¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.
Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.
[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.
La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.
¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.
Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.
[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.
La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.