a aquel niño de 12 años que él dice ver aún en el espejo cuando se afeita.

Después de sacarse los anteojos, aclara por las dudas. Me recibe en el comedor de su casa, que se apropió para oficina hasta que pueda maniobrar con más facilidad las escaleras que dan al sótano, refugio de sus "metáforas": juguetes, esqueletos, máscaras de toda clase, calaveras. Pero hoy por hoy la imaginación afiebrada del escritor invade el corazón de la casa, y al mirar la masa de objetos sobre la mesa, las sillas, el piso, Maggie (así la conoce el mundo) no puede dejar de suspirar, echar las manos al cielo y musitar "cómo alguien puede trabajar así... yo no sé". Pero se nota que está acostumbrada a los avatares de la vida con un hombre inusual, y que -mucho más allá de los inconvenientes- los agradece.

Bradbury contesta las preguntas con ahínco, como si no hubiese respondido ya a cientos, miles de interrogatorios similares. Con algunos temas se exaspera, como si no se hubiese exasperado ya tantas veces ante esas mismas inquietudes. Da la impresión de que vive cada pregunta como una nueva oportunidad para lanzar sus verdades al mundo, sin importar mucho dónde aterrice ni cuánto viento levante en el camino. ¿Cuán seguido escribe? "Todos los días", contesta. "No dejo pasar una semana sin completar un cuento, un artículo, un ensayo o una poesía". Pero no se queda en esa respuesta literal, jamás se queda en lo literal. "Dios me ha dotado de locura. No tengo opción", dice con gesto humilde, bordando una metáfora en su respuesta con talento de artesano viejo. Sin embargo, es una locura que no le demanda más de dos horas por día. "Si estás enamorado, no necesitás más", dice, como si no hubiese otra explicación más lógica en el mundo.

Cinéfilo apasionado, cuenta con entusiasmo que la semana siguiente se reunirá con Steven Spielberg para intentar llevar al cine otra de sus obras. Pero, discreto, no abunda en detalles.

-Le gusta definirse como un coleccionista de metáforas, más que como un escritor. ¿A qué se refiere?

-La gente recuerda todas mis historias porque sigo la tradición de los grandes escritores del siglo XIX, como Herman Melville, Edgar Allan Poe o Nathaniel Hawthorne. En esos años, los escritores estadounidenses y europeos escribían con metáforas. En otras palabras, la historia era tan vívida que una vez que uno la leía ya no la podía olvidar más. Por ejemplo, si uno lee El gato negro, de Poe, en el que la mujer está enterrada en la pared, ya no la puede olvidar, no? Todas mis historias se inscriben en la tradición de los grandes relatores de mitos que a la noche, con la gente reunida alrededor del fuego, hilaban sus historias. Crecí enamorado de las películas: las de Lon Chaney, El Fantasma de la opera, El jorobado de Notre Dame, todas historias metafóricas. Vi todas las grandes películas del cine mudo y más tarde la de King Kong. ¿Y sabés qué? La bestia sigue dando vueltas. Así como en mi cuento La pradera, cuando digo que los leones pueden bajarse de la pared y comerse a tus padres, te juro que se bajan y se los comen. Si escribo una historia como Caleidoscopio, en la que un cohete explota y manda a todos sus tripulantes volando en todas direcciones, se trata de una historia de amistad, amor y soledad. Es una metáfora para la condición humana. Y al final del cuento uno de los hombres se quema sobre la Tierra, y un niño dice "Ah, una estrella fugaz. Pide un deseo. Pide un deseo". La gente nunca lo olvida. Tengo la habilidad de un poeta para escribir con metáforas. Hace 55 años, cuando vivía con mi esposa en Venice, California, vimos las ruinas de una vieja montaña rusa acostada sobre la playa, con su esqueleto y sus costillas saliendo de la arena, y entonces le dije a mi mujer: "Me pregunto qué hace ese dinosaurio acostado ahí en la playa...". Lo convertí en una metáfora en el acto. Y la noche siguiente escuché la sirena del faro, que sonaba hacia el océano, y me dije: "Claro, el dinosaurio escuchó la sirena, pensó que era otro dinosaurio que lo llamaba, nadó hasta ahí para encontrarlo y descubrió que era una maldita sirena y un maldito faro. Entonces destruyó todo y murió con el corazón roto en la playa". Al día siguiente me levanté y la escribí. Cuando John Huston leyó esa historia, me llamó para que escribiera el guión de Moby Dick.

