Hace poco estuve en un concierto curioso, de un tal Mario San Miguel y su gran orquesta del amor. Fui un poco con desconfianza, todo hay que decirlo, los ejércitos del amor así dichos asustan a cualquiera. Pero me la tragué toda (la desconfianza, digo), disfruté mucho y con calma, y me sorprendió su energía. La de todos ellos.
Dejo aquí una de las canciones, una de mis favoritas. Va de peces. Y de océanos. Y de verdades como elefantes. Esos que esperan en el sofá de casa mientras el explorador los busca en la jungla, esos elefantes.
No tiene título, o no he sido capaz de localizarlo.
Y el pez pequeño se quedó algo extrañado y le contestó: "Qué cuentas tronco, si esto es agua... qué dices viejo, si esto es agua. Que yo te estoy preguntando por el océano".
Y se fue extrañado, porque nada le había contado aquel supuesto sabio que tenía las respuestas, y se fue decepcionado, porque nada sacó en claro.
Cuando se iba para casa el pez grande lo escribió con burbujas invisibles esto que ahora canto yo y que el otro no vio porque iba de espaldas: "Deja de buscar, pez pequeño, no hay nada que buscar. Estate tranquilo, abre los ojos, no podrás dejar de verlo. Mira, no podrás dejar de verlo".
Y lo mismo nos pasa a nosotros, que queremos estar mejor, que queremos que nos quieran, que buscamos la felicidad. Me puedes decir, por favor, tú que ya eres mayor, por favor, dónde está... la felicidad, el océano, el famoso océano, el jodido océano.
Está a cada paso, en cada momento, estás en el agua, tú ya estás en ello, estate tranquilo, abre los ojos, no podrás dejar de verlo. Mira ese niño como ríe, mira el poeta como escribe, mira esa otra cómo goza, mira la gente cómo siente.
