Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.
Pies descalzos
Los huesos de titanio
Como los sueños
Estamos contentos
La colina verde
La vida de ficción
A cuatro manos, con Javi P, en verano cálido
La sorpresa de la nieve
La habitación de juegos de la infancia
Bajo el océano
Escribir es como bailar
Pájaros
Lo que me gusta de Seda
Pueden pasar quince años
El bosque diminuto
El montaje y los sueños
El vuelo en metal
Esa tal crisis
Un mundo de islas
Describir personajes a través de acciones
Jardín de barro
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