Archivos Junio 2011



El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.

El mundo es redondo y gira fuerte. Redondo como un ojal. Y tiene frío, y música en las ventanas, y asperezas. Asperezas que se encogen de puro gris. En la calle hay pájaros que me miran y me siguen, vuelan bajo, pegados a mi cabeza. A veces los pájaros que me siguen casi se chocan con las baldosas.


Jugar con la arena

Para mi grupo de los jueves.


Vámonos al mar. A la playa en verano. Ahí, empapándose los pies con las olas que llegan, tenemos a un niño —pongamos que tiene unos seis años— que construye un castillo de arena. Tiene su cubo de color verde, su pala de plástico y poco más que muchas ganas y mucha arena. Durante minutos —a él le parecen horas— se esfuerza en construir el mejor castillo de arena del mundo. Carga cubos y cubos de agua desde el mar, con la pala coloca la arena con cuidado, hace un canal en la arena para que llegue el agua al foso... Así durante un buen rato.

Pongamos que en vez de minutos pasa una hora y sus padres lo llaman para comer. El niño entonces le pega una patada al castillo —cómo disfruta con ello— y se marcha sin mayor problema. Uno de los veraneantes adultos que pasa en ese momento por allí le dice horrorizado: ¡cómo destruyes un castillo tan bonito! Pero el niño eso no lo entiende. El castillo, una vez acabado, no hace ninguna gracia, no sirve para nada. Lo único que puede hacer entonces es destruirlo —cosa que tiene su punto, claro—. Los adultos nos sentamos delante del castillo, admiramos lo bonito que és y observamos como el mar se lo va tragando poco a poco mientras recordamos —con cara de nostalgia, ya nos vale— otros tiempos, o pensamos en la infancia, o en las ilusiones perdidas... el niño, para entonces, ya está jugando a otra cosa o terminando de comer.




Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.

Sigo de pie delante del acantilado. El bosque, ese de árboles frutales, sigue estando a mis espaldas. Y también la cabaña, con sus mismas maderas nobles y su olor a leña. Tal vez, eso sí, un poco más húmeda, con incluso alguno que otra teja nueva e inesperada —pero cabaña al fin y al cabo—. Sólida, enteramente sólida. Y me distrae del acantilado, las cabañas siempre distraen de los acantilados —protegen de los acantantilados—. El mismo acantilado de siempre, que sigue donde estaba, solo a un paso. Y resulta que —quién lo diría—, al final es solo tragar un poco de saliva para que el puente se haga visible donde siempre ha estado, entre la maleza. Ese puente que lleva al otro lado del abismo y que, aunque lo tenías delante, no veías hasta dar ese paso un poco a ciegas, como a lo tonto. Como quién no quiere la cosa.




guermantes21.jpgHace algunos días se presentó nuestra antología en La Casa Encendida y mañana —en unas horitas, en realidad, porque son casi las doce de la noche— firmamos en la Feria del Libro, en la caseta de nuestros amigos de Tres Rosas Amarillas.

Llevo ya varios días queriendo escribir algo sobre la presentación, pero no se me ocurren más que palabras sueltas como susto, calor, taller o elefante. Con esto no hago nada. Tengo pocos verbos, y los que tengo son dispares como cazar, beber y distorsionar. No me preguntéis porqué. Lo que sí sé es que fue buena idea reunir a todos los antologados. Dejarles hablar unos minutos, ver cómo se defendían, o disfrutaban, o salían corriendo de ahí arriba. Disfruté muchísimo de lo que contaron mis compañeros parabólicos, cada uno en su línea, cada uno con su manera de hacer las cosas. Estoy segura de que la variedad de voces y de cuentos del libro es multicolor tangente espumoso, cuánto menos. Me sigue impresionando recordar ese salón de actos tan lleno de gente —algo bueno tendrá publicar en una antología—. Si nos leen todas las personas que estaban allí sentadas o de pie, ya son unos cuántos lectores más que los que teníamos hace dos semanas. Es decir, casi ninguno.

Sobre todo me sigue emocionando que Gens Ediciones apueste por publicar un libro de este tipo que es, sin lugar a dudas, un proyecto loco: quince autores desconocidos, noveles, y además escribiendo relato. Con un criterio de selección exquisito, y es que los textos se defendieron ellos solitos entre otra multitud de textos, sin tener en cuenta quién fuera el autor. Eso le da muchísimo valor a los relatos que se han publicado en esta antología.