Nevada



–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Hacía como cinco años que el viejo indio no hacía una predicción del tiempo. Todos en la mesa dejamos de cenar y con los cubiertos en la mano nos quedamos en silencio, esperando algo más. Todos menos papá, que siguió cortando el filete y rebañando los cachitos con puré. El viejo indio vivía en la habitación libre que teníamos en casa desde siempre, hablaba muy poco, fumaba mucho y pasaba horas en el porche con la vista perdida en el horizonte. Antes de salir hasta el porche, como todas las noches, se había levantado de la mesa para dejar su plato, y nos había dicho que mañana iban a caer diez metros de nieve. Mamá y la tía empezaron a susurrar, decía mamá que se le habían puesto los pelos de punta, y la tía decía que una nevada tan grande sería el fin del mundo.

Papá seguía cortando el filete en cachitos y comiendo el puré, y como los susurros de mamá y la tía eran cada vez más altos, cogió el vaso de vino y con él dio un golpe fuerte en la mesa, derramando unas gotas.

–Basta de estupideces –dijo–. Solo son tonterías del viejo, es imposible que nieve en primavera, y es imposible que caigan diez metros de nieve.

Después de decir esto bebió de un trago lo que quedaba de vino, y siguió con el filete y el puré. Mamá y la tía se callaron, pero estoy seguro que seguían pensando en lo que había dicho el viejo. Todos nos quedamos en silencio un buen rato, hasta que a mí se me ocurrió preguntar cuánto eran diez metros. Papá me contestó.

–Diez metros es lo que mide la casa hasta las ventanas de la buhardilla. La nieve por esta zona no se suele acumular más de un par de centímetros. Y además, hace tres inviernos que ni siquiera nieva.

Papá se levantó de la mesa y se marchó de la cocina. Mamá recogió los platos mientras seguía hablando con la tía del fin del mundo, y yo aproveché para no acabarme el puré y escabullirme al porche con el viejo indio. Como todas las noches, estaba sentado en los escalones fumando en una pipa, dejando un aroma dulzón en el aire. A mí me gustaba mucho ese olor, y quedarme un buen rato en el porche con él, pero mamá nunca me dejaba estar mucho tiempo. Me mandaba pronto a dormir o, a veces, en verano, salía a sentarse con nosotros y me abrazaba. Solo a mí, me sentaba en sus rodillas y me abrazaba. A papá pocas veces lo abrazaba, casi nunca, a pesar de que muchas noches también salía al porche y se fumaba un cigarrillo.

El viejo estaba fumando en los escalones, mirando las montañas a lo lejos, sin moverse casi. La luna llena iluminaba todo lo que veíamos hasta las montañas, y el verde del bosque de pinos se veía con reflejos. Papá tenía razón, era imposible que nevara, en primavera, no hacía nada de frío.

–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Yo lo miré sonriendo, pero él seguía serio, con la mirada perdida, como si estuviera hablando consigo mismo. Me levanté y me puse de puntillas, para mirar mejor el cielo, la luna brillaba como nunca, no había ni siquiera una nube, no soplaba nada de viento. Si esforzaba la vista, podía incluso ver las chimeneas del pueblo, allá abajo. Mamá me llamó desde la ventana de la cocina y tuve que entrar en casa.

–Buenas noches, viejo.

–Mañana, mañana van a caer diez metros de nieve.

No añadió nada más, y corrí a meterme en casa. Mamá y la tía seguían en la cocina, pero estaban hablando de otra cosa, como si se hubieran olvidado del fin del mundo, de la nieve, y el viejo no hubiera dicho nada.

A la mañana siguiente no amaneció, mamá me despertó muy temprano, tan temprano que era de noche. Me dijo que eran las siete de la mañana, pero todo estaba muy oscuro aún y hacía tanto frío como en invierno. Entró en mi cuarto con una vela en la mano, encendida.

–Está nevando –me dijo.

Apoyó la vela en la mesita y abrió el armario, la vela iluminaba el cuarto con luz temblorosa. No añadió nada más, estaba concentrada sacando del armario un jersey de lana para mí, y los pantalones de invierno, la bufanda y los guantes. Mientras sacaba la ropa de los estantes de arriba, me acerqué a la ventana y la abrí, en los cantos de la madera se había acumulado un poco de nieve, cogí un poco con las manos y la probé. Sabía a frío del polo y a montaña. Mamá se acercó a mí con toda la ropa de invierno, estaba muy seria y tenía las manos frías. Bajamos a la cocina a desayunar, la tía estaba echando azúcar al café y papá intentaba encender la chimenea con los pocos troncos que habían sobrado del invierno.

–¿Dónde está el viejo? –pregunté.

–Aún no se ha despertado –me dijo papá, después de mirarme como si no entendiera la pregunta.

Mientras mamá me preparaba el desayuno, aproveché para acercarme a la habitación del viejo indio. No podía creerme que no se hubiera despertado a ver la nieve, no se hubiera perdido algo así. La habitación del viejo está al final del pasillo, por detrás de todas las demás habitaciones de la planta baja. Cuando llegué a la puerta, vi a los dos perros delante, uno tumbado y el otro de pie, vigilando. Golpeé suave con los nudillos y llamé al viejo.

–Viejo, viejo, está nevando.

No contestaba. Abrí un poco la puerta para asomarme, los perros metieron el hocico por el hueco de la puerta y entraron a la habitación. El viejo estaba sentado en una mecedora, muy quieto, delante de la ventana abierta. Los perros corrieron hacia él, y le empezaron a lamer las manos. El viejo no se movía, me acerqué un poco más. Estaba echado hacia atrás, y tenía los ojos abiertos, no respiraba, no se movía. Uno de los perros empezó a ladrarle, el otro, sobre dos patas, le olisqueaba. Yo los aparté, y puse las manos del viejo sobre su regazo, con las palmas hacia arriba. Me asomé a la ventana, hice una pequeña bola con la nieve que se acumulaba en el marco, y se la acomodé en la mano. Después, cerré la ventana.

Mamá vino a buscarme, gritando por el pasillo que el desayuno estaba listo. Cuando entró en la habitación se calló sin acabar la frase y se acercó a donde estábamos muy despacio. Me cogió en brazos y vi que lloraba sin ruidos, en silencio. Le cerró los ojos con suavidad y me llevó a la cocina a desayunar.

Enterramos al viejo en medio de la nevada, debajo de su árbol del bosque. Papá tardó horas en cavar un agujero lo bastante profundo, no dejó que nadie le ayudara y mantuvo alejados a los perros. Mamá esperó a que terminara de cavar sin moverse de allí, tenía los ojos secos y los guantes mojados por la nieve. La tía también estaba, susurrando en voz baja un montón de palabras seguidas. Cuando estuvo lista la tumba, papá levantó al viejo sin ayuda de nadie y lo acomodó dentro. Estaba sudando, a pesar del frío que hacía. Mamá, desde arriba, le echaba flores al viejo, y cantaba una canción, bajito, en un idioma que yo entonces no conocía, mientras papá lo cubría con tierra y con nieve. Cuando papá aplastaba los últimos montones de tierra, mamá dejó de cantar. Entonces paró la nevada y dejó todo el bosque en silencio.