Todos los años editamos el libro de alumnos de la Escuela. Este año el libro se ha titulado "El sueño del gato", es el quinto, y me ha tocado a mí escribir el prólogo (alguna vez tenía que pasar). Hay un momento de la edición en la que todo se encadena, el prologuista necesita el título para escribir el prólogo, y la diseñadora necesita el prólogo para montar la portada. Así que se sienta uno y lo escribe. En toda esa cadena nació el pescador de niebla, y su gato, que corre y vive y sueña por los tejados. Mientras, como no, alguien escribe.
Cuando se apagan las últimas ventanas del edificio, el gato se despereza, estira sus rayas y con un par de saltos elegantes se acomoda en los hombros del pescador de niebla. El pescador tiene un sombrero puntiagudo –para esconderse de las luces de las farolas–, y camina con el gato haciendo equilibrismos por las cornisas. En el hombro derecho apoya la caña de pescar, y con la mano libre parece bailar con la niebla.
Todas las noches, cuando el pescador está llenando con niebla la tercera botella, se enciende la ventana del segundo piso. El gato, al instante, se estira para ver mejor lo que ocurre. El pescador frunce la nariz, no le gustan nada las luces imprevistas, y menos en mitad de la jornada nocturna. Y es que, pasada la medianoche, siempre ocurre lo mismo: la chica del segundo enciende la lámpara de su mesa y se sienta a escribir junto a la ventana.
Todos los años editamos el libro de alumnos de la Escuela. Este año el libro se ha titulado "El sueño del gato", es el quinto, y me ha tocado a mí escribir el prólogo (alguna vez tenía que pasar). Hay un momento de la edición en la que todo se encadena, el prologuista necesita el título para escribir el prólogo, y la diseñadora necesita el prólogo para montar la portada. Así que se sienta uno y lo escribe. En toda esa cadena nació el pescador de niebla, y su gato, que corre y vive y sueña por los tejados. Mientras, como no, alguien escribe.
Cuando se apagan las últimas ventanas del edificio, el gato se despereza, estira sus rayas y con un par de saltos elegantes se acomoda en los hombros del pescador de niebla. El pescador tiene un sombrero puntiagudo –para esconderse de las luces de las farolas–, y camina con el gato haciendo equilibrismos por las cornisas. En el hombro derecho apoya la caña de pescar, y con la mano libre parece bailar con la niebla.
Todas las noches, cuando el pescador está llenando con niebla la tercera botella, se enciende la ventana del segundo piso. El gato, al instante, se estira para ver mejor lo que ocurre. El pescador frunce la nariz, no le gustan nada las luces imprevistas, y menos en mitad de la jornada nocturna. Y es que, pasada la medianoche, siempre ocurre lo mismo: la chica del segundo enciende la lámpara de su mesa y se sienta a escribir junto a la ventana.