Archivos Mayo 2010

Todos los caminos llevan a Roma

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs | Antología del cuento triste


Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.

Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.