Archivos Noviembre 2009



Me he leído Seda muchísimas veces, porque es una novela muy corta —y por tanto rápida de releer—, porque es una novela secuencial —debilidades—, porque le tengo cariño —siempre la regalo, y casi siempre gusta— y porque suele ser el primer libro que hago que lean mis alumnos a principio de curso —normalmente lo disfrutan muchísimo, y podemos dar paso a un segundo y tercer libro sin quejas—. Aún así no me canso de leerla, porque tiene esa voz. Esa voz.

Cuando vino Baricco a la Escuela hacía bastante que no me la leía, casi un año. No me dio tiempo a releerla, y además estaba casi segura que de lo último que iba a hablar en la charla era de Seda. Y la mencionó, pero habló de otras muchas cosas que tan bien cuenta Isabel aquí. Pero me la he leído otra vez hace algunos días porque otra vez comienza el curso, y otra vez se la han leído mis alumnos.

Me sigue gustando.

En realidad ni siquiera es una novela. Pero da igual. Supongo que a mí me gustaría escribir algo así. En parte, por eso, me atrae tanto. Me gusta esa voz, me gusta la estructura musical que tiene, las codas, si tiene hasta semichorcheas y silencios, candecias diferentes, todo mezclado bien, a su ritmo justo. Hasta cambia de tonalidad.

Es una voz que baila, que se mueve por donde quiere. Realmente se mueve, va desde la puerta del cabaret, al piano, a las manos del pianista, y a la cabeza del pianista, para bajar a su boca mientras dice voilá. Por ejemplo. Tiene tres mujeres. Que son la misma en algún plano de la realidad. Tiene silencio, y calma, y agitación. Y es suave, la historia es simple. Un hombre que viaja. Que muere de nostalgia por algo que jamás podrá tener. Y una mujer, que, en el fondo, muere por lo mismo. Y un viejo lobo de pueblo que juega su vida al azar y a Santa Inés.

No sé exactamente lo que me gusta de Seda. Me han dicho miles de veces que la historia no es nada —como la seda, porque, en efecto "es como tener la nada entre los dedos"—, me han dicho muchas más veces que es cursi, que es tópica. Y puede que lo sea, de hecho lo es. O está cerca de serlo, lo cual es incluso más emocionante. Se mantiene en un equilibrio estable. Como si caminara por un hilo muy fino que, a la mínima, puede caerse para alguno de esos dos lados tan terribles, lo tópico, lo dulzón.

No sé porqué me gusta, en realidad. Puede que sea por la música. Puede que sea por el tono de fábula oriental, los rasgos. Puede que sean los pájaros de colores, esos miles de pájaros que se escapan de la pajarera volando por el cielo cuando ella abre la puerta. Puede que sea porque esos mismos pájaros, tiempo después, cuelgan en pequeñas jaulas de su carruaje, en peregrinación. Puede que sean los delfines, esos de los que quiere oír hablar Baldabiou. Puede que sea por Hélene y su voz grave, y su historia contada sin palabras, que pasa por la novela igual que pasa por la vida de los demás, sin más, pero dejando huella. Puede que sean los gusanos de seda, esas larvas que mueren al sol porque Hervé Joncour no llega a tiempo a Lavilledieu. Tal vez son los trenes a vapor, ese lago que a veces es la muerte, a veces el diablo, a veces el santo. Puede que sea esa respuesta de Hélene, cuando le dice que ya no queda nada hermoso en el mundo. Puede que sea por ese dolor extraño. Y tan familiar.




Estoy segura que si nos viéramos la próxima vez dentro de otros quince años, diríamos lo mismo: si estás igual. Igual. Todo igual. Hemos cambiado mucho, pero estamos igual. No recuerdo si lo dijo Patricia, o Sofía, o María: tenemos todos los mismos gestos que teníamos de pequeños. Tenemos el mismo lenguaje gestual, aunque nos haya cambiado un poco la cara, hayamos crecido un par de centímetros, o nos hayamos teñido el pelo. Estamos igual.

