Archivos Febrero 2006

Los zapatos rojos

Ejercicio de clase.


¿Quién te ha regalado esos zapatos rojos? Te los regalaron en una caja, una caja elegante con lazos de raso, la abriste con emoción, llena de curiosidad. Llevabas mucho tiempo esperando algo así, no sabías qué era eso que esperabas, solo presentías que en algún momento iba a llegar, y has sabido reconocerlo cuando has abierto la caja elegante con los zapatos rojos. El lazo de raso que la adornaba está perdido en algún rincón de la habitación, tirado por el suelo sin importancia, arrastrado por la brisa que llega desde la ventana que él dejó abierta antes de irse y regalarte unos zapatos rojos.

¿Quién te ha regalado esos zapatos rojos? Te los regalaron en una caja, una caja elegante con lazos de raso, la abriste con emoción, llena de curiosidad. Llevabas mucho tiempo esperando algo así, no sabías qué era eso que esperabas, solo presentías que en algún momento iba a llegar, y has sabido reconocerlo cuando has abierto la caja elegante con los zapatos rojos. El lazo de raso que la adornaba está perdido en algún rincón de la habitación, tirado por el suelo sin importancia, arrastrado por la brisa que llega desde la ventana que él dejó abierta antes de irse y regalarte unos zapatos rojos.


de Esperanza Fabregat, Nieve

Publicado en el foro de debate Escritura Creativa de la Escuela de Escritores el 23 de febrero de 2005.


Me he levantado a las seis y media y el silencio era absoluto. Mi hermano dice que se conoce como el silencio de la nieve y tiene que ver con la densidad del aire y la dificultad para propagarse el sonido. Qué más da. La carretera estaba preciosa y el parque del Manzanares tenía pinta de estepa siberiana. Aunque vete a saber cómo será la estepa siberiana, claro. La calle de mi trabajo está cortada al tráfico por obras, así es que no hay coches ni máquinas que limpien y la nieve sigue cayendo mansa. He visto nevar muchas veces porque, aunque madrileña, soy aficionada al esquí. Pero no es lo mismo ver la nieve cuando la esperas, cuando está en su medio natural que verla en las calles de Madrid o de Getafe. La televisión muestra imágenes de Asturias, de Zaragoza, de mil sitios diferentes en los que el silencio de la nieve ha hecho mella.

Me he levantado a las seis y media y el silencio era absoluto. Mi hermano dice que se conoce como el silencio de la nieve y tiene que ver con la densidad del aire y la dificultad para propagarse el sonido. Qué más da. La carretera estaba preciosa y el parque del Manzanares tenía pinta de estepa siberiana. Aunque vete a saber cómo será la estepa siberiana, claro. La calle de mi trabajo está cortada al tráfico por obras, así es que no hay coches ni máquinas que limpien y la nieve sigue cayendo mansa. He visto nevar muchas veces porque, aunque madrileña, soy aficionada al esquí. Pero no es lo mismo ver la nieve cuando la esperas, cuando está en su medio natural que verla en las calles de Madrid o de Getafe. La televisión muestra imágenes de Asturias, de Zaragoza, de mil sitios diferentes en los que el silencio de la nieve ha hecho mella.




Hace dos días limpiaron la explanada de piedra. Entre los cristalitos de vidrio alguien había puesto un carrito de supermercado. Al día siguiente una rueda. A los dos días otro carrito, invertido. Después se sumaron ramas secas, una puerta de un coche verde, dos señales robadas y hasta medio lavabo, verde también, un poco roto.

Hace dos días limpiaron la explanada de piedra. Entre los cristalitos de vidrio alguien había puesto un carrito de supermercado. Al día siguiente una rueda. A los dos días otro carrito, invertido. Después se sumaron ramas secas, una puerta de un coche verde, dos señales robadas y hasta medio lavabo, verde también, un poco roto.




Los espectadores desconocen que alguien se sienta y escribe una película Piensan que los actores se lo inventan sobre la marcha.

Los espectadores desconocen que alguien se sienta y escribe una película Piensan que los actores se lo inventan sobre la marcha.




El chico del sombrero dijo que eran ángeles caídos. A la mañana siguiente pasando por allí con el viento en las orejas yo también vi ángeles caídos. Algunos días me parecen lágrimas robadas, o pepitas brillantes arrastradas por un río del oeste. Otros días, los más, solo me parecen cristalitos de vidrio, y no dejo de preguntarme cómo se han apañado para llegar hasta ahí.

El chico del sombrero dijo que eran ángeles caídos. A la mañana siguiente pasando por allí con el viento en las orejas yo también vi ángeles caídos. Algunos días me parecen lágrimas robadas, o pepitas brillantes arrastradas por un río del oeste. Otros días, los más, solo me parecen cristalitos de vidrio, y no dejo de preguntarme cómo se han apañado para llegar hasta ahí.


de Juan José Millás, La llamada

De "Cuentos a la intemperie".


El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible y colgó.

El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible y colgó.




Para ser feliz hace falta poco más que una botella de plástico vacía, cuatro patas y la correa suelta en un parque lleno de hierba y verano.

Para ser feliz hace falta poco más que una botella de plástico vacía, cuatro patas y la correa suelta en un parque lleno de hierba y verano.




Te reconoceré cuando llegues.

Sólo alguien con las heridas cerradas,
sólo alguien
que ha aullado de dolor mientras las curaba
podrá mirar sin miedo
mis cicatrices

y caminar conmigo en paz.

Te reconoceré cuando llegues.

Sólo alguien con las heridas cerradas,
sólo alguien
que ha aullado de dolor mientras las curaba
podrá mirar sin miedo
mis cicatrices

y caminar conmigo en paz.




Mamá ha vuelto de Argentina. La casa está limpia y las plantas regadas -solo con el agua que les hace falta, ni una gota más. Volvemos a coincidir en los pasillos de la casa. Cuando nos cruzamos aprovechamos para comunicar en voz alta pequeños problemas. Ella dice cosas como: "No encuentro la camisa azul". Yo le contesto otras como: "No tengo conexión a Internet". Y seguimos cada una con lo que estábamos haciendo.

Mamá ha vuelto de Argentina. La casa está limpia y las plantas regadas -solo con el agua que les hace falta, ni una gota más. Volvemos a coincidir en los pasillos de la casa. Cuando nos cruzamos aprovechamos para comunicar en voz alta pequeños problemas. Ella dice cosas como: "No encuentro la camisa azul". Yo le contesto otras como: "No tengo conexión a Internet". Y seguimos cada una con lo que estábamos haciendo.