Archivos Mayo 2011



Hace unos días, muy pocos, empecé a ir a Sol. El jueves me pasé un rato corto, más con intención turística y curiosa que otra cosa. Por mucho que vayas con esa intención o sin saber nada del asunto el campamento te atrapa. Y no hay otro sitio después donde se pueda ir, ni otra cosa que se pueda hacer. He pasado muchas horas allí el viernes, el sábado, y el domingo. Y aún estoy maravillada de lo que es. De lo que está siendo posible. En Sol. En el centro de Madrid. En toda la plaza. Y en las calles de alrededor, porque la acampada se extiende y se respira por toda la zona. Es un ser vivo. Y claro que respira, va creciendo como sin querer, con una mezcla de organización perfecta y caos que le da vida a borbotones. Pasas por allí y no ves manos quietas, ni siquiera a las ocho de la mañana cuando están despertando: ya hay gente en los puntos de información, ya hay gente preparando desayunos, y gente que se ha quedado despierta toda la noche. Gente actualizando la pizarra con la lista de cosas necesarias y urgentes para el día. Manos. Manos por todas partes.




No quiero hablar de la trama de la novela de Jon Bilbao. Y eso que la trama interesa, es un buen planteamiento. Engancha. Fue lo primero que supe de la novela, me contaron la trama de viva voz y me interesó. Aunque confieso que tiró más de mí el chimpancé de la portada que no deja de mirar al frente con suavidad (y algo de mal rollo). Pero ni el chimpancé ni la trama son importantes. Lo importante es que es una de esas novelas que no conviene terminar de leer un día de sol.

Yo me la he leído dos veces. La primera vez que la terminé de leer había un sol brillantísimo fuera (en el mundo), cerré la novela, salí a la terraza, y toda esa luz me deslumbró de golpe. El segundo día estaba nublado, el cielo lleno de nubes pesadas y la luz más baja. Fue mucho mejor la lectura del segundo día. Las segundas lecturas son siempre mejores, ya sabes lo que va a pasar —porque la trama de la novela de Jon Bilbao, a pesar de que no es lo importante, te atrapa tan bien que no te deja sosiego para apreciar otros matices—, y la historia llega mejor, con todas sus caras. Después de una segunda lectura o te quedan ganas de hablar de la novela, o no te quedan. Y puede uno hablar de una historia siempre que queden preguntas, cuando se ha revuelto algo por dentro, cuando durante ese tiempo de lectura el autor ha dado vueltas, durante todas las páginas, a algo intangible. Porque no puede ser que acabes una historia así y el día brillantísimo parezca diferente. Algo hay.

En la costa este de Yucatán el viento ya había empezado a soplar con fuerza. Le seguiría una lluvia salada: agua del océano no levantada y arrastrada por el huracán, acompañada por trozos de sargazo y de coral y de peces, algunos todavía vivos, que colearían sobre carreteras y patios de casa y tejados y en la jungla, entre las oscuras raíces de los árboles, muchos kilómetros tierra adentro. [...]

No quiero hablar de la trama de la novela de Jon Bilbao. Y eso que la trama interesa, es un buen planteamiento. Engancha. Fue lo primero que supe de la novela, me contaron la trama de viva voz y me interesó. Aunque confieso que tiró más de mí el chimpancé de la portada que no deja de mirar al frente con suavidad (y algo de mal rollo). Pero ni el chimpancé ni la trama son importantes. Lo importante es que es una de esas novelas que no conviene terminar de leer un día de sol.

Yo me la he leído dos veces. La primera vez que la terminé de leer había un sol brillantísimo fuera (en el mundo), cerré la novela, salí a la terraza, y toda esa luz me deslumbró de golpe. El segundo día estaba nublado, el cielo lleno de nubes pesadas y la luz más baja. Fue mucho mejor la lectura del segundo día. Las segundas lecturas son siempre mejores, ya sabes lo que va a pasar —porque la trama de la novela de Jon Bilbao, a pesar de que no es lo importante, te atrapa tan bien que no te deja sosiego para apreciar otros matices—, y la historia llega mejor, con todas sus caras. Después de una segunda lectura o te quedan ganas de hablar de la novela, o no te quedan. Y puede uno hablar de una historia siempre que queden preguntas, cuando se ha revuelto algo por dentro, cuando durante ese tiempo de lectura el autor ha dado vueltas, durante todas las páginas, a algo intangible. Porque no puede ser que acabes una historia así y el día brillantísimo parezca diferente. Algo hay.

