Archivos Mayo 2006



Un poema (antiguo, antiguo) de Bárbara Butragueño

Regresiones psicotrópicas a estados primigenios

Esta mañana
busqué poemas bajo las plantas,
encontré una palabra metálica en el suelo,
besé cada objeto que sentí distante,
le practiqué una operación a corazón abierto a un cocodrilo fosforescente,
me tumbé en el suelo y me diluí en mi carencia,
desde debajo de mí misma me vi sonreír
y supe que hay que aprender a desaprender...

...construí una varita mágica con tres flores,
tomé el té con un jazmín que se llamaba Gertrudis,
salté y me perdí entre mis rastas,
conocí mi rostro y mis dedos -se presentaron amablemente-,
mis brazos crecieron hasta tocar el suelo y le canté al sol,
aprendí que el sabio no habla y que el que habla no es sabio,
susurré a una flor diminuta para que no se asustará, después bailamos durante horas,
aprendí que las palabras son toboganes de colores
y que no siempre llueven chinchetas...

((a veces para crecer hace falta sumergirte en ti mismo))

Un poema (antiguo, antiguo) de Bárbara Butragueño

Regresiones psicotrópicas a estados primigenios

Esta mañana
busqué poemas bajo las plantas,
encontré una palabra metálica en el suelo,
besé cada objeto que sentí distante,
le practiqué una operación a corazón abierto a un cocodrilo fosforescente,
me tumbé en el suelo y me diluí en mi carencia,
desde debajo de mí misma me vi sonreír
y supe que hay que aprender a desaprender...

...construí una varita mágica con tres flores,
tomé el té con un jazmín que se llamaba Gertrudis,
salté y me perdí entre mis rastas,
conocí mi rostro y mis dedos -se presentaron amablemente-,
mis brazos crecieron hasta tocar el suelo y le canté al sol,
aprendí que el sabio no habla y que el que habla no es sabio,
susurré a una flor diminuta para que no se asustará, después bailamos durante horas,
aprendí que las palabras son toboganes de colores
y que no siempre llueven chinchetas...

((a veces para crecer hace falta sumergirte en ti mismo))




–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Hacía como cinco años que el viejo indio no hacía una predicción del tiempo. Todos en la mesa dejamos de cenar y con los cubiertos en la mano nos quedamos en silencio, esperando algo más. Todos menos papá, que siguió cortando el filete y rebañando los cachitos con puré. El viejo indio vivía en la habitación libre que teníamos en casa desde siempre, hablaba muy poco, fumaba mucho y pasaba horas en el porche con la vista perdida en el horizonte. Antes de salir hasta el porche, como todas las noches, se había levantado de la mesa para dejar su plato, y nos había dicho que mañana iban a caer diez metros de nieve. Mamá y la tía empezaron a susurrar, decía mamá que se le habían puesto los pelos de punta, y la tía decía que una nevada tan grande sería el fin del mundo.

–Mañana van a caer diez metros de nieve.

Hacía como cinco años que el viejo indio no hacía una predicción del tiempo. Todos en la mesa dejamos de cenar y con los cubiertos en la mano nos quedamos en silencio, esperando algo más. Todos menos papá, que siguió cortando el filete y rebañando los cachitos con puré. El viejo indio vivía en la habitación libre que teníamos en casa desde siempre, hablaba muy poco, fumaba mucho y pasaba horas en el porche con la vista perdida en el horizonte. Antes de salir hasta el porche, como todas las noches, se había levantado de la mesa para dejar su plato, y nos había dicho que mañana iban a caer diez metros de nieve. Mamá y la tía empezaron a susurrar, decía mamá que se le habían puesto los pelos de punta, y la tía decía que una nevada tan grande sería el fin del mundo.




Supongo que si uno no se muere sobrevive a casi todo. Dicho así suena tonto, ya lo sé, pero hay momentos en los que uno para, piensa, y eso es todo lo que encuentra. Joder, estar aquí, seguir estando. Y encima tiene que alegrarse. Lo cierto es que si algo se puso en marcha, si algo se puso de verdad en movimiento, lo hizo aquella tarde en el Marley. Era sábado y, si había que medirlo por mis sentimientos, el último de mi vida. Aplastado, así me sentía, como si un camión de volquete hubiera dejado caer sobre mí las cajas de una mudanza entera. Todas aquellas cajas y yo allí debajo, hecho papilla, incapaz de moverme, derribado por un dolor tan gigantesco que estaba seguro de que tenía que haberme matado. Pero no estaba muerto, estaba allí, desplomado en uno de los sillones del Marley mientras la cerveza se me calentaba, con un asiento vacío a mi lado.
Supongo que si uno no se muere sobrevive a casi todo. Dicho así suena tonto, ya lo sé, pero hay momentos en los que uno para, piensa, y eso es todo lo que encuentra. Joder, estar aquí, seguir estando. Y encima tiene que alegrarse. Lo cierto es que si algo se puso en marcha, si algo se puso de verdad en movimiento, lo hizo aquella tarde en el Marley. Era sábado y, si había que medirlo por mis sentimientos, el último de mi vida. Aplastado, así me sentía, como si un camión de volquete hubiera dejado caer sobre mí las cajas de una mudanza entera. Todas aquellas cajas y yo allí debajo, hecho papilla, incapaz de moverme, derribado por un dolor tan gigantesco que estaba seguro de que tenía que haberme matado. Pero no estaba muerto, estaba allí, desplomado en uno de los sillones del Marley mientras la cerveza se me calentaba, con un asiento vacío a mi lado.



Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.

Cuando apareció el gallo en casa, papá dejó de guardar sus ilusiones en frasquitos de vidrio de la cocina. Hasta entonces siempre lo había hecho. Mamá guardaba especias en esos mismos frasquitos, y papá, ilusiones. No nos hablaba de sus ilusiones, se limitaba a escribirlas en pequeños trozos de papel blanco para después hacer un rollito con ellas y meterlas dentro de un frasco de vidrio en el armario para especias de la cocina. Porque ambos guardaban sus frasquitos en el mismo lugar, un armario de puerta corrediza. A veces les veía discutir sobre qué frasquitos tenían que colocarse en la primera fila, mamá quería colocar el orégano porque lo usaba mucho, para todos los platos; y papá defendía su ilusión por un mes en Roma, porque le hacían falta unas buenas vacaciones.