Archivos Enero 2010



Nadaban por debajo de mis uñas, como si hubiera allí un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche, con bigotes finos y patas largas. Si las aplastabas nadaban más rápido, como huyendo a ninguna parte, giraban en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se hacían invisibles. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.

Nadaban por debajo de mis uñas, como si hubiera allí un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche, con bigotes finos y patas largas. Si las aplastabas nadaban más rápido, como huyendo a ninguna parte, giraban en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se hacían invisibles. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.




Me metí en la piscina. La primera mitad era de agua transparente y limpia, con mucho cloro. La otra mitad era un río amazónico donde el agua era tan verde que no se podía distinguir el fondo. Nadando llegué hasta allí. Sentí pasar algo entre mis piernas, como una roca que se movía. Me agarré a ella y me devolvió al otro lado. Donde se unían las dos mitadas, justo en la frontera, con un movimiento, me tiró. Debajo del agua giré la cabeza justo a tiempo para ver alejarse a un cocodrilo, que abría y cerraba las mandíbulas como si riera.

Me metí en la piscina. La primera mitad era de agua transparente y limpia, con mucho cloro. La otra mitad era un río amazónico donde el agua era tan verde que no se podía distinguir el fondo. Nadando llegué hasta allí. Sentí pasar algo entre mis piernas, como una roca que se movía. Me agarré a ella y me devolvió al otro lado. Donde se unían las dos mitadas, justo en la frontera, con un movimiento, me tiró. Debajo del agua giré la cabeza justo a tiempo para ver alejarse a un cocodrilo, que abría y cerraba las mandíbulas como si riera.




A mis alumnos en su primer taller, en algún momento, como a los tres primeros meses, les recomiendo que lean Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. Que no es uno de los libros más fáciles de leer cuando estás empezando, pero que si de repente te toca en algún punto por dentro y hace clic, es una gran alegría. Y es que a mí, y creo que es una confesión bastante común, me gustaría ser un cronopio, uno de esos seres verdes y esponjosos, que se dedican a dibujar con tiza una golondrina en el caparazón de las tortugas.

La primera vez que Cortázar utilizó la palabra "cronopio" fue en una crónica de un concierto de Louis Amstrong, al que llamó: "Louis, enormísimo cronopio". Copio aquí palabas textuales del autor hablando de esos seres extraños, de los cronopios (que si mal no recuerdo he tomado de la entrevista tan conocida de La 2, igual que la frase anterior):

Empecé a escribir sin saber cómo eran. Luego tomaron un aspecto relativamente humano, con esas conductas especiales de los cronopios, que son un poco la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas. Frente a ellos están los famas: grandes gerentes de los bancos, presidentes de las repúblicas, la gente forma que defiende el orden… Las esperanzas son personajes intermedios, que están un poco al final del camino, sometidas, según las circunstancias, a las influencias de los famas y los cronopios. Todas las aventuras que les suceden depende de la psicología de cada uno de ellos.

Hay libros que están hechos para contar una historia. Muchos libros están hechos para contar una historia. Todos los relatos clásicos tienen como objetivo fundamental el de contar una historia. Pero este libro no está hecho solo para contar una historia. Está hecho para remover. Algunos de los textos nos producen risa, otras nos conmueven, otras nos hacen pensar, otras nos inquietan. Está hecho para criticar. Para inquietar. Y eso está muy bien, porque la intención que va por debajo es esa, la de mover sentimientos. Puede que no os haya movido nada, puede que, simplemente, hayáis pasado por algunas de los fragmentos diciendo que no contaban nada. Vale. No es problema. Guardad el libro un año. Leedlo otra vez el año que viene. La percepción sobre las historias seguro que han cambiado. Y en algún momento se siente esa incomodidad, ese remolino en el estómago, ese pequeño agujerito negro.

