Archivos Marzo 2010



El otro día un alumno en clase leyó un texto y cuando terminó le dije que tenía que leerse Mortal y rosa, de Umbral. Que leer ese libro le iba a ayudar para escribir ese tipo de texto. Y como salió el tema comenté uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: "un cuento sale de otro cuento". Habla entonces de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí empapándonos. Es algo que cuando llevas escribiendo un cuento, además, haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que sea crees que pueden ir por el mismo lugar, y lo encaminas. Eso da género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra —en blanco hasta entonces—, y mueven los pies algo nerviosos.

Es una de esas cosas tan evidentes que no se ven, o que está tan cubierta de malas interpretaciones (confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente) que cuando te das cuenta casi da un poco de apuro. "¿Copiar? ¡Cómo voy a hacerlo! ¡Si tengo que ser original! Y para mis alumnos, que muchos acaban prácticamente de empezar a escribir, no lo ven tan claro. Aunque es cierto que al cabo de unos meses, y casi sin decir nada, solo a base de lecturas, esto de la imitación vuelve a salir a flote por sí solo. Porque por supuesto que es natural.


El bailarín del sombrero de oro

El hilo azul | Gustavo Martín Garzo | Fundación G.S.R.


En El hilo azul se recogen muchos artículos de Martín Garzo. Hace años alguien me pasó un artículo que se titulaba "Dibujar una cigüeña", creo que fue casi lo primero (o lo segundo) que leía sobre estos temas, creo recordar que circulaba por La lista de aquel entonces. Hace poco tropecé sin querer con este libro y lo compré sin abrirlo solo al comprobar que estaba ese artículo incluido. La edición corre a cargo de Mariángeles Fernández,y supongo por alusiones que es una re-edición de un libro publicado en 2001; lo importante es que se puede conseguir muy fácilmente.

El primer artículo, a modo de prólogo, habla de ese bailarín del sombrero de oro, y dice que escribir no es otra cosa que convocarle. Ese "dichoso jorobado berlinés", al que también nombró Rosa Chacel y que tan bien recuerda Martín Garzo: "escribir es el deseo de irse por los tejados". Y ese bailarín es el Carboncito del que habla Javier Sagarna en aquel prólogo de hace años —que me hizo apuntarme al primer taller—, y esos tejados son sin duda los mismos que los que aparecieron en otro prólogo, año después, en un libro de la Escuela —y que debieron salir de algún lugar escondido que tenemos todos dentro—.

Así que cómo no voy a disfrutar de este libro. Dejo algunos fragmentos del prólogo, del primer artículo, el de ese bailarín del sombrero, tan travieso como escurridizo. Y de tan vivo, insustancial.

Además, por desgracia, apenas recuerdo lo que leo. Sé reconocer al instante los libros que me importan, pero será precisamente en esos casos cuando más costoso me resulte hablar de ellos, tal vez porque, como dejó dicho el último Barthes, nada es más difícil que hablar de lo que amamos. [...] A pesar de todo, no suele ser eso, cómo están escritos, lo que más me preocupa, sino desde dónde lo hice. Creo que esa pregunta por el lugar desde el que se escribe es la pregunta esencial de la literatura. [...]

En El hilo azul se recogen muchos artículos de Martín Garzo. Hace años alguien me pasó un artículo que se titulaba "Dibujar una cigüeña", creo que fue casi lo primero (o lo segundo) que leía sobre estos temas, creo recordar que circulaba por La lista de aquel entonces. Hace poco tropecé sin querer con este libro y lo compré sin abrirlo solo al comprobar que estaba ese artículo incluido. La edición corre a cargo de Mariángeles Fernández,y supongo por alusiones que es una re-edición de un libro publicado en 2001; lo importante es que se puede conseguir muy fácilmente.

El primer artículo, a modo de prólogo, habla de ese bailarín del sombrero de oro, y dice que escribir no es otra cosa que convocarle. Ese "dichoso jorobado berlinés", al que también nombró Rosa Chacel y que tan bien recuerda Martín Garzo: "escribir es el deseo de irse por los tejados". Y ese bailarín es el Carboncito del que habla Javier Sagarna en aquel prólogo de hace años —que me hizo apuntarme al primer taller—, y esos tejados son sin duda los mismos que los que aparecieron en otro prólogo, año después, en un libro de la Escuela —y que debieron salir de algún lugar escondido que tenemos todos dentro—.

