Biblioteca del 18 de Marzo, 2005
categoría De cine
de Mark Salisbury, introducción de Tim Burton por Tim Burton

En Hollywood, donde hacer cine es un negocio que se rige por las columnas de pérdidas y beneficios, y el respeto y la admiración se otorgan a los cineastas en función de su éxito en las taquillas, se considera a Tim Burton un genio agraciado con el toque de Midas. Pero, aunque sus películas han recaudado, hasta el momento, cerca de mil millones de dólares en todo el mundo, están tan lejos de ser esclavas del común denominador del comercialismo y los factores de audiencia como lo está el propio Burton de abrazar con todas sus consecuencias la vida de Hollywood, en la que se ha desenvuelto a lo largo de su carrera con tanta dificultad.

Burton comenzó como animador en la Disney y ha continuado dentro del régimen de los estudios desde entonces, si bien se ha mantenido al margen de sus imperativos financieros y su mentalidad corporativa. Los personajes de Burton son, por lo general, personas desplazadas, incomprendidas y mal interpretadas, inadaptados que a menudo encuentran su lugar gracias a cierto grado de dualidad. Se mueven en los límites de su propia sociedad, tolerados pero, en gran medida, abandonados a su suerte. En muchos sentidos, el propio Burton personifica esta contradicción: es aceptado por su éxito, pero en todos los demás sentidos, Hollywood y él guardan una respetuosa distancia. Como consecuencia, su trabajo ha seguido siendo tan personal, imaginativo, delicioso, refrescante y creativo como su primera película, el cortometraje de animación de cinco minutos Vincent. Y, a pesar de las producciones que se le han confiado, a veces de enorme presupuesto, su talento visionario y único rara vez se ha diluido en las concesiones a los deseos del público.

Batman y Batman vuelve pueden haber sido los récords de taquilla de sus respectivos años, pero ambas eran cuentos profundamente inquietantes, profundamente psicológicos, llenos de frustración contenida y personajes con problemas de personalidad notables, incluido el propio protagonista. «Parece que mis películas siempre parecen terminar siendo representativas de mi forma de ser -dice Burton-; ése es mi peligro al hacer películas de alto presupuesto. Sólo me interesan las cosas con las que me identifico y que no tienen por qué interesar necesariamente a nadie más».

Burton es un cine asta cuyo modus operandi está basado casi por completo en sus sentimientos más íntimos. Para que se comprometa con un proyecto es necesario que conecte emocionalmente con los personajes (ya sea el millonario que lucha por la justicia Bruce Wayne de Batman, el inocente con cuchillas en los dedos de Eduardo Manostijeras o el cineasta delirantemente entusiasta que se mueve en los límites de Hollywood en Ed Wood); y estas conexiones él es el primero en admitir que están lejos de ser evidentes. Eduardo Manostijeras surgió como un grito del alma, un dibujo de sus años de adolescencia que expresaba el tormento interior de ser incapaz de comunicarse con aquellos que le rodeaban. Sus películas son, fundamentalmente, una reacción a su infancia vivida en una urbanización.

Mientras crecía, Burton buscó refugio en la oscuridad de las salas de cine, identificándose con las imágenes que parpadeaban en la gran pantalla y le mantenían alejado del mundo. Su ídolo era Vincent Price, a quien rindió tributo en Vincent, además de darle el papel del inventor-figura paterna en Eduardo Manostijeras. La pasión de Burton niño eran las películas de monstruos, pero, aunque muchos de los temas e imágenes recurrentes de sus obras parecen el gracioso homenaje de un director a aquellas inspiraciones de su infancia (películas como el Frankenstein de James Whale de 1931), la realidad es, a menudo, mucho menos obvia. Como Burton dice: «La imagen no es siempre literal, sino que está asociada a un sentimiento».

Dado el instinto visual de Burton, quizá no sea sorprendente que empezara su carrera en la animación, un medio en el que literalmente nada es imposible, en el que las limitaciones de imaginación tiempo y espacio tienen poco significado. En gran manera las películas de Burton, hasta Ed Wood inclusive, pueden considerarse ejercicios de animación rodados como acción real, puesto que tratan de personajes y situaciones que existen fuera del ámbito de la realidad, «La gente me pregunta cuándo voy a hacer una película con gente real. ¿Qué es real?»

Cuando Burton se incorporó a la Disney a finales de la década de 1970, el estudio estaba en una situación de inestabilidad, intentando aún asumir la muerte, doce años antes, de su fundador y guía, Walt Disney. Era un período de intensas luchas internas en los escalones más altos de la dirección y pronto se encontró paralizado por la mentalidad de producción en cadena que dominaba en el departamento de animación. De forma bastante sorprendente y sin ningún precedente, se encontró dirigiendo un par de peculiares cortos en blanco y negro, ambos financiados por el estudio, uno animado (Vincent) y otro de acción real (Frankenweenie), que eran tan personales como estilizados, Ninguno tuvo una exhibición importante fuera del circuito de festivales y, en otras circunstancias, Burton bien podría haberse quedado en artista conceptual, pero Frankenweenie tenía sus fans y no tardaría mucho en abrirse camino.

