Cuando murió Umbral yo había leído poco de él. Sus columnas, sí, de arriba a abajo muchas de ellas. Pero poco más. Así que no pude hacerle un homanaje como sí hizo Nacho. Aquí está. Y empezar a leer todos sus libros.
Algunos nos formamos hace años con sus lecturas y nos ‘topamos’ con sus libros —por entonces hacíamos eso, leíamos a golpes, desnortados por completo—. Nos iniciamos de su mano paternal en los goces prostibularios, nos mostró su particular edén plagado de ninfas bañándose en la alberca —siempre en la alberca o en el pilón, nunca en el prosaísmo de una bañera o en un plato de ducha—, un vergel habitado por sudorosas labriegas plenas de vigorismo y sobreabundancia de carnes, escenas donde con su verga inclemente e inmisericorde profanaba a sirvientas y amas de cría indistintamente.
Su persona y su biografía siempre acompañaron su prosa arrolladora, íntegra hasta el final. Su forma de escribir nunca cambió un ápice, todo lo contrario, se afirmó libro tras libro, como si desde sus veintipocos hubiera tenido una preclara clarividencia. Su devoción a la literatura era un ejemplo de entrega sin condiciones a una causa inexplicable, perdida de antemano. A los escritores de entonces nos hizo comprender que la literatura era para él una necesidad vital. Tragando bilis soporté aquella sátira despiadada al escritor dominguero, de fin de semana, del escritor ‘a tiempo parcial’ con el que me identificaba y me identifico hasta la médula. Escribir a toda costa y a pesar de todo. No hay alternativa, no hay salvación si no es pasando por ese calvario. La felicidad es un espejismo y escribir es lo más cerca que se puede estar de él. Siempre habrá un bocadillo o un enemigo del que echar mano en los tiempos difíciles. ‘Ser sublime’, como decía Baudeliere y él parafraseaba incansablemente, ‘sin interrupción’. Para Umbral resultaba algo fácil, en apariencia casi lógico, ser sublime, me refiero, hacerlo sin interrupción.
Los que le queríamos recordamos sus frecuentes enumeraciones caóticas —las que enervaban a sus señorías y esgrimían sus enconados enemigos—, escombreras retóricas que sembraban el texto de imágenes y sensaciones, de pinceladas que solo observadas desde la distancia, acababan definiendo el fresco total, adquiriendo el sentido y la imagen de conjunto. Un retrato emocional y emocionado de lo que su pluma traspasaba sin concierto alguno. Los que leímos sobrecogidos Mortal y Rosa contemplamos impertérritos su despliegue de medios, la combinación de su barroquismo y la vanguardia más extrema, de la elegancia y la bajeza, de la belleza y la mugre, de la poesía y la prosa, del saber hacer y sobre todo sentimos ese dolor rosa, edulcorado y bilioso que secretaban cada una de sus palabras. Mortal y rosa. Para redimirme de mis delitos de juventud, lo compré hace poco, legalmente, pasando por caja. Incluso entonces volví a llorar con aquellas palabras cuando ya casi nada podía conmoverme, insensibilizado por la madurez. De los fracasos y las pérdidas ya nadie habla, ya nadie los recuerda ni los ensalza como él hizo en ese libro. Nos hemos acostumbrado a oír hablar del Umbral de los premios y los reconocimientos, de sus fines logrados y sus consecuencias gratas. Incluso le vimos estrechar la mano al rey. Hacerse viejo, supongo, tiene sus ventajas, uno olvida pronto, se le perdona casi todo. Son estas épocas de “triunfo” y triunfalismo, de euforia desmedida donde todo comienza por ahí, por el éxito y luego ya veremos. Pero siempre viene el descenso a los infiernos, la terapia del silencio. En Umbral, sin embargo, incluso esos comienzos difíciles supuran un aire de heroísmo tormentoso, (La noche en que llegué al café Gijón, Retrato de un joven malvado) un encanto y un deleite a ratos sospechoso y turbio, tanta precariedad, nos decíamos, no puede ser buena. Libros para llegar a libros. Su admiración inmoderada por Ramón Gómez de la Serna, por Cansinos, Lorca o Inclán nos pusieron frente a sus obras, nos presentaron oficialmente, mira, este es fulanito de tal… (Ramón y las vanguardias, Las palabras de la tribu, Lorca, poeta maldito, Los botines blancos de piqué….), reconocimos el páramo desolado de una ciudad que agoniza, su particular Spleen de Madrid (Nada en el domingo, Madrid, 1940), una capital de dolor suburbial y tiznada de gitanos, escritores penitentes y de bohemios pendencieros (Carnívoro cuchillo), de hombres que solo perciben la mitad del mundo (La belleza convulsa) y compartimos su visión más noctámbula de un Madrid lírico y galdosiano, lleno de tranvías, alucinados y cuerpos gloriosos (Trilogía de Madrid). Incluso sus últimos libros, afectados por una jocosa ironía ya irrenunciable (Historias de amor y Viagra o El socialista sentimental) rezumaban aquel humor acibarado contra la modernidad del triunfalismo, una sátira cáustica a lo que sucede y nadie quiere o nadie parece ver, una reivindicación a la raíz de lo español y el españolismo.
Es verdad. Umbral ha muerto. Los que le queríamos lloraremos su pérdida y echaremos de menos su cabellera blanca y sus columnas semanales, nos despediremos de su voz bronca y autoritaria. Pero nunca de sus palabras. Ellas siguen y seguirán ahí. Ha llegado el momento y la responsabilidad de devolverle todas y cada una de las deudas entonces contraídas.
