Un par de clases atrás me tocó explicar, otra vez (otro año), un tema sobre el narrador. En todos los temarios de la Escuela hay varios temas sobre el narrador (como es natural). Cada cierto tiempo llega un tema sobre el narrador, y son todos interesantes y aportan muchísimo. Pero no me gusta empezar a explicar el narrador con alguna de las varias clasificaciones que podemos hacer en función de si es un personaje o no de la historia, de si está o no metido y hasta qué punto en la mente del personaje... Que lo explico, claro, pero no me parece un buen punto de partida. Dándole vueltas al punto de partida recordé este fragmento de Umbral, en Mortal y rosa:
Escribo por el placer de desaparecer. Es mi forma de transparencia. Todos hemos querido ser invisibles alguna vez. El éxtasis, la levitación. El mundo y la escritura se intercambian reflejos, luces, y yo estoy en medio, entre dos fuegos, desaparecido, sin peso. Escribir es ausentarse. Escribir es perder peso. Un adelgazamiento súbito. Qué insoportables, luego, mis setenta y ocho kilos.
Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer demasiado evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. Toda lectura tiene, por lo menos, ese doble fondo. Hay una superficie de prosa, de ideas, y debajo, como una figura inmovilizada dentro del hielo, está el autor.
Cuando acertamos con la voz del narrador la historia se cuenta sola. Hay un punto muy hermoso en el momento de la escritura, y es ese punto en el que parece que realmente el escritor desaparece de ahí. La voz del narrador está tan viva, cuenta tan suelta, ligada a saber qué lugar escondido de nuestra conciencia, que el autor desaparece completamente. Lo cual tiene que ver con
esta entrada que escribí hace casi un año (y quién sabe qué relación tiene este tema con el otoño o el invierno).
Del narrador vamos a hablar siempre. El narrador es todo. Porque es el narrador el que cuenta las historias que escribimos. El autor cuenta la historia a través del narrador. Es su voz la que cuenta la historia. Y es su voz, no la del autor. Es importante que sea así, que tenga su propia vida separada de nosotros —y más unida a nuestras entrañas que a nuestro cerebro, a ser posible—. ¿Cómo encontramos, entonces, esa voz del narrador que nos lleve tan de la mano que parezca desaparecer?