-¿Cómo reacciona su mujer cuando le dice cosas como esas?

-Mantiene la boca cerrada. (Risas) Está casada con un loco, así que no interfiere.

-¿Algunas de sus novelas parecen tener mensajes o advertencias de orden moral. Es intencional?

-No, jamás pontifico. Odio a los escritores que me quieren ayudar, odio a los escritores políticos. Toda esa literatura política muere en unos pocos años, cuando mueren los eventos que las motivaron. Farenheit 451 no era una novela política, era una novela social sobre condiciones que podrían transcurrir en el futuro. Cuando la escribí, la televisión en EEUU sólo tenía dos o tres años, pero podía imaginar cómo nos afectaría. Fue algo emocional, no político ni bienintencionado.

-¿Sigue sintiendo aversión a la tecnología?

-Nos están bombardeando con toda clase de máquinas: TV, email, radio, teléfonos, celulares. Estamos obsesionados con estos aparatos que la mayor parte del tiempo no necesitamos. Yo le pregunto a la gente: "Para qué vas a usar esto?" ¡Basta! El otro día me subo al avión para ir a Nueva York, y el tipo que se me sienta al lado abre su laptop. Entonces yo le dije: "Por Dios, deja esa cosa. Necesitas dos o tres horas lejos de toda esa porquería". Otra vez, veo antes de subir al avión a dos hombres que están hablando entre ellos, muy ocupados, celulares en mano. Al subir, uno de los dos me pide si no le cambio mi asiento para sentarse con su amigo. Y yo le dije: "No, no lo voy a hacer. Ustedes necesitan una vacación uno del otro. ¡Vamos, relájense, duerman un poco!". El hombre estaba furioso, pero durante el viaje durmió. Al bajar del avión me dio las gracias.

-Muchas veces habló muy bien de su matrimonio y de cuánto su esposa lo apoyó. ¿Cuál es el secreto para una unión tan larga y próspera?

-El humor. Si más matrimonios se rieran, las cosas serían distintas. Si cada uno sabe cuáles son las debilidades del otro, y las toma con sentido del humor, se sobrevive. Mira toda la porquería que tengo en este cuarto. Me estoy rehabilitando y tengo que tener todo a la vista. Supongo que pronto volveré al sótano, pero por ahora tiene que aceptar todo esto, y lo hace con humor. Y lo otro importante ocurrió cuando nos casamos, en 1947: ella tuvo que renunciar a los 100 dólares semanales que le daban sus padres (hoy serían 500), y se casó conmigo, que no tenía ni uno. Tuvo que empezar a trabajar para ganar 40 dólares por semana, mientras yo escribía con la esperanza de ganar lo mismo. Casi todas las semanas vendía un cuento por dos centavos por palabra, pero a veces nada. Y ni una vez en todos estos años hablamos de dinero. Cuando ella volvía del trabajo, íbamos a Ocean Park a comer un perro caliente y jugar a jueguitos de un centavo, y después íbamos a casa, hacíamos el amor y dormíamos. Siempre lo mismo. Fue la perfección en cuanto a esa cosa que tantas veces destruye a las parejas: el dinero.


-¿Qué clase de padre fue para sus cuatro hijas (Susan, Ramona, Betina y Alexandra)?

-Todo fue improvisado. Uno no puede enseñar valores; uno vive y expresa esos valores. Les llenamos las cunas con libros cuando tenían 8 meses. Libritos de 25 centavos cada uno. La gente me preguntaba: "¿Pero no los rompen?" Sí, seguro, pero eran baratos, y ellas así se acostumbraban a estar cerca de los libros. También llenamos la casa de discos, de películas, de pinturas. Yo pintaba con ellas en el sótano, y algunas de esas pinturas me inspiraron novelas. También las llevábamos al planetario, y les mostrábamos películas de los treinta y cuarenta, y las del teatro japonés. Betina, la tercera, escribe guiones de telenovelas, y a cada rato me llama para recordarme que ella ganó tres premios Emmy por su trabajo, y yo sólo uno. (Se ríe) Y yo le digo, "muy bien, me alegro por ti".

-¿Alguna vez se levanta sin una sola idea?

-Nunca te bloqueas si amas lo que haces. La gente que se bloquea es gente que está haciendo algo que no debería hacer. No puedes escribir para complacer a nadie, ni siquiera a un editor, ni para ganar plata.

