Porque estamos en primavera, porque hace varios meses que no monto en tranvía y porque por fin las plantas de mi casa están reviviendo, dejo aquí está columna de Ángel Zapata, algo antigua ya, supongo, y que he rescatado de unos apuntes suyos sobre la prosodia, publicados en los manuales de Fuentetaja. Y que podéis rescatar de la antigua página de Isabel Cañelles. El texto se titula "Los tranvías", ay, los tranvías.
La ecología, el urbanismo, el buen sentido a secas, piden la vuelta de los tranvías, en los últimos tiempos. Y a mí, qué voy hacerle, un tranvía de diseño, un tranvía ergonómico —perdón—, como imagino los de ahora, me parece un transporte conveniente y limpio, pero no un tranvía. Porque el tranvía era un lujo con el que se adornaba la ciudad, como a veces se adorna el torero para cerrar el lance; un capricho, diríamos, más que un remedio a nada.
Goleta que navega entre adoquines, quiosco que se anda, el tranvía era un juguete, con algo de corral, de sonajero, en la niñez de las ciudades.
Debajo del asfalto no está la playa —como se dijo en el sesentayocho—, sino el lento rodar de los tranvías. Nacido con el siglo, pupilo de la acera y del acero, el tranvía no quiso crecer. Sacarlo del museo, del desguace, volverlo razonable, adulto y funcional, sería un empeño ocioso, odioso, y otra forma de olvido. El tranvía es el tiempo recobrado. A la infancia se vuelve, si se vuelve, en tranvía.

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