Archivos Agosto 2011



Escribir es como pescar. A veces tengo la sensación de tirar hilos al mar. Sé que en el mar hay peces. Sé que soy buena pescando, que tengo suerte. Pero escribir es mucho mejor, es menos frustrante. Porque si espero con paciencia, algo acaba picando. Siempre. Si dejo de pensar que tengo que pescar un pez, que me estoy muriendo de hambre y que si no pesco, no como; si dejo de pensar eso es cuando los peces pican. A veces lo finjo un poco, me hago la distraída, pero también funciona. Incluso a veces cuando me salto todas las normas y le grito al pez de las profundidades que pique de una vez, el pez de las profundidades pica. Escribir es mucho mejor que pescar.

Otras veces es como caminar un poco a la deriva. Sabes dónde vas, tienes una idea más o menos clara del aspecto que tiene el lugar al que te diriges. No has estado nunca, pero sabes, por ejemplo, que es un pueblo marítimo pequeño y bonito de la costa donde la gente habla francés, y sabes que hay una plaza de piedra que tiene una escultura de un caballo.




Creo que he leído sobre los rituales de escritura en bastantes libros, se mencionan, a veces como de pasada, en varios libros de cretividad, de técnica narrativa, en los materiales didácticos que nosotros mismos escribimos para la Escuela; los mencionan a veces en entrevistas a escritores, y también a otro tipo de artistas como pintores. O deportistas. Al parecer tener un ritual concreto antes de comenzar a realizar una tarea que realizamos muchas veces, ayuda. Yo tengo muchísimas manías, me temo. He llegado a convertir mis manías en rituales de escritura, cuanto más escribo más manías salen, más rituales. Este verano me propuse escribir sin parar hasta acabar una novela corta que tenía empezada hace seis meses. Y el tema de los rituales en este proceso adquirió una importancia tan grande que casi me da vergüenza reconocer.

Las primeras ochenta páginas del borrador —el núcleo duro, ese momento que sabes que ya no puedes dejarlo porque tienes un buena parte del trabajo hecho—, lo escribí en un camping. Un camping de Portugal, lo bastante grande y aislado como para no tener que salir de ahí en los quince días salvo para bajar a la playa. Una playa lo bastante vacía y llena de olas como para olvidarte del resto del mundo por un rato. Y todas las pequeñas manías que acompañaron la escritura de esas ochenta páginas, me han acompañado a la vuelta a casa. Y he tenido que intentar reproducirlas para seguir adelante. Suena bastante maniático, sí, pero no hay ningún motivo para ponernos la escritura más difícil de lo que es. Si estas cosas ayudan, ¿por qué no usarlas?




Anoche soné con un gato gris. Estaba infectado de una enfermedad extraña, era contagioso y había que matarlo. Matarlo para no morir con él. Toda la gente a la que quiero estaba encerrada en un edificio sin salida con el gato infectado. El ascensor estaba bloqueado y no podíamos salir. Teníamos pocas armas. Y no queríamos matar al gato, yo no quería matar al gato. Me desperté a las siete tan tranquila, otro sueño relacionado con la película que había visto por la noche, o el libro que había leído, o lo que fuera que había escrito. Si no sabes que es un sueño no lo disfrutas. No es como una película de terror, que la disfrutas porque sabes que es una película. Ese gato gris va a contagiar a toda las personas a las que quieres, y eso no hace ninguna gracia. Hasta que te despiertas y todo explota como una burbuja. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Vale, sería mucho mejor saber que es un sueño. Igual que sabes que la ficción es ficción, y entonces te dejas llevar. No hay gato. No hay infección. Nada, ni edificio. Es todo un juego. Nos entretenemos mucho con todo esto, ¿no? Mientras la ficción nos enganche con alguno de los varios anzuelos que tira al mar. La ficción, la buena, la que sabe lo que hace y deja el suficiente espacio abierto, es como un pescador paciente y concienzudo. Alguno picará, y cuando pique ya no hay vuelta atrás. Muerdes el anzuelo y te sacan a tirones del mar.