-Pero no todos tienen la misma confianza en sí mismos que tiene usted...

-Si escribieran con pasión, la tendrían. Se sienten inseguros porque están escribiendo las cosas equivocadas.

-Suele ser muy crítico con respecto a la forma en que se está educando a los chicos...

-En la escuela hay que enseñarles a leer y escribir, y que ellos elijan sobre qué. Las computadoras pueden esperar, lo primero es que aprendan a leer. Pero esto tiene que ser relajado y natural. Un buen ejemplo es mi hermano, tiene cuatro años más que yo. Nunca leyó un libro en su vida. ¿Cómo se explica que un chico con los mismos padres y la misma tía Niva no se convirtió en alguien como yo? Lo único que se puede hacer es ponerles al alcance los libros, la música, el arte. Si les gusta, bien. Y si no, también. -En Farenheit, los personajes terminan memorizando los libros para salvarlos del incendio. Qué libro salvaría usted?

-(Piensa...) A todos los prefacios de G.B. Shaw, reunidos. Son tan fascinantes como sus obras o más. El era un charlatán compulsivo, un coleccionista de ideas, y tenía maravillosos debates con G. K. Chesterton en los años 20. Me hubiera encantado estar ahí. Y además, si yo los recitara, la gente pensaría que soy inteligente.

-En su libro Fueiserá, predijo que el año 2001 sería el año de los grandes cambios, en lugar de 1984, como predijo George Orwell. ¿Siente que su predicción se cumplió?

-Bueno, no quise decir todos los cambios, y tampoco sólo los negativos. ¿Logramos vencer a la Unión Soviética, no? Así que 1984 no ocurrió, los desarmamos. Destruimos al comunismo, y ese fue un gran triunfo para el presidente Reagan. Hablé con Gorbachov en Washington hace 10 años. Le pregunté qué pensaba de Reagan, y me dijo: "Su mejor presidente". Por qué? "Porque fue el primero y único que dijo: 'Derriben el muro'". Algunas de las buenas cosas que predije ocurrieron, junto con las cosas negativas como la influencia de la televisión. Siempre le advierto a todo el mundo que no miren los noticieros: son puro funerales y hambruna.

-Pero todas esas cosas ocurren...

-Pero no se puede contar sólo eso. También hay buenas noticias todos los días. Debieran ir a los aeropuertos y las estaciones de tren y ver la felicidad. Me encanta ver cómo la gente viene y se va, con lágrimas de felicidad, o de tristeza por tener que separarse. Hace unos años hice un largo viaje en tren y al bajar en una estación vi a dos jóvenes recién casados, y a los padres de ella que estaban ahí para despedirlos. La pareja se iba, se independizaba. Todos lloraban. Y yo los miré y lloré también. Hace unos años estaba en el aeropuerto de Denver y llegó una enorme familia de la India, con todas las mujeres vestidas con esos maravillosos saris y los hombres en hermosos trajes, y pasaron como un barco por delante de mi vista. Los miré y me dije "¡Qué hermosos que son, mi Dios! ¿Sabrán lo hermosos que son?". Estas cosas jamás salen por televisión.

-Usted pasa mucho tiempo subido a un avión para alguien que odia volar...

-Ya no lo odio. Eso fue hace muchos años. Tenía miedo de empezar a correr como un loco por los pasillos gritando: "¡Paren este avión!" Me obligaron a subirme a mi primer avión hace 18 años cuando fui en tren a Epcot (el parque de diversiones de Disney), en Florida. A la vuelta cancelaron el tren, entonces quedé atrapado en Florida, y les dije a los de Disney, con quienes trabajaba: "Dios me está diciendo: 'Vuela, tonto, vuela'. Así que sáquenme un pasaje, llénenme con tres martinis dobles y súbanme". Cuando no grité como un loco me di cuenta de que sólo me había temido a mí mismo. A los miedos hay que ponerlos a prueba.

-Cuando habla de que hay que conquistar el espacio, se refiere a llevar al universo noticias del ser humano o a una búsqueda nuestra?

-A todo. Tiene que ver con la inmortalidad de la humanidad. No podemos quedarnos acá. Hay peligros naturales (que el mundo se enfríe, que se caliente) y el peligro que somos para nosotros mismos. Pero además, como somos la única forma de vida que conocemos, tenemos que salir al mundo y ser testigos. No tiene sentido que exista el universo si no hay nadie para verlo. Somos los testigos de lo imposible.

