Archivos Septiembre 2007



Yo le monté un blog para que ella escribiera historias. Ella me abrió su casa, y me prestó a sus amigos y a su familia para que se me recosiera bien el corazón. A mí me aterroriza conducir, ella condunce un golf oscuro y llega a los pedales con toda la gracia. Le digo mil veces que tiene que volver a Madrid. Ella sabe que tiene aquí un gran pedazo de mundo, pero que el mar es inspirador y tiene fuerza. Yo hace siglos que no cocino lentejas, y ella, de su cocina, saca platos riojanos y parrilladas para todo el mundo.

Yo le monté un blog para que ella escribiera historias. Ella me abrió su casa, y me prestó a sus amigos y a su familia para que se me recosiera bien el corazón. A mí me aterroriza conducir, ella condunce un golf oscuro y llega a los pedales con toda la gracia. Le digo mil veces que tiene que volver a Madrid. Ella sabe que tiene aquí un gran pedazo de mundo, pero que el mar es inspirador y tiene fuerza. Yo hace siglos que no cocino lentejas, y ella, de su cocina, saca platos riojanos y parrilladas para todo el mundo.




No sabes nada del viento, pero lo intuyes. Déjate arrastrar, que te diga donde ir. Escucha con tus manos de pájaro y pinta planetas esféricos en las paredes. Sigue el camino del viento, sin pararte, improvisando, sin hacer caso a nadie más. Y llegarás a un lugar resguardado, con el suelo crujiente de hojas secas de todos los otoños de tu vida. Y reirás, reirás a carcajadas bien fuertes, porque debajo de todo ese montón de tiempo robado hay una niña que dibuja con palabras y renace en los chorros de tinta con los pasos perdidos. Y todo ─todo─ volverá a empezar, porque nunca se había ido.

No sabes nada del viento, pero lo intuyes. Déjate arrastrar, que te diga donde ir. Escucha con tus manos de pájaro y pinta planetas esféricos en las paredes. Sigue el camino del viento, sin pararte, improvisando, sin hacer caso a nadie más. Y llegarás a un lugar resguardado, con el suelo crujiente de hojas secas de todos los otoños de tu vida. Y reirás, reirás a carcajadas bien fuertes, porque debajo de todo ese montón de tiempo robado hay una niña que dibuja con palabras y renace en los chorros de tinta con los pasos perdidos. Y todo ─todo─ volverá a empezar, porque nunca se había ido.


Un buen final de una buena voz en off

Sam Mendes | American Beauty


Ambas cosas son complicadas, más aún si se quieren dar juntas. En American Beauty lo consigue, o al menos se quedan muy cerca.

Supongo que podría estar bastante cabreado con lo que me pasó, pero cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento como si la contemplase toda a la vez, y me abruma, mi corazón se hincha como un globo que está a punto de estallar. Pero recuerdo que debo relajarme y no aferrarme demasiado a ella. Y entonces fluye delante de mí como la lluvia, y no siento otra cosa que gratitud, por cada instante de mi estúpida e insignificante vida.

Ambas cosas son complicadas, más aún si se quieren dar juntas. En American Beauty lo consigue, o al menos se quedan muy cerca.

Supongo que podría estar bastante cabreado con lo que me pasó, pero cuesta seguir enfadado cuando hay tanta belleza en el mundo. A veces siento como si la contemplase toda a la vez, y me abruma, mi corazón se hincha como un globo que está a punto de estallar. Pero recuerdo que debo relajarme y no aferrarme demasiado a ella. Y entonces fluye delante de mí como la lluvia, y no siento otra cosa que gratitud, por cada instante de mi estúpida e insignificante vida.



