Archivos Noviembre 2005

de Norberto de la Torre, Poemas (Cajón de sastre)

Gracias al autor, ¡por el envío!


Hoy leí el periódico, así supe de la existencia de un hombre que pretendía vender el paraíso a cuatrocientos votos por hectárea; me enteré, también, de dos asesinatos y un suicidio. Leer el periódico me deprime, así que lo dejé sobre la mesa, tomé un par de poemas y los saqué a pasear para que hicieran ejercicio durante un hospitalario atardecer de otoño. Pasear poemas no es un asunto fácil, se debe tener mucho cuidado pues huyen al menor descuido, aprovechan su facilidad para ocultarse. Su mimetismo es tal que pueden pasar por una flor, una puesta de sol, un gato al acecho de una madeja de luz, un destello de luna en la tormenta, incluso por una lágrima que brilla en el bote de basura. Estoy convencido de que los poemas son líquidos y adoptan la forma de la voz que los contiene; pero también los he sentido sólidos como el duro metal de las espadas. Por mi terquedad de sacarlos a pasear se me han perdido muchos, mis libros de poesía están llenos de páginas en blanco. A pesar de todo insisto porque sé que son bestias que no soportan las cadenas y las jaulas. Por eso salgo algunas tardes a pasear poemas, es mejor que se pierdan a que acaben convertidos en una capa de olvido entre las hojas de los libros cerrados.

Hoy leí el periódico, así supe de la existencia de un hombre que pretendía vender el paraíso a cuatrocientos votos por hectárea; me enteré, también, de dos asesinatos y un suicidio. Leer el periódico me deprime, así que lo dejé sobre la mesa, tomé un par de poemas y los saqué a pasear para que hicieran ejercicio durante un hospitalario atardecer de otoño. Pasear poemas no es un asunto fácil, se debe tener mucho cuidado pues huyen al menor descuido, aprovechan su facilidad para ocultarse. Su mimetismo es tal que pueden pasar por una flor, una puesta de sol, un gato al acecho de una madeja de luz, un destello de luna en la tormenta, incluso por una lágrima que brilla en el bote de basura. Estoy convencido de que los poemas son líquidos y adoptan la forma de la voz que los contiene; pero también los he sentido sólidos como el duro metal de las espadas. Por mi terquedad de sacarlos a pasear se me han perdido muchos, mis libros de poesía están llenos de páginas en blanco. A pesar de todo insisto porque sé que son bestias que no soportan las cadenas y las jaulas. Por eso salgo algunas tardes a pasear poemas, es mejor que se pierdan a que acaben convertidos en una capa de olvido entre las hojas de los libros cerrados.




Dos abrigos y una isla de sueño en medio de un mar de gente y murmullos. Un muro estratégico por encima de varias cabezas y rock&roll. Sonrisas contagiosas en un barrio dormido.

Dos abrigos y una isla de sueño en medio de un mar de gente y murmullos. Un muro estratégico por encima de varias cabezas y rock&roll. Sonrisas contagiosas en un barrio dormido.




Ayer llovió en Madrid. El señor Gómez cuando llueve se enfada un poco, no le gustan los atascos de lluvia, no le gustan los charcos (ni pisarlos, ni verlos, ni que los coches pasen rápidos por ellos), no le gusta que sus zapatos y los bajos de los pantalones se encharquen. Cuando era niño al señor Gómez sí que le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos con sus botas de agua azul marino (con dibujos de coches y sirenas). Ahora el señor Gómez cuando llueve se enfada y camina con paraguas, mirando con atención el suelo para no pisar otro charco más. El señor Gómez no tiene jardín. A los jardines les gusta que llueva, y a los tomates, y a los embalses vacíos. El señor Tomás no se acuerda de los embalses ni de las restricciones de agua. Sus hijos tampoco, pero se alegran y les gusta pisar charcos. Cada uno lo celebra a su manera. A nosotros nos gusta encerrarnos en un coche blanco en cualquier calle de Malasaña y hacer dibujos en los cristales, escuchando las gotas cayendo en el capó.