Ayer cené con mis compañeros del colegio, hacía diez años que no venía a algunos, quince a otros. ¡Quince! No sé porqué fui, no me gustan nada este tipo de reuniones. Pero tenía ganas de verlos, de comprobar que estaban vivos, de saber qué había sido de su vida. ¿Qué estará haciendo, ahora mismo, aquella amiga con la que cantaba a voz en grito las letras de La Bella y la Bestia? Pues resulta que somos casi vecinas, ahora, y que recuerda las canciones perfectamente a pesar de los quince años de distancia. Así que me movió la curiosidad, supongo, como a los gatos.

Me gustó mucho estar con ellos ayer. Porque pasamos muchos años juntos, ¿diez años? Más o menos sí, diez años. De lunes a viernes, sentados en pupitres bajos, en cumpleaños, excursiones en autobus, horas y horas de recreo, con las monjas, con los caramelos Vampiro, intercambiando palmitas, sentados en el suelo, jugando a las cartas, jugando a cazador, al balón priosionero. Hablamos de la biblioteca, de esos libros cubiertos de plástico, de las manos de la madre Julia, de las excursiones a buscar plantas y abetos, las carreras por las escaleras, el pregón, los babis, el fluor que nos hacían beber una vez al mes porque se supone que era bueno para los dientes. De todo eso.




Después del rodaje, viene el montaje. Eso ya lo sabemos todos. Yo no tenía muy claro qué pasaba después, hasta que me senté en la sala de montaje con Jonás y me fue ordenando el puzzle en una pantalla. Me costó varios días acostumbrarme a ver el material tan en bruto. Tuvo que pasar una semana, o dos tal vez, para que todo lo que estaba viendo me empezara a gustar un poco. Al principio solo era capaz de ver los fallos, y todo lo que no nos dio tiempo a hacer, todo lo que faltaba. Miraba agujeros, los buscaba a conciencia, y claro, encontraba muchos. Un primer cortometraje está lleno de agujeros.

Pero después de esos primeros días de proceso, no sé muy bien porqué se produjo, se me debió ajustar algún tipo de engranaje en el cerebro, porque empecé a ver lo que teníamos y a poder trabajar con ello. Para entonces Jonás me quería echar de la sala de montaje, justo cuando yo empezaba a disfrutar del tema. Durante esas semanas releí el libro de Walter Munch publicado por Ocho y Medio, y no quiero dejar que se me escape entre a nada uno de esos artículos. Lo publico en fragmentos, es muy breve, podéis leerlo completo en el libro. La traducción es de Arantxa Aguirre.

Soñanando en pareja

En muchos sentidos, el montador de una película cumple el mismo papel con respecto al director que el de un editor desempeña frente a un escritor. [...] Así que parece que la relación entre un montador y un director en una película oscila hacia delante y hacia atrás a lo largo del proyecto, el numerador pasa a ser el denominador y viceversa.

En la terapia del sueño existe la técnica de emparejar al paciente —el soñador en este caso— con otra persona que está allí para escuchar el sueño. En cuanto se despierta, el soñador se reúne con su oyente para relatarle el sueño de la noche anterior. A menudo no hay nada o tan solo una única imagen más bien decepcionante, pero suele ser suficiente para iniciar el proceso. Una vez que la imagen se ha descrito, la tarea del oyente consiste en proponer una secuencia imaginaria de sucesos basada en ese fragmento.

Por ejemplo, todo lo que se ha recordado es un avión. El oyente propone inmediatamente que debe de haber sido un avión de pasajeros volando sobre Tahiti cargado con pelotas de golf para un torneo en Indonesia. Tan pronto como oye esta descripción el soñador se encuentra a sí mismo protestando: "No. Era un biplano, sobrevolando los campos de batalla de Francia, y Aníbal estaba arrojándole flechas desde su legión de elefantes".

En otras palabras, el propio sueño, escondido en la memoria, se alza para defenderse cuando se le desafía con una versión alternativa, y de este modo se revela a sí mismo. Esta revelación acerca de biplanos y elefantes puede, a su vez, mover al oyente a elaborar otra improvisación, que sonsacará un nuevo aspecto del sueño escondido, y así sucesivamente, hasta que el sueño quede revelado hasta donde sea posible.

En la relación entre director y montador, el director es generalmente el soñador y el montador, el oyente. [...] Pero en ocasiones el soñador es el montador y el director es el oyente, que es entonces quien pone un cebo para que el sueño colectivo revele más de sí mismo.

