Cuando murió Umbral yo había leído poco de él. Sus columnas, sí, de arriba a abajo muchas de ellas. Pero poco más. Así que no pude hacerle un homanaje como sí hizo Nacho. Aquí está. Y empezar a leer todos sus libros.
Los que le queríamos no estamos de luto. Francisco Umbral no ha muerto y nos negamos a creerlo. La muerte de alguien cercano y querido siempre produce este primer efecto, de espejismo y negación, no pasa nada, no sucede nada. En el caso de Umbral esto es cierto o casi cierto, sabemos que su muerte de ayer es insignificante porque nos lega sus más de ochenta libros, sus miles de páginas, sus momentos de vida y sus segundos más brillantes.
Algunos nos formamos hace años con sus lecturas y nos ‘topamos’ con sus libros —por entonces hacíamos eso, leíamos a golpes, desnortados por completo—. Nos iniciamos de su mano paternal en los goces prostibularios, nos mostró su particular edén plagado de ninfas bañándose en la alberca —siempre en la alberca o en el pilón, nunca en el prosaísmo de una bañera o en un plato de ducha—, un vergel habitado por sudorosas labriegas plenas de vigorismo y sobreabundancia de carnes, escenas donde con su verga inclemente e inmisericorde profanaba a sirvientas y amas de cría indistintamente.
Cuando murió Umbral yo había leído poco de él. Sus columnas, sí, de arriba a abajo muchas de ellas. Pero poco más. Así que no pude hacerle un homanaje como sí hizo Nacho. Aquí está. Y empezar a leer todos sus libros.
Los que le queríamos no estamos de luto. Francisco Umbral no ha muerto y nos negamos a creerlo. La muerte de alguien cercano y querido siempre produce este primer efecto, de espejismo y negación, no pasa nada, no sucede nada. En el caso de Umbral esto es cierto o casi cierto, sabemos que su muerte de ayer es insignificante porque nos lega sus más de ochenta libros, sus miles de páginas, sus momentos de vida y sus segundos más brillantes.
Algunos nos formamos hace años con sus lecturas y nos ‘topamos’ con sus libros —por entonces hacíamos eso, leíamos a golpes, desnortados por completo—. Nos iniciamos de su mano paternal en los goces prostibularios, nos mostró su particular edén plagado de ninfas bañándose en la alberca —siempre en la alberca o en el pilón, nunca en el prosaísmo de una bañera o en un plato de ducha—, un vergel habitado por sudorosas labriegas plenas de vigorismo y sobreabundancia de carnes, escenas donde con su verga inclemente e inmisericorde profanaba a sirvientas y amas de cría indistintamente.