Ayer llovió en Madrid. El señor Gómez cuando llueve se enfada un poco, no le gustan los atascos de lluvia, no le gustan los charcos (ni pisarlos, ni verlos, ni que los coches pasen rápidos por ellos), no le gusta que sus zapatos y los bajos de los pantalones se encharquen. Cuando era niño al señor Gómez sí que le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos con sus botas de agua azul marino (con dibujos de coches y sirenas). Ahora el señor Gómez cuando llueve se enfada y camina con paraguas, mirando con atención el suelo para no pisar otro charco más. El señor Gómez no tiene jardín. A los jardines les gusta que llueva, y a los tomates, y a los embalses vacíos. El señor Tomás no se acuerda de los embalses ni de las restricciones de agua. Sus hijos tampoco, pero se alegran y les gusta pisar charcos. Cada uno lo celebra a su manera. A nosotros nos gusta encerrarnos en un coche blanco en cualquier calle de Malasaña y hacer dibujos en los cristales, escuchando las gotas cayendo en el capó.


de Isabel Cañelles, Prólogo de Nada normal

Publicado en "Nada normal", libro de alumnos (2002) del Taller de Escritura de Madrid. Isabel Cañelles dirige actualmente la Escuela de Escritores, también con sede en Madrid.


No hay cosa en esta vida que más disfrute que toparme con una persona alérgica a los talleres literarios.

El otro día estuve con mi amigo Tomás en una fiesta de periodistas. Todo el mundo sabe que la mayoría de los periodistas escriben poemas y relatos a escondidas, al igual que la mayoría de los críticos, funcionarios, políticos, adolescentes, médicos, cooperantes, camareros, traductores... En realidad, creo que los únicos que no escriben a escondidas son los que lo hacen en público: a saber, los escritores profesionales y los integrantes de los talleres literarios.

De modo que en una conversación con alguien así yo conozco sus actividades secretas (y sus miedos y sus desvelos y sus fantasías de inmortalidad, las mismitas que las mías), pero él no sabe que yo lo sé.

No hay cosa en esta vida que más disfrute que toparme con una persona alérgica a los talleres literarios.

El otro día estuve con mi amigo Tomás en una fiesta de periodistas. Todo el mundo sabe que la mayoría de los periodistas escriben poemas y relatos a escondidas, al igual que la mayoría de los críticos, funcionarios, políticos, adolescentes, médicos, cooperantes, camareros, traductores... En realidad, creo que los únicos que no escriben a escondidas son los que lo hacen en público: a saber, los escritores profesionales y los integrantes de los talleres literarios.

De modo que en una conversación con alguien así yo conozco sus actividades secretas (y sus miedos y sus desvelos y sus fantasías de inmortalidad, las mismitas que las mías), pero él no sabe que yo lo sé.




Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.

Las cosas más importantes de su vida las hacía con los pies descalzos. Con los pies descalzos dio sus primeros pasos. También marcó su primer gol, después de una carrera tan intensa por el campo que le llevó a perder sus zapatillas. Y a partir de ahí, todo lo demás lo hizo con los pies descalzos. El primer beso (con los pies fríos), la primera maratón en la que salió ganador, la primera entrevista de trabajo (tuvo mucha suerte), su boda, el nacimiento de sus hijos. Se defendía diciendo que le gustaba estar en contacto con la tierra, o al menos, con el suelo, fuera de madera, de baldosas o de asfalto, que así sentía mejor las cosas, por todos los poros. Cuando murió, le enterraron con zapatos de cordones, unos zapatos elegantes. Ni su mujer ni sus hijos se los quitaron. El más pequeño de los nietos preguntó por qué enterraban con zapatos a un abuelo que iba siempre descalzo. Y con calcetines gordos -añadió la abuela- para que no pueda sentir el frío de ese ataúd.


de Jere (hombre viento)

Leído en Graff Nation (número 1), publicada en mayo, 2005.


