La nevada nos construye Helsinki la primera noche. El viento se ha marchado y la nieve cae encima de todas las cosas para distraerlas del sentido. Las calles y las aceras y los coches no se distinguen del resto del mundo, toda la ciudad se convierte callada en un mimbre blando. El mundo es nuevo y libre, caminamos a la deriva, pateando la nieve que se amontona en las esquinas. Entre risas y entre silencio, rodeados de estalactitas de hielo que nos atrevemos a arrancar de las paredes para comprobar cómo se nos derriten en las manos. Los pájaros de invierno permanecen en el puerto, pacientes, vuelan en bandadas antes de que el viento cambie otra vez de dirección, los pille distraídos, y tengan que posarse sin remedio en la tierra.



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