Su primer largometraje, La gran aventura de Pee-Wee (Pee-Wee's Big Adventure, 1985), era, en perspectiva, el vehículo perfecto para el maravilloso estilo visual y las obsesiones particulares de Burton (películas de Godzilla, animación de muñecos, juguetes y artefactos). La película, que cuenta la historia de un inadaptado, Pee-Wee Herman, interpretado por el actor Paul Reubens, en busca de su bicicleta robada, tenía momentos casi surrealistas y supuso el inicio de la colaboración entre el director y su compositor (Danny Elfman), que ha demostrado ser una de las más fructíferas y creativas de los últimos tiempos. Aunque tuvo un éxito inesperado pasaron tres años antes de que Burton dirigiera su siguiente película, Bitelchús (Beetlejuice, 1988), una comedia sobrenatural que era un tour de force de diseño imaginativo y atrevidos efectos especiales. Con Michael Keaton en el papel del bioexorcista del título, eminentemente repugnante, personajes principales que morían a los diez minutos de película y una línea argumental que tenía poco sentido, si tenía alguno, no era exactamente la moneda corriente de Hollywood, pero consiguió el difícil propósito de ser al mismo tiempo graciosamente tenebrosa y locamente divertida. No todo en ella funcionaba pero, cuando lo hacía, la película era, sencillamente, puro genio. Más aún, consiguió un enorme, si bien inesperado, éxito de taquilla y Burton se encontró al timón del futuro superéxito de la Warner Bros Batman (Batman, 1989), un proyecto que había estado guardado en un vagón durante casi una década.

Irónicamente, Burton nunca había sido un gran lector de historietas, pero buscó en su interior la necesaria identificación emocional, ahondando en la mitología del Caballero Oscuro y centrándose en la personalidad inquietante y desdoblada del personaje para realizar una película que, sin ser impecable, es, cuando menos, interesante. Criticado desde el principio por dar el papel del héroe del cómic a la estrella de Bitelchús, Michael Keaton, Burton fue blanco de todas las críticas por el tono siniestro y melancólico de la película y su incoherencia narrativa (esta última aceptada por Burton como algo inherente a su trabajo). Pero la película fue un éxito económico que recompensó, multiplicada por diez, la fe de la Warner Bros en el joven director. Además, Batman se convirtió en una bomba de merchandising que arrasó el mundo a su paso. En última instancia, es la menos conveniente de las obras de Burton, pero su éxito de taquilla le dio libertad para hacer lo que quisiera.

Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990) sigue siendo su película más profundamente personal y autobiográfica. Con guión de la novelista Caroline Thompson sobre una historia del propio cineasta es un fantástico cuento de Navidad, con un sentido ingenioso y excéntrico del diseño de producción y una fuerte carga emotiva debida en gran parte a las interpretaciones del reparto elegido por Burton (Winona Ryder, Dianne Wiest) y en particular a la de Johnny Depp como Eduardo, el chico con tijeras en las manos, otra de las arquetípicas figuras inadaptadas de Burton. Éste encontró en Depp un actor que conectaba con la situación del personaje de una manera que trascendía verdaderamente el guión y el resultado es una de las experiencias más originales, sentidas y legítimamente conmovedoras de la última década del siglo.

Cuando Burton regresó al mundo de Batman con Batman vuelve (Batman Returns, 1992), se hizo cargo de las labores de producción del equipo original de Jon Peters y Peter Guber y, en consecuencia, llevó la película a terrenos más interesantes, si bien potencialmente peligrosos, gracias al guión de Daniel Waters, escritor de la venenosa serie de colegiales Heathers, que se centró en los aspectos psicológicos de un reparto de personajes de historieta que incluía dos nuevos villanos, El Pingüino y Catwoman. Sin embargo, la película fracasó en su intento de lograr la respuesta de taquilla que el estudio esperaba y deseaba. Calificada (y criticada) invariablemente como demasiado oscura, contenía una serie de interpretaciones destacables como el Batman obsesionado de Michael Keaton y la Catwoman de Michelle Pfeiffer, ambiguamente esquizofrénica.

Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, 1993) fue una extravagancia musical concebida inicialmente por Burton cuando aún estaba trabajando en la Disney y que consiguió llevar a la práctica bajo la dirección de su compañero de estudio Henry Selick más de una década después. Pesadilla es un cuento sobre la falta de comprensión, el aislamiento y el deseo, cuyo personaje central, Jack Skellington, es otra de las prototípicas figuras marginales del director, alguien aceptado por la sociedad, pero que se mueve principalmente en sus límites, en busca de su felicidad interIor.