No se tomen nada en serio.

disfruten.. gasten solo lo necesario y relájense.. no hace falta que
lean más si esto no les agrada..
lo comprendo.. si yo no fuera yo.. no me gustaría.
no me aguantaría.
yo sé hacer alguna cosa.. cuando las primaveras vienen...
el resto del año inverno en una cueva entre músicas, libros y revistas
de extraterrestres...

las cosas que hago son.
a secas.
no pretendo nada más.
solo ser.. y poder crear cosas que sean, por sí mismas.

No se tomen nada en serio.

disfruten.. gasten solo lo necesario y relájense.. no hace falta que
lean más si esto no les agrada..
lo comprendo.. si yo no fuera yo.. no me gustaría.
no me aguantaría.
yo sé hacer alguna cosa.. cuando las primaveras vienen...
el resto del año inverno en una cueva entre músicas, libros y revistas
de extraterrestres...

las cosas que hago son.
a secas.
no pretendo nada más.
solo ser.. y poder crear cosas que sean, por sí mismas.




Un perro Alaska tumbado en un suelo de parqué con calefacción. Plantas por las paredes, por el techo. Un espejo al fondo, que duplica al perro y al parqué. Un sillón de peluquero. En el escaparate más plantas, piedras de río, caracolas, y flotando, peces voladores a varias alturas. El perro abre los ojos cuando pasas, sin levantarse.

Un perro Alaska tumbado en un suelo de parqué con calefacción. Plantas por las paredes, por el techo. Un espejo al fondo, que duplica al perro y al parqué. Un sillón de peluquero. En el escaparate más plantas, piedras de río, caracolas, y flotando, peces voladores a varias alturas. El perro abre los ojos cuando pasas, sin levantarse.


de Lara López, Una tarde con Ángel González

Publicado en el foro de distribución de Escritura Creativa de la Escuela de Escritores, el 7 de junio de 2002.


¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?

Ángel González

La vida no vale nada y quizá sea por eso por lo que me siento tan triste, así, esperando encontrar una palabra que explique, un hilo que conduzca, un susurro que alumbre. Una vez esperé toda una tarde a que llegara Javier. Me duché, me peiné, me puse una crema que olía a jazmín (como olía la plaza del centro de Sevilla en junio del año pasado y Manuel me regaló La herencia de Ezther de Sandor Marai). Me puse la crema seis o siete veces. Salí al balcón unas quince o veinte. Me quedé a vivir en el balcón con el bote de crema y sin ganas de vivir. Otra vez, escribí una vida nueva para mí, suponiendo que así Daniel me amaría de otra manera. Y amó a la otra que era yo pero sólo en parte, porque me había inventado una yo que no era y también porque me había quedado en el balcón, sin Javier y sin Jorge y sin los amores que dejé en el portal de mi casa en Ezequiel Solana o en el patio del colegio México o en las calles de Morata, o en los lugares que recorrió mi adolescencia como si fuéramos eternos (I want to live forever).

¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?

Ángel González

La vida no vale nada y quizá sea por eso por lo que me siento tan triste, así, esperando encontrar una palabra que explique, un hilo que conduzca, un susurro que alumbre. Una vez esperé toda una tarde a que llegara Javier. Me duché, me peiné, me puse una crema que olía a jazmín (como olía la plaza del centro de Sevilla en junio del año pasado y Manuel me regaló La herencia de Ezther de Sandor Marai). Me puse la crema seis o siete veces. Salí al balcón unas quince o veinte. Me quedé a vivir en el balcón con el bote de crema y sin ganas de vivir. Otra vez, escribí una vida nueva para mí, suponiendo que así Daniel me amaría de otra manera. Y amó a la otra que era yo pero sólo en parte, porque me había inventado una yo que no era y también porque me había quedado en el balcón, sin Javier y sin Jorge y sin los amores que dejé en el portal de mi casa en Ezequiel Solana o en el patio del colegio México o en las calles de Morata, o en los lugares que recorrió mi adolescencia como si fuéramos eternos (I want to live forever).




