¿Quién te ha regalado esos zapatos rojos? Te los regalaron en una caja, una caja elegante con lazos de raso, la abriste con emoción, llena de curiosidad. Llevabas mucho tiempo esperando algo así, no sabías qué era eso que esperabas, solo presentías que en algún momento iba a llegar, y has sabido reconocerlo cuando has abierto la caja elegante con los zapatos rojos. El lazo de raso que la adornaba está perdido en algún rincón de la habitación, tirado por el suelo sin importancia, arrastrado por la brisa que llega desde la ventana que él dejó abierta antes de irse y regalarte unos zapatos rojos.
Dijo que así, con la ventana abierta entraría un poco de sol, que no había suficiente luz y vida en esa habitación. Dijo que los zapatos rojos te darían unas ganas renovadas de andar, de salir de esa casa, de volver a pasear por jardines. Tal vez, algún día –se atrevió a añadir– te darían ganas de volver a bailar. También dijo que te quitarían el miedo, ese miedo de color blanco que no se ha separado de ti en los últimos meses, un miedo tranquilo, estable, el miedo del que ya no tiene razón para vivir. Él te ha regalado unos zapatos rojos y se ha marchado, te ha dejado sola en esa habitación con la ventana abierta y un poco de sol. Tú has sido tan feliz al abrir la caja, al quitar el lazo y tirarlo al suelo, al levantar con delicadeza felina la tapa de la caja. Has sido casi tan feliz como antes al calzarte esos zapatos rojos, brillando bajo la sonrisa de él. Incluso no te ha llegado a intimidar el poco de sol que ha entrado por la ventana abierta. Pero él, después de todo se ha ido, sin comprender, dejándote sola con unos zapatos rojos que te daban ganas de seguirle, de volver a pasear por jardines, ahora a su lado, de andar sus mismos pasos. Pero te has quedado sentada, como siempre -ahora también con tus zapatos rojos- y con ese miedo blanco, que no se ha separado de ti en ningún momento en estos últimos meses.

Balthus: "La falda blanca"