Este es uno de mis favoritos, el último, el de la tortuga. El final texto tira hacia arriba, como el hilo de una marioneta que cobra vida. Amplia tanto el campo de significado que no puede evitarnos producir una sonrisa, una gran bocana de esperanza, el cronopio es como un niño que juega con el mundo:

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Pero hay muchos más textos. Me he fijado en uno, dentro de "Manual de instrucciones", ese que se llama "La tarea de ablandar el ladrillo".




El agua del mar les llegaba a las casas hasta el primer piso, solo quedaba al descubierto la pequeña ventana de arriba y el tejado. Golpeaban las olas contra los cristales dobles y protegidos. La familia al completo estaba sentada en el sofá del piso de abajo viendo la televisión, y por la ventana veían pasar a los buceadores, y los saludaban en las pausas de los anuncios.

El agua del mar les llegaba a las casas hasta el primer piso, solo quedaba al descubierto la pequeña ventana de arriba y el tejado. Golpeaban las olas contra los cristales dobles y protegidos. La familia al completo estaba sentada en el sofá del piso de abajo viendo la televisión, y por la ventana veían pasar a los buceadores, y los saludaban en las pausas de los anuncios.




Atravesaron los huesos de mis piernas con clavos de titanio. Tenían el grosor del dedo de un niño, pero eran largos, plateados, suaves al tacto y perfectamente pulidos. Me los quitaron uno a uno cuando lo pedí. Salieron limpios y sin dolor, como si el interior de mi cuerpo en lugar de carne y vísceras lo formara una masa compacta de espuma de poliuretano.

Atravesaron los huesos de mis piernas con clavos de titanio. Tenían el grosor del dedo de un niño, pero eran largos, plateados, suaves al tacto y perfectamente pulidos. Me los quitaron uno a uno cuando lo pedí. Salieron limpios y sin dolor, como si el interior de mi cuerpo en lugar de carne y vísceras lo formara una masa compacta de espuma de poliuretano.


Como los sueños

Marguerite Duras | Escribir | Tusquets Editores


Esto es del libro de Marguerite Duras, un libro que está lleno de sensaciones y que leí hace tiempo, es uno de los libros heredados de la vieja biblioteca. Pero está frase estaba como cita de la novela de Isabel Cobo titulada Utilidades de la casa, que acabo de descubrir. Y no quiero más que soltarla aquí, en honor a la escritura y a los sueños.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con toda lucidez

Qué suerte poder disfrutar de ambos.

Esto es del libro de Marguerite Duras, un libro que está lleno de sensaciones y que leí hace tiempo, es uno de los libros heredados de la vieja biblioteca. Pero está frase estaba como cita de la novela de Isabel Cobo titulada Utilidades de la casa, que acabo de descubrir. Y no quiero más que soltarla aquí, en honor a la escritura y a los sueños.

La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con toda lucidez

Qué suerte poder disfrutar de ambos.




Esta es la frase que no dejaba de repetir a lo largo del rodaje del corto, en formato pregunta o en formato afirmación. Y que, ahora mismo, no recuerdo bien ni de donde salió... Pero que me viene muy bien para anunciar la página Web de Rascacielos, recién salida del horno. La entrada por aquí.

Supongo que en algún momento, cuando termine la vorágine de este mes, podré sentarme y escribir con algo más de calma todo lo que supuso rodar el corto. Que fueron muchas cosas, pero ahora mismo las tengo muy mezcladas. Gracias a todos.




Estamos en la colina del último árbol vivo del mundo. Su tronco es tan ancho que harían falta diez hombres para abarcarlo por entero. Toda la colina está protegida del humo por una urna de cristal. Un manto de hojas amarillas cubre el césped. Al otro lado del cristal se amontonan aparatos electrónicos apilados en montañas de basura, entre niebla y cucarachas.

Estamos en la colina del último árbol vivo del mundo. Su tronco es tan ancho que harían falta diez hombres para abarcarlo por entero. Toda la colina está protegida del humo por una urna de cristal. Un manto de hojas amarillas cubre el césped. Al otro lado del cristal se amontonan aparatos electrónicos apilados en montañas de basura, entre niebla y cucarachas.