La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes... Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.

La mayor afición de Tomás consistía en inventar islas. Cada semana inventaba una, a veces incluso una cada día. Era tan grande su afición a inventar islas que nunca se dedicó a otra cosa. Sabía que era el único profesional en todo el sector, y muy bueno en lo que hacía. Cuidaba todos los detalles: localización, características del suelo, meteorología, número de leopardos o caracoles por metro cuadrado, tallas y color de ojos de los habitantes... Sobre todo cuidaba el nombre, defendía la idea que siempre existía un nombre perfecto para cada isla, que solamente había que encontrarlo. Se comparaba a sí mismo con los grandes escultores, que ven la forma del caballo galopando antes incluso se tocar el bloque de piedra, que la sienten allí dentro de alguna forma.




Estamos totalmente confundidos y lo sabemos; de hecho, estamos tan confundidos que a veces ni siquiera nos damos cuenta. Sea como sea, estamos confundidos. Y si intentamos culpar a alguien de nuestra confusión, sólo conseguiremos perpetuarla, porque ese intento nos aleja de la práctica; impide que el aprendizaje de la meditación se convierta en una verdadera disciplina y nos distancia de él.

Dicho en dos palabras: nadie nos ha jodido la existencia. Es verdad. Lo único que a uno le jode la existencia es sentir que alguien le ha hecho una mala jugada, o incluso que uno mismo se la ha hecho. Y a propósito, quisiera agregar que uno no existe. El yo ni siquiera existe. No existe en absoluto. De modo que nadie se la está jugando a uno, porque uno ni siquiera existe. El yo no es más que un mito, una verdad mítica. Entendiendo esa verdad mítica, podemos practicar la meditación, podemos sentarnos en el nivel del mito de la libertad. Tal vez la estrella de Belén sea un mito, pero aunque así sea, ya la hemos visto, hemos tenido una experiencia.

Estamos totalmente confundidos y lo sabemos; de hecho, estamos tan confundidos que a veces ni siquiera nos damos cuenta. Sea como sea, estamos confundidos. Y si intentamos culpar a alguien de nuestra confusión, sólo conseguiremos perpetuarla, porque ese intento nos aleja de la práctica; impide que el aprendizaje de la meditación se convierta en una verdadera disciplina y nos distancia de él.

Dicho en dos palabras: nadie nos ha jodido la existencia. Es verdad. Lo único que a uno le jode la existencia es sentir que alguien le ha hecho una mala jugada, o incluso que uno mismo se la ha hecho. Y a propósito, quisiera agregar que uno no existe. El yo ni siquiera existe. No existe en absoluto. De modo que nadie se la está jugando a uno, porque uno ni siquiera existe. El yo no es más que un mito, una verdad mítica. Entendiendo esa verdad mítica, podemos practicar la meditación, podemos sentarnos en el nivel del mito de la libertad. Tal vez la estrella de Belén sea un mito, pero aunque así sea, ya la hemos visto, hemos tenido una experiencia.




Un hombre de mediana edad está sentado en la cabecera de una mesa enorme, de madera, en un salón de muchos metros cuadrados. El salón está decorado con muebles antiguos, cuadros realistas, todo muy barroco y lujoso a la vez. En el centro de la mesa hay dos candelabros, el resto de la mesa está vacía, a excepción de una copa de vino que aún no ha probado. Todas las sillas están en su sitio correspondiente, pero todas vacías, como si nadie las hubiera movido en años. Un mayordomo llama a la puerta y entra con la cena, le sirve al hombre una sopa sin decir una palabra. Se marcha, dejando la puerta abierta. El hombre sopla la sopa porque está muy caliente, la remueve con la cuchara. De fondo se oye abrirse la puerta de la cocina, y después unas risas y voces que vienen desde ahí, de la cena de las cocineras, el mayordomo y demás servicio. Se oye cerrarse la puerta de la cocina.