[...]

Después del rodaje, viene el montaje. Eso ya lo sabemos todos. Yo no tenía muy claro qué pasaba después, hasta que me senté en la sala de montaje con Jonás y me fue ordenando el puzzle en una pantalla. Me costó varios días acostumbrarme a ver el material tan en bruto. Tuvo que pasar una semana, o dos tal vez, para que todo lo que estaba viendo me empezara a gustar un poco. Al principio solo era capaz de ver los fallos, y todo lo que no nos dio tiempo a hacer, todo lo que faltaba. Miraba agujeros, los buscaba a conciencia, y claro, encontraba muchos. Un primer cortometraje está lleno de agujeros.

Pero después de esos primeros días de proceso, no sé muy bien porqué se produjo, se me debió ajustar algún tipo de engranaje en el cerebro, porque empecé a ver lo que teníamos y a poder trabajar con ello. Para entonces Jonás me quería echar de la sala de montaje, justo cuando yo empezaba a disfrutar del tema. Durante esas semanas releí el libro de Walter Munch publicado por Ocho y Medio, y no quiero dejar que se me escape entre a nada uno de esos artículos. Lo publico en fragmentos, es muy breve, podéis leerlo completo en el libro. La traducción es de Arantxa Aguirre.

Soñanando en pareja

En muchos sentidos, el montador de una película cumple el mismo papel con respecto al director que el de un editor desempeña frente a un escritor. [...] Así que parece que la relación entre un montador y un director en una película oscila hacia delante y hacia atrás a lo largo del proyecto, el numerador pasa a ser el denominador y viceversa.

En la terapia del sueño existe la técnica de emparejar al paciente —el soñador en este caso— con otra persona que está allí para escuchar el sueño. En cuanto se despierta, el soñador se reúne con su oyente para relatarle el sueño de la noche anterior. A menudo no hay nada o tan solo una única imagen más bien decepcionante, pero suele ser suficiente para iniciar el proceso. Una vez que la imagen se ha descrito, la tarea del oyente consiste en proponer una secuencia imaginaria de sucesos basada en ese fragmento.

Por ejemplo, todo lo que se ha recordado es un avión. El oyente propone inmediatamente que debe de haber sido un avión de pasajeros volando sobre Tahiti cargado con pelotas de golf para un torneo en Indonesia. Tan pronto como oye esta descripción el soñador se encuentra a sí mismo protestando: "No. Era un biplano, sobrevolando los campos de batalla de Francia, y Aníbal estaba arrojándole flechas desde su legión de elefantes".

En otras palabras, el propio sueño, escondido en la memoria, se alza para defenderse cuando se le desafía con una versión alternativa, y de este modo se revela a sí mismo. Esta revelación acerca de biplanos y elefantes puede, a su vez, mover al oyente a elaborar otra improvisación, que sonsacará un nuevo aspecto del sueño escondido, y así sucesivamente, hasta que el sueño quede revelado hasta donde sea posible.

En la relación entre director y montador, el director es generalmente el soñador y el montador, el oyente. [...] Pero en ocasiones el soñador es el montador y el director es el oyente, que es entonces quien pone un cebo para que el sueño colectivo revele más de sí mismo.

[...]




Ayer estuve en la presentación del álbum ilustrado Crisis, en la librería Tres Rosas Amarillas. Los autores, F. J. Rico y Virginia Pedrero. Hace algunos meses, el curso pasado de hecho, Rico llegó a clase con un ejemplar hecho a mano de este librito. El texto era suyo y las ilustraciones de Virginia. Y ambos se complementaban para hablar de algo tan del día a día últimamamente, pero desde un punto de vista mucho más arriba del ombligo al que nos acostumbra la tele.

Le dijimos a Rico, todos creo recordar, que era estupendo. Y yo pensé, y supongo que dije en voz alta, que tendrían mucha suerte si se lo publicaban. Dije eso, pero pensé que sería una tarea más que difícil.

Bueno, pues me equivoqué, menos mal. Lo han publicado y ayer lo presentaron en Madrid y pronto lo harán en Logroño, ciudad natal de la editorial.

Rico y Virginia, los dos, son profesores de instituto. De economía y de plástica, respectivamente. Hicieron hincapié en la utilidad de este álbum para acercar el tema a los adolescentes, para sentar bases y trabajar desde ahí.

