No quiero hablar de la trama de la novela de Jon Bilbao. Y eso que la trama interesa, es un buen planteamiento. Engancha. Fue lo primero que supe de la novela, me contaron la trama de viva voz y me interesó. Aunque confieso que tiró más de mí el chimpancé de la portada que no deja de mirar al frente con suavidad (y algo de mal rollo). Pero ni el chimpancé ni la trama son importantes. Lo importante es que es una de esas novelas que no conviene terminar de leer un día de sol.
Yo me la he leído dos veces. La primera vez que la terminé de leer había un sol brillantísimo fuera (en el mundo), cerré la novela, salí a la terraza, y toda esa luz me deslumbró de golpe. El segundo día estaba nublado, el cielo lleno de nubes pesadas y la luz más baja. Fue mucho mejor la lectura del segundo día. Las segundas lecturas son siempre mejores, ya sabes lo que va a pasar —porque la trama de la novela de Jon Bilbao, a pesar de que no es lo importante, te atrapa tan bien que no te deja sosiego para apreciar otros matices—, y la historia llega mejor, con todas sus caras. Después de una segunda lectura o te quedan ganas de hablar de la novela, o no te quedan. Y puede uno hablar de una historia siempre que queden preguntas, cuando se ha revuelto algo por dentro, cuando durante ese tiempo de lectura el autor ha dado vueltas, durante todas las páginas, a algo intangible. Porque no puede ser que acabes una historia así y el día brillantísimo parezca diferente. Algo hay.
En la costa este de Yucatán el viento ya había empezado a soplar con fuerza. Le seguiría una lluvia salada: agua del océano no levantada y arrastrada por el huracán, acompañada por trozos de sargazo y de coral y de peces, algunos todavía vivos, que colearían sobre carreteras y patios de casa y tejados y en la jungla, entre las oscuras raíces de los árboles, muchos kilómetros tierra adentro. [...]
No quiero hablar de la trama de la novela de Jon Bilbao. Y eso que la trama interesa, es un buen planteamiento. Engancha. Fue lo primero que supe de la novela, me contaron la trama de viva voz y me interesó. Aunque confieso que tiró más de mí el chimpancé de la portada que no deja de mirar al frente con suavidad (y algo de mal rollo). Pero ni el chimpancé ni la trama son importantes. Lo importante es que es una de esas novelas que no conviene terminar de leer un día de sol.
Yo me la he leído dos veces. La primera vez que la terminé de leer había un sol brillantísimo fuera (en el mundo), cerré la novela, salí a la terraza, y toda esa luz me deslumbró de golpe. El segundo día estaba nublado, el cielo lleno de nubes pesadas y la luz más baja. Fue mucho mejor la lectura del segundo día. Las segundas lecturas son siempre mejores, ya sabes lo que va a pasar —porque la trama de la novela de Jon Bilbao, a pesar de que no es lo importante, te atrapa tan bien que no te deja sosiego para apreciar otros matices—, y la historia llega mejor, con todas sus caras. Después de una segunda lectura o te quedan ganas de hablar de la novela, o no te quedan. Y puede uno hablar de una historia siempre que queden preguntas, cuando se ha revuelto algo por dentro, cuando durante ese tiempo de lectura el autor ha dado vueltas, durante todas las páginas, a algo intangible. Porque no puede ser que acabes una historia así y el día brillantísimo parezca diferente. Algo hay.
En la costa este de Yucatán el viento ya había empezado a soplar con fuerza. Le seguiría una lluvia salada: agua del océano no levantada y arrastrada por el huracán, acompañada por trozos de sargazo y de coral y de peces, algunos todavía vivos, que colearían sobre carreteras y patios de casa y tejados y en la jungla, entre las oscuras raíces de los árboles, muchos kilómetros tierra adentro. [...]