El otro día un alumno en clase leyó un texto y cuando terminó le dije que tenía que leerse Mortal y rosa, de Umbral. Que leer ese libro le iba a ayudar para escribir ese tipo de texto. Y como salió el tema comenté uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: "un cuento sale de otro cuento". Habla entonces de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí empapándonos. Es algo que cuando llevas escribiendo un cuento, además, haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que sea crees que pueden ir por el mismo lugar, y lo encaminas. Eso da género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra —en blanco hasta entonces—, y mueven los pies algo nerviosos.
Es una de esas cosas tan evidentes que no se ven, o que está tan cubierta de malas interpretaciones (confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente) que cuando te das cuenta casi da un poco de apuro. "¿Copiar? ¡Cómo voy a hacerlo! ¡Si tengo que ser original! Y para mis alumnos, que muchos acaban prácticamente de empezar a escribir, no lo ven tan claro. Aunque es cierto que al cabo de unos meses, y casi sin decir nada, solo a base de lecturas, esto de la imitación vuelve a salir a flote por sí solo. Porque por supuesto que es natural.
Lo dijo Aristóteles en su Poética. Es especialmente bella la parte en que habla de ese nacimiento de la poesía, como de ese instinto que todos tenemos de imitar lo aprovecharon los mejor dotados y de sus improvisaciones nació eso, nació la poesía.
Al ser natural en nosotros el instinto de imitación, igual que lo son la armonía y el ritmo —ya que es evidente que los metros no son más que partes del ritmo— al comienzo los que estaban mejor dotados para ello hicieron poco a poco sus primeros progresos y nació de sus improvisaciones la poesía.
Todo lo aprendemos por imitación. Utilizamos dos cosas, la imitación por un lado, y la prueba y error por el otro. Por ejemplo así aprendemos a andar, y a tantas otras cosas. Más o menos al año de vida resulta que las piernas tienen la bastante fuerza como para casi sostenernos del todo. Y podemos hacer lo que hemos visto que hacen todos los que están a nuestro alrededor, movernos con ellas. Nos caemos y nos levantamos, poco a poco. Pero ningún niño vive esas caídas como un error, menos aún las primeras veces que lo intenta.
Los oficios se aprende por imitación. Siempre ha habido aprendices de cocineros, de panaderos, de costureros. Se mira, se imita, se prueba, y se vuelve a empezar. Una vez que conoces a fondo el proceso, que es tuyo y está interiorizado, las cosas pueden fluir. Ya no estás atento a las herramientas. Pasa con la cocina: hasta que no controlas más o menos bien qué y cómo se puede cocinar cada una de esas verduras que tienes en la nevera, cuánto tardan en hacerse, a qué saben mezcladas unas con otras… hasta ese momento no puedes hacer un plato original, es decir, un plato diferente a cualquier otra cosa que hayas probado. Lo cual implica, claro, haber probado muchísimos platos. No solo de tu cultura. Ni de tu tiempo.
La escritura también es un oficio, tiene una parte muy importante de oficio. No podemos pretender ser originales, es decir, hacer algo diferente, sin tener un conocimiento lo bastante amplio de lo anterior a nosotros. Lo cual, en el punto de la historia de la literatura en la que estamos, es un trabajo grande. No hay manera, claro, de escribir literatura contemporánea sin haber imitado durante mucho tiempo todo de lo que bebemos. Porque sin la imitación no hay aprendizaje, y sin aprendizaje no hay interiorización, ni educación de la mirada. Todo esto sin perder la vida y la frescura, y volviendo siempre a ese lugar desde el que se escribe, que más o menos lo tenemos todos localizado aunque a veces parece que no. Es solo pereza, un poco de inercia y bastantes malos hábitos, que por tanto tiempo hemos creído nuestros —y por tanto hecho sólidos, inamovibles—.

30 de Marzo 2010 a las 08:33 AM
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¿Ser originales después de 3.000 años de literatura? Tenemos la memoria cargada de cuentos de Borges, de microcuentos de Monterroso, de frases brillantes de Wilde, de "Madame Bovary". Para ser originales en lugar de bolígrafo, tendríamos que utilizar una espada, para ir dando mandobles a todas las influencias literarias que intentan destruir, ya sea a las claras, ya sea de tapadillo, nuestra pretendida originalidad.
Me conformo con ser un imitador competente, alguien de quien se pueda decir: "Me recuerda a Vargas Llosa y a Borges, pero también tiene un algo..."
30 de Marzo 2010 a las 06:07 PM
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¡Qué bueno lo de la espada! Te lo robo :-P
31 de Marzo 2010 a las 10:11 PM
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En un todo de acuerdo con Mariana, se necesita mucho, mucho atrás para ir para adelante.
Saludos
26 de Abril 2010 a las 05:09 PM
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Llego tarde, pero llego, gracias a Inés. Precisamente hoy estaba leyendo un pasaje en el que se explica que ser genial no es necesariamente bueno, y que en general es más bien lo contrario:
«For all men tragically great are made so through a certain morbidness. Be sure of this, O young ambition, all mortal greatness is but disease.» (Todos los hombres de trágica grandeza albergan cierta suerte de enfermedad. No te quepa duda, oh joven ambición: toda la grandeza de los mortales no es sino enfermedad.)
H. Melville, "Moby Dick". (La traducción es mía.)