Y, digo yo, también para los adultos.

[...]

¿Qué es una crisis?

Por lo visto una crisis es algo que afecta al 15% del planeta.

[...]


Describir personajes a través de acciones

Wiliam Faulkner | Mientras agonizo | Editorial Anagrama


Copio este pequeño fragmento de las primeras páginas de esta novela de Faulkner. La traducción es de Jesús Zulaika. La copio por la cantidad de cosas que se pueden decir de un personaje en pocas líneas (en realidad de dos personajes, porque el narrador que elige decir esto también es parte de la historia, claro).

[...] La camisa de padre está mucho más descolorida por la parte de la joroba. No se ven manchas de sudor en la tela. Nunca he visto manchas de sudor en su camisa. Una vez, cuando tenía veintidós años, se puso enfermo trabajando al sol en el campo, y desde entonces dice a todo el mundo que si se pone a sudar se muere. Creo que hasta se lo cree.

Copio este pequeño fragmento de las primeras páginas de esta novela de Faulkner. La traducción es de Jesús Zulaika. La copio por la cantidad de cosas que se pueden decir de un personaje en pocas líneas (en realidad de dos personajes, porque el narrador que elige decir esto también es parte de la historia, claro).

[...] La camisa de padre está mucho más descolorida por la parte de la joroba. No se ven manchas de sudor en la tela. Nunca he visto manchas de sudor en su camisa. Una vez, cuando tenía veintidós años, se puso enfermo trabajando al sol en el campo, y desde entonces dice a todo el mundo que si se pone a sudar se muere. Creo que hasta se lo cree.

Porque somos muchos...

Julio Cortázar | Historias de cronopios y de famas | Punto de lectura


...y vivimos en la calle Humboldt. Que existe, claro, en Buenos Aires. En Palermo, cruza Corrientes por algún punto y es paralela a Juan B. Justo. Cerca de La Chacarita. Y de la calle Lavalleja donde vivía hace años mi amiga Laura (que ahora vive casi en La Patagonia). Quería hablar de Cortázar y solo pienso en Buenos Aires. Bueno, pero siempre tendremos este cuento.

Simulacros

Somos una familia rara. En este país donde las cosas se hacen por obligación o fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, las tareas porque sí, los simulacros que no sirven para nada.

Tenemos un defecto: nos falta originalidad. Casi todo lo que decidimos hacer está inspirado —digamos francamente, copiado— de modelos célebres. Si alguna novedad aportamos es siempre inevitable: los anacronismos o las sorpresas, los escándalos. Mi tío el mayor dice que somos como las copias en papel carbónico, idénticas al original salvo que otro color, otro papel, otra finalidad. Mi hermana la tercera se compara con el ruiseñor mecánico de Andersen; su romanticismo llega a la náusea.

Somos muchos y vivimos en la calle Humboldt.

...y vivimos en la calle Humboldt. Que existe, claro, en Buenos Aires. En Palermo, cruza Corrientes por algún punto y es paralela a Juan B. Justo. Cerca de La Chacarita. Y de la calle Lavalleja donde vivía hace años mi amiga Laura (que ahora vive casi en La Patagonia). Quería hablar de Cortázar y solo pienso en Buenos Aires. Bueno, pero siempre tendremos este cuento.

Simulacros

Somos una familia rara. En este país donde las cosas se hacen por obligación o fanfarronería, nos gustan las ocupaciones libres, las tareas porque sí, los simulacros que no sirven para nada.

Tenemos un defecto: nos falta originalidad. Casi todo lo que decidimos hacer está inspirado —digamos francamente, copiado— de modelos célebres. Si alguna novedad aportamos es siempre inevitable: los anacronismos o las sorpresas, los escándalos. Mi tío el mayor dice que somos como las copias en papel carbónico, idénticas al original salvo que otro color, otro papel, otra finalidad. Mi hermana la tercera se compara con el ruiseñor mecánico de Andersen; su romanticismo llega a la náusea.

Somos muchos y vivimos en la calle Humboldt.

