La fiesta de la Escuela



El sábado inauguramos por todo lo alto la nueva sede de Escuela de Escritores. Fue día 30 de enero. Y no tiene nada que ver —o tal vez tenga que ver muchísimo—, pero el 30 de enero de hace un año lo tengo marcado en el calendario con varios círculos.

Vale, es verdad que separar la Escuela del resto de mi vida es ya complicado, y de cierta forma todo lo que he hecho en los últimos diez años está ligado a la Escuela, desde que me senté en la primera clase de taller con Javi Sagarna. Antes yo solía escribir, claro, pero ese curso todo empezó todo a cobrar forma. Hasta entonces no pensaba que escribir fuera algo más que ciertos juegos con los que te entretienes a veces. Y en el taller me encontré a más gente que no solo escribía, sino que tenia la escritura como algo de gran peso en su vida. Y ahora resulta que estamos un 30 de enero inaugurando la sede de la Escuela, después de un camino larguísimo y lleno de piedras preciosas, y de guijarros, y de diamantes en bruto.

Fue el 30 de enero del año pasado cuando se me ocurrió una idea para el corto. Sin esa idea no se me hubiera pasado por la cabeza dirigir nada, que lo mío es escribir. Pero surgió con tanta solidez y tanta seguridad que hubo que rodarla. Todo el esfuerzo por ver esa historia en pantalla.

Diréis que no tiene nada que ver, y que últimamente lo único que hago es hablar del corto. Vale. Pero casualmente fue el mismo día. Y es que este corto es una de las herencias de las piedras preciosas que hemos recogido en el camino todos estos años. Y todas ellas apuntan más o menos, como las miguitas del cuento de Pulgarcito, al mismo sitio. Y es la Escuela, en todas sus variantes, en todos sus grupos por Internet, en todas y cada una de sus clases de colores de la nueva sede de Francisco de Rojas.

La fiesta tuvo mucho de bautismo, de inauguración de verdad. Pasaron por la Escuela muchos de los amigos que nos han acompañado estos años, pasaron profesores, compañeros de otros talleres, alumnos de ahora, ex-alumnos, los alumnos del máster, los amigos de Tres Rosas Amarillas, y los del Ateneu de Barcelona. Pero yo, con lo que me quedo, y con lo que más recuerdo, a eso de las diez de la noche cuando Germán empezó a poner música. Me coloqué en una esquina y miré a la gente bailar. Me quedo con la mezcla, porque era ver como varias generaciones juntas. Estaba allí Enrique Valladares, que fue compañero de mi primer grupo con Javier, el mítico de los viernes por la noche —y que ahora es también profesor de la Escuela—. Estaba, casi a su lado, José Luis Pereira, compañero de mi primer grupo por Internet —cuando yo vivía en Inglaterra—, y que ahora resulta que ha montado una librería dedicada al cuento. Estaba Berna Wang, también profe de la Escuela, y que conocí a través de una lista de correo que salió del taller de escritura de Madrid. Y estaban mis alumnos del año pasado: Mónica, Nieves, Víctor, Gloria... Y estaba David, un alumno de este año, que hace unos meses ni siquiera conocía.

Todos estaban junto, bajo el mismo techo y bailando. Y desde mi esquina tan bien elegida me dio por pensar en lo extraño que era la mezcla, y cómo yo le he repetido a mis alumnos que estaban ahí bailando todo lo que aprendí en las clases de Javier. Varias generaciones. Pequeñitas, sí. Pero encadenadas entre ellas. Con eslabones nuevos que se engarzan todos los días. Eso, sobre todo, era lo que yo estaba celebrando este día 30 de enero en la fiesta. Y me encantará ver qué ocurre el día 30 de enero de año que viene, que, estoy segura, tendrá que ver con la Escuela.


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