-Si pudiera viajar al espacio, ¿qué se llevaría para mostrar qué es la vida en la Tierra?

-Sólo a nosotros y a nuestro arte, que es una extensión de nosotros mismos. Pero eso no va a pasar. Si existen otros seres inteligentes están demasiado lejos, a decenas de años luz de nosotros. Nunca los conoceremos.

-Pero sí sueña con colonizar Marte...

-Por supuesto, ese es nuestro trabajo. Para eso nos crearon.

-¿Qué le hace pensar que no reproduciríamos la vida que hoy conocemos en la Tierra, con todos sus males incluidos?

-Por supuesto, sería igual. Siempre seremos criminales, siempre seremos brillantes, siempre tendremos a Hitler y siempre tendremos a Shakespeare y a Alexander Pope y a Borges.

-Usted es un hombre muy nostálgico, no?

-Lloro al leer las guías telefónicas. O eso dice mi mujer, al menos.

-Sin embargo, en sus libros, la nostalgia está equilibrada con optimismo.

-Es que la nostalgia lo exige. Uno siente que está perdiendo algo, y entonces trata de recrearlo. El vino del estío fue mi intento de capturar mi pasado como a una luciérnaga en un tarrito. Y lo logré. Ahí está otra vez la metáfora: se hace el vino en el sótano durante el verano, y en el invierno se toma el verano de nuevo. Se toma la metáfora.

-Y cuando termina un libro como El vino del estío, ¿se siente más en paz con sus fantasmas?

-Bueno, le gané a la muerte, no? Eventualmente me va a ganar, pero mientras tanto, cada vez que termino un libro y lo pongo en el buzón, le digo a la muerte: "Bueno, muerte, esta vez perdiste".

-¿Cree que existe el Cielo?

-A todos nos gustaría, ¿no? Si uno tiene grandes amores en su vida, no quiere pensar en no volver a verlos nunca más. Siempre albergamos una pequeña esperanza. Pero realmente no sabemos.

-¿Va a la iglesia?

-No necesito una iglesia. Tengo una iglesia, soy el cura, soy el obispo, soy el Papa.

-Pero si existiese el Cielo, ¿cómo lo imagina?

-Con mis hijas, mi esposa y mis amigos. Sería igual. Claro, si pudiera conocer a Shaw y a Shakespeare ya que estoy ahí, sería muy feliz.

-Shaw también escribió hasta muy grande, ¿no?

-Sí, tenía 97 cuando Dios le dio por la cabeza con un bate de beisbol. Si yo sigo escribiendo a los 90 como Shaw, voy a estar muy satisfecho.

-¿Cambió en algo su literatura con los años?

-No, sigo tan curioso como siempre. Me encantó que saliera hace poco mi Libro para inspirar a curas, rabinos y pastores desanimados. Además, acabo de terminar dos novelas, dos libros de poesía y uno de ensayos. También cuatro guiones, y quien sabe qué más... eso alcanza.

-Si la gente sólo pudiese leer uno solo de sus libros, ¿cuál les recomendaría?

-Creo que El vino del estío, porque es sobre mi infancia, mi abuelo, mis parientes. Tuve una hermosa infancia y la atrapé en ese libro. Es al mismo tiempo un libro feliz y un libro triste.

-Con todo lo que sabemos hoy de Marte, escribiría de otra manera sus Crónicas Marcianas?

-No. Yo escribo mitos. No importa lo que Marte resulte ser, de hecho es un planeta muy inhóspito. Nosotros lo habitaremos. Pero mis historias llegarán y serán leídas en Marte por personas que quieren imaginar que afuera de las paredes mi Marte existe. Cuando el viento sople en la noche, mis fantasmas volverán a vivir, dentro de cientos de años. Pensarán: "Bueno, quizás este no sea el Marte verdadero, pero me gusta más el Marte de Ray, así que me voy a llevar Crónicas Marcianas a Marte, y lo voy a leer allí."

Esto me hace sentir sensacional. Bradbury se despide con una sonrisa soleada. Y allí se queda, en su casa de la colina, rodeado de sus musas y sus voces nocturnas, sus vuelos astrales y su prosa. ¿Volverá a trabajar? ¿A descansar de la larga entrevista? "Nada de eso", contesta, travieso: "Me voy a jugar".

Publicado en El Universal.com, por Fabriana Fondevila.

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