Una luz en la ventana

William Maxwell | Vinieron como golondrinas | Libros del Asteroide


Así acaba uno de los relatos de Capote de Música para camaleones. Me he acordado de repente porque le viene muy bien al descubrimiento de Wiliam Maxwell. ¿Cómo nadie me había hablado de él antes?

Me lo recomendó Manolo Matji, en alguno de esas curvas perdidas el curso que escribí mi guión de largometraje. Hablamos, en concreto, de la novela Adiós, hasta mañana, publicada por Siruela en 1998 y que yo no lograba encontrar por ningún sitio. Me la prestó y me la devoré. Un año después me enteré de que Libros del Asteroide había publicado no solo esa novela de Maxwell, sino otras tres.

Maxwell fue editor de ficción en el New Yorker, y trabajó con las publicaciones de Salinger, de Cheever, de Updike, de Flannery O´Connor. Y tiene una mirada muy propia sobre el mundo de los niños. Aquí dejo unos pequeños fragmentos de este Vinieron como golondrinas. La traducción es de Gabriela Bustelo, y el prólogo de Edmundo Paz Soldán.

¿Cómo nadie me había hablado antes de William Maxwell?

El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga.

Así acaba uno de los relatos de Capote de Música para camaleones. Me he acordado de repente porque le viene muy bien al descubrimiento de Wiliam Maxwell. ¿Cómo nadie me había hablado de él antes?

Me lo recomendó Manolo Matji, en alguno de esas curvas perdidas el curso que escribí mi guión de largometraje. Hablamos, en concreto, de la novela Adiós, hasta mañana, publicada por Siruela en 1998 y que yo no lograba encontrar por ningún sitio. Me la prestó y me la devoré. Un año después me enteré de que Libros del Asteroide había publicado no solo esa novela de Maxwell, sino otras tres.

Maxwell fue editor de ficción en el New Yorker, y trabajó con las publicaciones de Salinger, de Cheever, de Updike, de Flannery O´Connor. Y tiene una mirada muy propia sobre el mundo de los niños. Aquí dejo unos pequeños fragmentos de este Vinieron como golondrinas. La traducción es de Gabriela Bustelo, y el prólogo de Edmundo Paz Soldán.

¿Cómo nadie me había hablado antes de William Maxwell?

El domingo por la mañana era un momento excelente para invadir una ciudad. Ya era casi mediodía cuando la imaginación de Bunny empezó a flaquear. Entonces, de manera muy repentina, la escena cambió. Las murallas, puertas, tejados, barricadas rotas y torres caídas se aparecieron en su sencilla y desnuda realidad: dos vasos plegables, una regla, una piedra cuadrada, cartón, papel marrón, tres lápices y un carrete lleno de muescas. A partir de ahí fue imposible seguir fingiendo que sus soldados de plomo se gritaban unos a otros mientras defendían un pueblo belga.



Hoy es un buen día para barrer la puerta del jardín, quitar los últimos andamios y abrir, de una vez, estas otras hierbas. Un buen día.

Tan bueno como cualquier otro, en realidad.

Hace más de un año me propuse hacer un nuevo diseño. Y aquí lo tenemos, renovado. Está acabado hace muchísimo, desde abril más o menos. Estamos a noviembre porque siempre hay que arreglar cosas que no están perfectas, y eso lleva tiempo. Cuando arreglas una, ves otra aún peor. Es como coser un abrigo muy viejo, saltan costuras por todas partes si tiras mucho de la tela, o se afloja un botón en uno de los lados cuando tiras del otro.

La perfección lleva tanto tiempo que dan ganas de renunciar a ella. Porque es inalcanzable, por otro lado.

Así que renuncio a la perfección, y abro mi jardín otra vez, porque ya está bien de tanta espera. Lo abro con sus imperfecciones.

Disfrutad de ellas.

¿Qué hay de nuevo? Esta categoría que he querido llamar blog como podéis ver. Todo lo demás sigue como estaba antes, un poco más ordenado tal vez. Tenemos la biblioteca y tenemos la cosecha propia. Y dentro, todo lo que había, un poco más maquillado y limpio, sin restos de óxido por encima. También es nueva la opción de comentarios, a la que siempre me he negado con toda mi pereza. Imperfecta, ella, me entrarán los siete males cuando vea los primeros... pero, por ahora, me voy a aguantar.

Sed bienvenidos otra vez al jardín.