Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.
Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.
Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.
Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.
Sigue leyendo... de Félix J. Palma, El hombre tras la cortina