Mi amigo Javi tiene razón. Esa magia perdida, es la inocencia. Perderla es como dejar de creer en los Reyes Magos. Uno se siente muy maduro, piensa, qué bien, ahora sé que son los padres mientras el resto de mis amigos del cole sigue viviendo en la (feliz) ignorancia. Soy poseedor de un gran secreto. Esto, esto lo sabe poca gente, y los que lo saben, son más felices (y sabios). Uno se siente aplastado también, envidia a esos niños que aún viven en la mentira, envidia su ilusión y las sonrisas con las que rompen el papel de regalo el día seis por la mañana. Uno se siente un poco estúpido, después de todo, con lo bien que se le daba escribir esas cartas con deseos, sacar los zapatos a la ventana y ponerle agua a los camellos.

Mi amigo Javi tiene razón. Esa magia perdida, es la inocencia. Perderla es como dejar de creer en los Reyes Magos. Uno se siente muy maduro, piensa, qué bien, ahora sé que son los padres mientras el resto de mis amigos del cole sigue viviendo en la (feliz) ignorancia. Soy poseedor de un gran secreto. Esto, esto lo sabe poca gente, y los que lo saben, son más felices (y sabios). Uno se siente aplastado también, envidia a esos niños que aún viven en la mentira, envidia su ilusión y las sonrisas con las que rompen el papel de regalo el día seis por la mañana. Uno se siente un poco estúpido, después de todo, con lo bien que se le daba escribir esas cartas con deseos, sacar los zapatos a la ventana y ponerle agua a los camellos.


Umbral no ha muerto

Ignacio Ferrando | Francisco Umbral


Cuando murió Umbral yo había leído poco de él. Sus columnas, sí, de arriba a abajo muchas de ellas. Pero poco más. Así que no pude hacerle un homanaje como sí hizo Nacho. Aquí está. Y empezar a leer todos sus libros.

Los que le queríamos no estamos de luto. Francisco Umbral no ha muerto y nos negamos a creerlo. La muerte de alguien cercano y querido siempre produce este primer efecto, de espejismo y negación, no pasa nada, no sucede nada. En el caso de Umbral esto es cierto o casi cierto, sabemos que su muerte de ayer es insignificante porque nos lega sus más de ochenta libros, sus miles de páginas, sus momentos de vida y sus segundos más brillantes.

Algunos nos formamos hace años con sus lecturas y nos ‘topamos’ con sus libros —por entonces hacíamos eso, leíamos a golpes, desnortados por completo—. Nos iniciamos de su mano paternal en los goces prostibularios, nos mostró su particular edén plagado de ninfas bañándose en la alberca —siempre en la alberca o en el pilón, nunca en el prosaísmo de una bañera o en un plato de ducha—, un vergel habitado por sudorosas labriegas plenas de vigorismo y sobreabundancia de carnes, escenas donde con su verga inclemente e inmisericorde profanaba a sirvientas y amas de cría indistintamente.

Cuando murió Umbral yo había leído poco de él. Sus columnas, sí, de arriba a abajo muchas de ellas. Pero poco más. Así que no pude hacerle un homanaje como sí hizo Nacho. Aquí está. Y empezar a leer todos sus libros.

Los que le queríamos no estamos de luto. Francisco Umbral no ha muerto y nos negamos a creerlo. La muerte de alguien cercano y querido siempre produce este primer efecto, de espejismo y negación, no pasa nada, no sucede nada. En el caso de Umbral esto es cierto o casi cierto, sabemos que su muerte de ayer es insignificante porque nos lega sus más de ochenta libros, sus miles de páginas, sus momentos de vida y sus segundos más brillantes.

Algunos nos formamos hace años con sus lecturas y nos ‘topamos’ con sus libros —por entonces hacíamos eso, leíamos a golpes, desnortados por completo—. Nos iniciamos de su mano paternal en los goces prostibularios, nos mostró su particular edén plagado de ninfas bañándose en la alberca —siempre en la alberca o en el pilón, nunca en el prosaísmo de una bañera o en un plato de ducha—, un vergel habitado por sudorosas labriegas plenas de vigorismo y sobreabundancia de carnes, escenas donde con su verga inclemente e inmisericorde profanaba a sirvientas y amas de cría indistintamente.