Cinco días de escritura



Me encierro en una casa de piedra y madera durante cinco días para escribir. Escribir, respirar, comer, darme de golpe contra las paredes, cocinar, fumar, darme otra vez golpes contra las paredes, tomar mate y montar un puzle que lleva veinte años sin que nadie lo monte (no sé ni qué es...).

Tengo un buen trato con una amiga: nos cambiamos las casas. Ella se traslada a la mía, a respirar la contaminación de Madrid y disfrutar del cine, yo me voy a la suya, en el norte, rodeada de montañas, caminos y vacas. Es un buen cambio. Y además me cuida los gatos.

Lo que más me gusta de su casa es el estudio. Aunque ha hecho limpieza de muchos libros, sigo encontrando joyas. Suelo recorrer su librería tocando los lomos, me detengo sin pensar, casi por tacto. Ayer encontré uno que me vino al pelo para uno de los párrafos en el que estaba atascadísima. Hoy he dado con otro de Annie Dillard y después de abrir aleatoriamente por cualquier página leo lo siguiente:

Escribir un libro dedicándole todo el tiempo del día es una tarea que cuesta entre dos y diez años. El poema largo, según John Berryman, cuesta entre cinco y diez años. Thomas Mann era un prodigio desde el punto de vista de la productividad. Trabajando a tiempo completo, escribía una página al día. Eso equivale a 365 páginas al año, pues escribía a diario: así pues, un libro de bastante extensión al año. A una página al día, fue uno de los escritores más prolíficos que hayan existido. Flaubert escribía a un ritmo constante; sólo atravesaba algunas fases abrumadoras, pero en el fondo habituales y pasajeras, de tensión improductiva. Creo que quienes escriben a tiempo completo llevan una media de un libro cada cinco años: setenta y tres páginas decentes cada año, la quinta parte de una página al día. Los años que dedican los biógrafos y otros escritores de no-ficción a amasar y organizar sus materiales tienen perfecto punto de comparación en los años que los novelistas y los autores de relato pasan dedicados a inventar mundos sólidos que respondan a verdades materiales. Son muchos los días en que el escritor da por buenas tres o cuatro páginas; son muchos los días en que llega a la conclusión de que más le valdría tirarlas a la basura.

Octavio Paz cita el ejemplo de "Saint-Pol-Roux, que colgaba de su puerta, cuando dormía, un cartel que rezaba así: El poeta está trabajando".

Fuera llueve a cántaros, porque en mis cinco días de escritura va a seguir lloviendo a cántaros, y la lluvia se escucha sobre la buhardilla y disuelve casi del todo el humo de la leña de la chimenea de los vecinos. Y repaso lo que escribí ayer, lo leo en voz alta tantas veces que ya me lo sé de memoria, y recorro los huecos que tiene la pared donde me doy los golpes. Menos mal que la casa es de piedra. El fragmento 3 tiene 633 palabras, el 4 tiene 822. Sí, el 3 y el 4. ¡Si yo iba por el 36! Antes de volver a empezar. Mis fragmentos de historia están vivos. Cuanto más tarde en escribirlas casi peor, como un niño que crece y hay que comprarle zapatos nuevos. Los pies de los niños crecen, igual que las plantas. No hay manera de dejarlos quietos, simples, estáticos. Hago cálculos para saber cuántas palabras tendría que escribir al día para acabar esta historia tan larga antes de... Llevo poco más de un año. Y me pregunto porqué narices he vuelto a empezar. Mis maravillosas 34.063 palabras no me sirven de nada ahora, salvo para saber hacia donde estaba caminando a tientas.

Así que hoy, con la lluvia, encontrarme este párrafo de Annie Dillard casi me hace gracia, en lugar de darme golpes contra las paredes me siento aquí y escribo esto.

Y fuera ha parado de llover.


Fragmento de: "Vivir, escribir", de Annie Dillard. Traducción Miguel Martínez-Lage. Ed. y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. Abril, 2002.


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