Cuando era pequeña, yo era ecologista. Siempre he tenido ese instinto de protección por la naturaleza, y es un instinto que ha ido tirando de mí. No sé de dónde ha salido, supongo que en gran parte de mi amiga Laura Dubín que dibujaba lobos y delfines, me regaló un colgante que decía "Save the whales" y ahora vive al sur de Argentina, rodeada de bosques y cuidando caballos. O por mis padres, claro, que en cada casa que han vivido han cuidado de una pequeña huerta, de unas gallinas o, cuando no quedaba otra, de unos hámsters. O tal vez viene del contraste: cuando creces en un lugar donde mires donde mires solamente puedes ver mar y selva y verde, y después te mueven a otro lugar donde lo único que ves es tierra seca (y olivos), pues algo por ahí se queda colgando desgajado.
Pero el tema es que yo era, cuando era pequeña, ecologista. Desde mi visión del mundo de entonces. Lo que hacía —además de intentar que la gente comprendiera la inteligencia de los delfines, de que hablaran a las plantas para que crecieran mejor, y de recoger muestras botánicas en las excursiones del colegio con algún que otro cómplice— era pegarle patadas en las espinillas a las mujeres que, en el metro, iban vestidas con abrigos de piel. Tropezaban sin querer las pobres. Luego las miraba con un poco de asco y jamás, claro, les cedía mi asiento. Esa era mi pequeña revolución.
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