Ed Wood (Ed Wood, 1994) representó, aparentemente, una desviación, tratando como trata de gente real y situaciones (casi) reales, pero una vez más las apariencias pueden resultar engañosas, ya que esta biografía de Edward D. Wood Jr. cuenta la historia de otro inadaptado (un director de cine y travestido que se mueve en los márgenes de la sociedad de Hollywood), cuya relación con su ídolo de infancia Bela Lugosi puede decirse que refleja como en un espejo la de Burton con su propio ídolo Vincent Price.

A pesar de ser un gran éxito de crítica y de recibir dos Premios de la Academia, Ed Wood fue el primer fracaso comercial de Burton, lo que, como él mismo admite, influyó en su decisión de comprometerse con ¡Mars Attacks! , (Mars Attacks! , 1996) un pastiche anárquico de las películas baratas de ciencia ficción de los años cincuenta, en concreto de las de invasores del espacio. Aunque algunas partes sean tan ingeniosas e imaginativas como el resto de su obra anterior, esta película tiene un estilo narrativo más disperso, consecuencia de un reparto excesivamente extenso y de su estructura dispar (Burton reconoce que la trató como si fuera una película de dibujos animados). Muchos críticos denunciaron una falta de identificación personal que solía ser habitual en el director, como si la única motivación de éste fuera la de hacer una mera parodia de un género que adoraba en su infancia, más que identificarse con alguno de los personajes, salvo, tal vez, con los propios marcianos. Sin embargo, ¡Mars Attacks! es una película mucho más personal de lo que a menudo se ha concedido. Su guionista, Jonathan Gems, amigo del director durante muchos años, dice que escribió el guión pensando en hacer una película de Tim Burton, tomando como punto de identificación al menospreciado empleado de la tienda de donuts que finalmente salva al mundo con la ayuda de su, senil abuela, con quien tiene una estrecha relación como la tenía Burton con la suya. Más aún, es una película en la que el mundo está una vez más vuelto del revés, en el que todos sus líderes más representativos (los medios, los militares, los científicos y los políticos) fracasan, mientras que son de nuevo los desclasados (los no queridos, los incomprendidos, los inocentes) los que triunfan.

Estrenada poco después de Independence Day (Independence Day, 1995), ¡Mars Attacks! no consiguió una favorable acogida en los Estados Unidos y tanto el público como la crítica se sintieron desconcertados por su tono locamente fluctuante, el pastiche de estilos interpretativos y unos efectos especiales intencionadamente cutres (aunque paradójicamente caros), que exigían un esfuerzo imaginativo mayor por parte del espectador. La respuesta en Europa fue mucho más entusiasta y, desde entonces, la película se ha convertido en un gran éxito de vídeo en los Estados Unidos, sobre todo entre el público infantil.

Poco después de su estreno, Burton se embarcó en lo que acabaría siendo el período más frustrante y decepcionante de su vida profesional: la adaptación de otro héroe del cómic, Superman, que iba a encarnar Nicolas Cage. Tras un año de trabajo el proyecto se fue al garete, lo que, como el director explicaría más tarde, le afectó enormemente. Volvió a la carga con Sleepy Hollow, basada en el cuento de Washington Irving. Rodado previamente por Disney como cortometraje de dibujos animados, el cuento de Irving sobre Ichabod Crane y el Jinete Decapitado era, con su ambiente onírico y su atmósfera de terror gótico, la quintaesencia del estilo macabro de Burton. Y otra vez, al igual que en ¡Mars Attacks! , la identificación personal puede resultar un poco difícil de detectar, pero está presente junto a otras alusiones más obvias corno, entre otras, a las películas de terror de la Hammer. La película reunió de nuevo, por lo demás, a Burton y a Johnny Depp, y continuó una relación profesional que ha resultado ser de lo más gratificante para ambos. «En este negocio muchas veces tienes la sensación de estar en alquiler, pero esto es como volver a casa», declaró Depp en una ocasión durante el rodaje. El actor, a quien frecuentemente se ha descrito como el alter ego cinematográfico de Burton, dice que lleva esta etiqueta con orgullo. «Puedo ser uno de los vehículos para lo que Tim quiere contar o ver, o para lo que quiere que la gente comprenda, y puede hacer llegar este mensaje a través de mí, me siento honrado de ser el mensajero.

Seguir leyendo en: "Tim Burton por Tim Burton". Alba Editorial S.L. Leer el Prólogo de Johnny Depp. Título original: "Burton on Burton". Traducción: Berástegui y Javier Lago. © Tim Burton, 1995, 2000. © Mark Salisbury, 1995, 2000. © Johnny Depp, 1995.

©2001-2005, Mariana Torres, excepto los textos citados, propiedad de sus respectivos autores.