Un hombre de mediana edad está sentado en la cabecera de una mesa enorme, de madera, en un salón de muchos metros cuadrados. El salón está decorado con muebles antiguos, cuadros realistas, todo muy barroco y lujoso a la vez. En el centro de la mesa hay dos candelabros, el resto de la mesa está vacía, a excepción de una copa de vino que aún no ha probado. Todas las sillas están en su sitio correspondiente, pero todas vacías, como si nadie las hubiera movido en años. Un mayordomo llama a la puerta y entra con la cena, le sirve al hombre una sopa sin decir una palabra. Se marcha, dejando la puerta abierta. El hombre sopla la sopa porque está muy caliente, la remueve con la cuchara. De fondo se oye abrirse la puerta de la cocina, y después unas risas y voces que vienen desde ahí, de la cena de las cocineras, el mayordomo y demás servicio. Se oye cerrarse la puerta de la cocina.




Ocurre que la realidad es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame soñar", se debería decir: "déjame mirar". Juega uno a vivir.

Ocurre que la realidad es superior a los sueños. En vez de pedir "déjame soñar", se debería decir: "déjame mirar". Juega uno a vivir.




Un hombre vestido de traje camina en una calle peatonal llena de gente. Va a contracorriente de todo el mundo, y a veces se choca con algunos, le llevan por delante con bolsas y maletines. Ninguno de los que le choca le pide disculpas, todos caminan muy rápido. Se pone a llover. Todos los que rodean al hombre sacan paraguas y los abren. El hombre queda rodeado de una multitud de paraguas a contracorriente, y cada vez llueve más fuerte.

Un hombre vestido de traje camina en una calle peatonal llena de gente. Va a contracorriente de todo el mundo, y a veces se choca con algunos, le llevan por delante con bolsas y maletines. Ninguno de los que le choca le pide disculpas, todos caminan muy rápido. Se pone a llover. Todos los que rodean al hombre sacan paraguas y los abren. El hombre queda rodeado de una multitud de paraguas a contracorriente, y cada vez llueve más fuerte.




Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer diubjos. Entonces, un día, comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagerlarse.

Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar claqué y hacer diubjos. Entonces, un día, comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagerlarse.




Un hombre vestido de payaso está de pie en un taburete bajo en el centro de una calle peatonal. El maquillaje de su cara es de un blanco sucio, y un rojo muy llamativo. El maquillaje está un poco arruinado, como si se hubiera mojado la cara. Viste mucha ropa de abrigo, ropa de payaso, pero deteriorada, muy vieja. En la mano tiene una pandereta, que toca sin ritmo, muy lento. A los pies del taburete descansa una gorra boca arriba, sin ninguna moneda dentro. Está cantando un villancico clásico acompañado por la pandereta. El ritmo es muy lento y monótono. Por los dos lados del payaso pasa gente en las dos direcciones, cargadas de bolsas. La gente viste ropa de verano y gafas de sol. Pasan rápido cerca del payaso, que sigue cantando su villancico. A espaldas del payaso, una niña pequeña se para un momento, le señala con el dedo. Su madre rápidamente la coge en brazos y se aleja con ella.

Un hombre vestido de payaso está de pie en un taburete bajo en el centro de una calle peatonal. El maquillaje de su cara es de un blanco sucio, y un rojo muy llamativo. El maquillaje está un poco arruinado, como si se hubiera mojado la cara. Viste mucha ropa de abrigo, ropa de payaso, pero deteriorada, muy vieja. En la mano tiene una pandereta, que toca sin ritmo, muy lento. A los pies del taburete descansa una gorra boca arriba, sin ninguna moneda dentro. Está cantando un villancico clásico acompañado por la pandereta. El ritmo es muy lento y monótono. Por los dos lados del payaso pasa gente en las dos direcciones, cargadas de bolsas. La gente viste ropa de verano y gafas de sol. Pasan rápido cerca del payaso, que sigue cantando su villancico. A espaldas del payaso, una niña pequeña se para un momento, le señala con el dedo. Su madre rápidamente la coge en brazos y se aleja con ella.