Así que cómo no voy a disfrutar de este libro. Dejo algunos fragmentos del prólogo, del primer artículo, el de ese bailarín del sombrero, tan travieso como escurridizo. Y de tan vivo, insustancial.

Además, por desgracia, apenas recuerdo lo que leo. Sé reconocer al instante los libros que me importan, pero será precisamente en esos casos cuando más costoso me resulte hablar de ellos, tal vez porque, como dejó dicho el último Barthes, nada es más difícil que hablar de lo que amamos. [...] A pesar de todo, no suele ser eso, cómo están escritos, lo que más me preocupa, sino desde dónde lo hice. Creo que esa pregunta por el lugar desde el que se escribe es la pregunta esencial de la literatura. [...]

El tiempo perdido

Francisco Umbral | Mortal y rosa | Planeta


¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.

Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.

[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

¡Cuánto tiempo perdido, todos esos años sin leer Mortal y rosa! Por cosas de la vida resulta que ahora lo tengo que leer para hacer un trabajo para una clase en la que he caído casi sin querer. Y creo que haré como suele decir Martín Garzo, solo intentaré hablar de todo lo que sentí leyendo el libro, que es de lo más razonable que se puede hablar de un libro así.

Lo otro que se puede hacer es seleccionar fragmentos, teclearlos y repartirlos para leerlos en voz alta y viva voz. Y, después, mantener silencio.

[...] Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirando desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo desnuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Dulce de leche

Para mi padre.


El niño de cinco años se esconde debajo de la mesa de la cocina con un tarro de medio litro de dulce de leche y una cuchara. El mantel de cuadros llega hasta el suelo y le cubre por completo. A oscuras abre el tarro, mete la cuchara, y la llena hasta arriba antes de metérsela en la boca en un silencio total.

El hombre prueba una cucharadita de dulce de leche después de cenar, y recuerda esta historia. Recuerda como a los cinco años cogía el tarro de dulce de leche del estante más alto y se escondía debajo de la mesa de la cocina.

El niño de cinco años se esconde debajo de la mesa de la cocina con un tarro de medio litro de dulce de leche y una cuchara. El mantel de cuadros llega hasta el suelo y le cubre por completo. A oscuras abre el tarro, mete la cuchara, y la llena hasta arriba antes de metérsela en la boca en un silencio total.

El hombre prueba una cucharadita de dulce de leche después de cenar, y recuerda esta historia. Recuerda como a los cinco años cogía el tarro de dulce de leche del estante más alto y se escondía debajo de la mesa de la cocina.




Muchas veces me pasa lo mismo: busco el teléfono cuando estoy hablando por teléfono. Y me acuerdo de un cuento muy conocido de Nasrudin, el de las llaves y la farola. Me río, claro, qué remedio.

Es de noche, bastante tarde ya, y Nasrudín está agachado debajo de una farola buscando algo, tanteando el suelo con las manos. Pasa un vecino y le pregunta qué busca. Nasrudin le responde que busca sus llaves, que las ha perdido. Y su vecino se agacha con él para ayudar a buscarlas. Al rato pasa una vecina y les pregunta lo mismo, y también se agachar para buscar las llaves de Nasrudin. Pero no encuentran nada, entonces la vecina se levanta y le preguna si está seguro de haberlas perdido ahí. Nasrudin responde que no, que las perdió en casa. Los vecinos, escandalizados, le preguntan porqué entonces las está buscando en la farola. Y les responde Nasrudín: porque aquí hay más luz, la casa está muy oscura.




Hace poco encontré un artículo sobre el Butoh, y se me han quedado flotando las palabras que citan de uno de sus creadores, Kazuo Ohno: "Si quieren comprender sus propios cuerpos deben aprender a caminar bajo el mar, en el lecho marino. Conviértanse en polvo de polilla. Todas las huellas del universo se encuentran en las alas de una polilla."

El Butoh está entre la danza y el teatro, y cuanto más leo sobre ella, más ganas tengo que verla representada.

También afirma Ohno, en relación a los cuerpos y el movimiento de los bailarines: "Un trozo de madera, un viejo. Para conseguirlo debes escuchar tu cuerpo. Te indica a través del dolor, del dolor como sonido. Pero es un chispazo mental tan rápido que si lo piensas demasiado, desaparece. Cuando bailas estás existiendo, no piensas".

Lo que se parece mucho a lo que explica Alexandra Kalinine sobre el baile, y es que una y otra vez todas las flechas apuntan al mismo sitio. Y el baile consiste en sentir, en dejar fluir y soltar. No en pensar. Sino en caminar bajo el mar.