Vaya por delante de todo lo que voy a decir a continuación que Tangram es el mejor libro de Juan Carlos Márquez, al menos hasta el momento. Es un buen libro, además, para leer la noche de los muertos, difuntos y brujas. También puede leerse cualquier otro día, estaría bueno tener que esperar al próximo 31 de octubre. Pero, por casualidades varias, fue la noche que yo elegí. Serían cerca de las doce, me faltaban cincuenta páginas para llegar al final y —como ni me acordaba del sueño para entonces—, lo acabé esa misma noche. Después salí a la terraza —soplaba un viento helado, casi llovía y la luna estaba en cuarto creciente—, a respirar un poco de aire frío. Fue curioso: pocas veces he visto la sombra de la luna entera, con su esfera, alrededor del trozo iluminado. La luna esa noche no solo estaba partida, sino que desde mi terraza se veía perfectamente el corte. ¿Casualidad?
Tangram es un libro de historias cruzadas. Decir que un tangram y un puzle son la misma cosa sería algo que, a mí, no se me ocurriría. Creo que el tangram tiene más juego. Con un tangram puedes construir todo tipo de formas: tienes siete piezas y conjugándolas con un poco de imaginación puedes crear conejos, pajaritas, hombres caminando, incluso nubes cúbicas, delfines de color, candelabros. Los puzles están cerrados. Tienen su gracia, claro que sí, dejarse los ojos y juntar las piezas con paciencia varias tardes hasta montar el dibujo original es entretenido, algunos puzles son muy difíciles de reconstruir. Pero el puzle no tiene la libertad del tangram. Y con este libro de Juan Carlos, en este tangram particular, ocurre exactamente lo mismo.