En la costa este de Yucatán el viento ya había empezado a soplar con fuerza. Le seguiría una lluvia salada: agua del océano no levantada y arrastrada por el huracán, acompañada por trozos de sargazo y de coral y de peces, algunos todavía vivos, que colearían sobre carreteras y patios de casa y tejados y en la jungla, entre las oscuras raíces de los árboles, muchos kilómetros tierra adentro. [...]



guermantes21.jpgYa tengo conmigo la antología. En papel. Papel y letras. Me lo ha traído Julio a media mañana, me ha traído un libro y lo he ojeado rápido. Brilla un poco. Cuando lo inclinas hacia los lados se reflejan los hombrecitos de la portada en los cristales. Huele bien. Lo he abierto y olía bien. No tenía tiempo de mirarlo con calma, a media mañana uno nunca tiene tiempo de mirar nada con calma. Pero sí por las tardes, por las tardes hay tiempo. Me he sentado en la terraza —en el suelo, bien cómoda sobre la alfombra de césped verde, sobre mi cabeza el cielo lleno de golondrinas veloces— y lo he mirado con calma. He pasado hoja a hoja perfilando a mis compañeros parabólicos. Y me he leído mis cuentos —que cierran el libro, como siempre mi apellido cierra las puertas— y están tan bien ahí impresos que parecen tener vida propia. Ya no son míos. Están vivos y salen al mundo a defenderse solitos. Qué gusto desprenderse de ellos.

En breve leeré a mis compañeros parabólicos, y podré comentar algo más perfilado del libro, porque estoy en muy buena compañía, no me cabe duda. Pero, como dijo Juan Carlos Márquez hace poco —de la generación de la primera parábola, por cierto— comentando una buena novela: primero vienen las emociones y después vienen los porqués.

Está aquí la segunda parábola. Ya era hora, sí señor. En breve más noticias sobre la presentación, que será el martes 24 de mayo en La Casa Encendida. Ahora vamos a dejar que arda.




La tenían delante. La ballena gris. Sacó del mar medio cuerpo y expulsó agua en ráfagas. Me rodeaban cientos de personas en cubierta y ninguna fue capaz de ver la ballena. "Miren, miren la ballena gris. Está tirando chorros de agua". Ni siquiera pudo verla la niña de cinco años que estaba colgada del pantalón de su papá. "Ahí, justo en el medio, ¿cómo no puedes verla ni siquiera tú?" La niña me miró curiosa. Enseguida se distrajo por la música de la piscina de cubierta, se fue corriendo hacia allí porque alguien estaba tirando caramelos al aire.




«Hace treinta años, en un hospital pequeño, de Angra dos Reis, en un día templado de principios del otoño brasileño, nacía Mariana Torres». Esto dijo mi padre cuando me llamó por teléfono. Era otra vez dieciocho de abril, era lunes, y me había escapado de todos para regalarme el día. Salí de casa a primera hora con una mochila, un bocadillo y un cuaderno —huyendo del ruido de las obras de los vecinos— y caminé a la deriva, intentando meterme por calles por las que no había caminado antes. Subiendo a autobuses al azar. Siguiendo a personas que parecían no saber dónde iban. No es tan difícil perderse en una ciudad que conoces: solo hay que dejar de pensar.

Cuando llamó mi padre la deriva hizo que estuviera sentada en la Estufa de las Palmas del Jardín Botánico. Es un paraíso húmedo en medio del jardín, diminuto y algo escondido, que normalmente está desierto. Como mucho, en un laborable como el lunes, entra de vez en cuando un niño de cinco años gritando hoooola desde la puerta, y cuando te descubre sentada tan quieta entre el musgo piensa que llevas ahí desde siempre y te señala con el dedo, tan contento. «Mira, papá», dice, tan serio.

La Estufa de las Palmas está cubierta de cristal, es un invernadero antiguo ya, del siglo pasado —o del anterior—. Al fondo tiene un estanque verde, agua que cae por las paredes, grandes masas de musgo y peces de color naranja. Helechos gigantes. Casi, casi, estaba otra vez en Brasil.