Archivos Febrero 2012



A principios de curso, allá por septiembre, decidí a buscar algún tipo de condimento extra para las tardes. Un condimento que no tuviera nada que ver con la escritura, con las clases de escritura, con la lectura, los talleres, las tertulias, los análisis de texto... todo eso que me rodea constantemente —de lo que vivo y respiro—, pero que llena todo de letras. Y me acordé que hacía años que había dejado la música por escribir. Después conté los años que han pasado desde que salí de Brasil. Conté los kilómetros. Y poco después recordé que ya dos personas me habían hablado de un tal Willy que tenía una escuela de samba en Madrid. Así que busqué en Internet y a poco de rastrear llegué a Bloco do Baliza. Me subí al tren, claro.

Están en Alcobendas, en una nave de la zona del polígono industrial, muy cerca de una de las estaciones del Metro Norte (La Granja). La primera vez que te acercas por allí no sabes muy bien dónde te estás metiendo, das un par de vueltas de manzana, te pierdes, subes media cuesta. Pero una vez que entras ya está hecho: estás como en casa. Desde fuera de la nave del Bloco no se escucha ni medio silbido; pero dentro, tanto en los talleres como en los ensayos, todo explota de lo vivo. Resulta que aparecen de la nada un montón de bloqueros que tocan la caja, o el surdo, o el tamborín, el repinique, o la cuica. Y no hay nada que recargue más las pilas que tocar con ellos. En grupo, un poco de samba de enredo. O más tranquilos, un poco de pagode, un cavaquinho que suena y que se afina, un tantam, y esas canciones tan conocidísimas de mi infancia que, además de tararear, ahora puedo poner letra y voz en grito.

Willy y sus chicos de Bloco do Baliza organizan de vez en cuando aulas abiertas para que los que tengan un poco de curiosidad se acerquen por allí, prueben los instrumentos, prueben un poco a ver cómo es eso de la percusión brasileira. A ver qué se siente. Yo lo recomiendo muchísimo. La siguiente se organiza para celebrar el carnaval, el domingo 19 de febrero, a las doce en punto. No es ninguna mala manera de celebrar el carnaval, ni tampoco de luchar contra el frío este tan polar que viene recorriendo Madrid estos días.

Un poco de aires de samba a estas hierbas, saravá. Salve o mestre do Salgueiro.




El viernes pasado empezamos febrero muy bien con el bautizo de Casi tan salvajes, el primer libro de relatos de Isabel González. Tuve la suerte de llegar a tiempo a la presentación, a pesar de ser viernes y de mis despistes con la hora. Pisé La Buena Vida justo cuando estaban diciendo las primeras palabras los padrinos, me colé entre la gente que había de puntillas intentando ver algo y me senté en primera fila.

Como dije en otra pseudo crónica de hace unos meses tengo tres razones para ir a presentaciones de libros: que el autor sea amigo, que alguien me haya hablado bien del libro, o que esté apadrinado por escritores a los que me gusta escuchar. En este caso las tres razones se juntaron un poco, pero lo cierto es que sí conocía a la autora, Isabel se había ido colando en mi vida los últimos meses, como quién no quiere la cosa, pero al mismo tiempo con toda su fuerza natural: un curso de microrrelatos en la Escuela, un encuentro con amigos comunes, algunos gin tonics últimos en noches rescatadas, correos de madrugada intercambiados donde se mezclaban preguntas técnicas, dudas existenciales y líneas sobre escritura. De estas que se dicen sin querer. De estas que son casi mejores que las otras.

Así es Isabel, como un remolino de cosas que te atraviesa. Y también es así el libro de relatos de Isabel. Yo no me lo esperaba, reconozco que no me lo esperaba. Conocía el primer relato, y también los tantos microrrelatos que se fueron colando durante años pasados en las finales de Relatos en cadena; así que tenía ya una especial predisposición. Pero las lecturas de Elvira Mínguez y los fragmentos de los cuentos que no pudo menos que entresacar Clara Obligado en su presentación, me atravesaron. Todos. Por ejemplo.

¿Sabes qué ha sucedido? Que no había queso rallado, que los niños dormían y que tú no estabas. Que quise ponerme el vestido de seda y que ya no había vestido; que al retirar la funda, encontré mil larvas adheridas a la percha; los botones por el suelo como ojos de plástico. Podría hervir los capullos e hilar de nuevo el tejido. Podría haberme preparado una infusión de pomelo y larvas. Pero me he asustado y he cerrado la puerta de golpe. Sigo aquí. Sentada. Quieta mientras las vainas crepitan.

Del cuento "No es amor lo que se pide"