Tampere es una ciudad esdrújula, su nombre hay que susurrarlo un poco, apoyando todo el peso en la primera sílaba y en la segunda pisada en la nieve. En Tampere las cosas no parecen lo que son, el exterior siempre es más frío, y tiene más árboles, y más nieve, y más hielo, y las islas que se perfilan entre neblina del lago son tan inventadas como un producto de nuestro sueño recobrado. Porque no puede existir una ciudad tan callada, con chimeneas altas que escupen un humo que no sube, con niños jugando en la nieve como si fuera arena, plantas de bayas rojas escarchadas, buzones para cartas que son gusanos de acero, iglesias de piedra con serpientes sin cabeza guardando la cúpula, retratos de una muerte sonriente regando pequeñas plantas de flores cuadradas, un pez globo disecado, un mummy metálico a escala real y un duende de cabeza rosada que baila en las escaleras.









27 de Noviembre 2010 a las 01:13 PM
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Qué preciosidad de post y de fotos, Mariana!!!
Enhorabuena y un abrazo.
29 de Noviembre 2010 a las 11:30 AM
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¡Gracias, Ignacio, un placer tenerte entre mis lectores!