Archivos Octubre 2005

de Félix J. Palma, El hombre tras la cortina

Incluido en el libro Las interioridades, Ed. Castalia, 2002. Gracias, Nacho :-)


Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.

Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.

Me enamoré de Marta al oírla asegurar en una de nuestras primeras citas que ella jamás había experimentado esa sensación tan conocida de entrar por primera vez en un lugar y sentir que ya había estado allí antes.

Recuerdo que subrayó el carácter insólito de la confidencia con un gesto de la mano que acabó por derramar su taza de café sobre el velador, y yo la contemplé repentinamente hechizado, mientras ella intentaba reparar el estropicio ensopando servilletas en el charco pardusco que se extendía entre nosotros.




No hagas que tus personajes interrumpan una conversación para encender un cigarrillo y dar la primera calada. Puede dar información acerca del carisma del personaje, pero a base de robársela al director.

Si tus personajes se enfrentan en un duelo, no uses el tema principal de El bueno, el feo y el malo. Tampoco parodies el estilo de Leone. Ya es suficiente.

Si hay un striptease femenino, no uses el tema de Joe Cocker You can leave your hat on, si hay uno masculino, no hagas referencias a Full Monty.

Que alguno de tus personajes sea cinéfilo es bastante peliagudo. Si lo es, nada de decorar su casa con posters de Manhattan, Taxi Driver o La Naranja Mecánica.

No hagas que tus personajes interrumpan una conversación para encender un cigarrillo y dar la primera calada. Puede dar información acerca del carisma del personaje, pero a base de robársela al director.

Si tus personajes se enfrentan en un duelo, no uses el tema principal de El bueno, el feo y el malo. Tampoco parodies el estilo de Leone. Ya es suficiente.

Si hay un striptease femenino, no uses el tema de Joe Cocker You can leave your hat on, si hay uno masculino, no hagas referencias a Full Monty.

Que alguno de tus personajes sea cinéfilo es bastante peliagudo. Si lo es, nada de decorar su casa con posters de Manhattan, Taxi Driver o La Naranja Mecánica.




Hoy he leído una carta que me llegó hace cinco años. En su día lo único que entendí fue la fecha -20 de abril del 2000- y el remitente, mi amiga Tian Meng, de Dagang. La abrí expectante -no se reciben cartas de China todos los días- y me llevé una sorpresa. Sus dos cartas anteriores estaban escritas en inglés, y eran fáciles de entender. Pero esta, estaba escrita en chino, del todo. Y era bonita, era preciosa, un montón de ideogramas pintados con rotulador negros, pequeños como chispas, uno detrás de otro. Cinco folios de dibujos precisos, parecían vivos. Pasé un buen rato mirando su letra china, casi hasta el punto de empezar a darle un sentido. Me pareció increíble que alguien fuera capaz de llenar cinco folios con esa letra. Noté que hacia el final de la carta las letras se iban desmejorando, siendo más desgarbadas, seguramente había ya pillado carrerilla en el discurso y escribía cada vez más rápido. Pasa cuando cuentas algo auténtico, no puedes parar.

Hoy he leído una carta que me llegó hace cinco años. En su día lo único que entendí fue la fecha -20 de abril del 2000- y el remitente, mi amiga Tian Meng, de Dagang. La abrí expectante -no se reciben cartas de China todos los días- y me llevé una sorpresa. Sus dos cartas anteriores estaban escritas en inglés, y eran fáciles de entender. Pero esta, estaba escrita en chino, del todo. Y era bonita, era preciosa, un montón de ideogramas pintados con rotulador negros, pequeños como chispas, uno detrás de otro. Cinco folios de dibujos precisos, parecían vivos. Pasé un buen rato mirando su letra china, casi hasta el punto de empezar a darle un sentido. Me pareció increíble que alguien fuera capaz de llenar cinco folios con esa letra. Noté que hacia el final de la carta las letras se iban desmejorando, siendo más desgarbadas, seguramente había ya pillado carrerilla en el discurso y escribía cada vez más rápido. Pasa cuando cuentas algo auténtico, no puedes parar.




Me llamo Frank Bascombe y soy periodista deportivo. Durante los últimos catorce años he vivido aquí, en el número 19 de Hoving Road, Haddam, Nueva Jersey, en una gran casa estilo Tudor que compré cuando le vendí un libro de relatos a un productor de cine por un montón de dinero, y parecía que mi mujer y yo, así como nuestros tres hijos -dos de los cuales aún no habían nacido-, podríamos empezar a vivir mejor.

No sabría decides exactamente en qué iba a consistir la mejoría que yo esperaba, y con esto no quiero decir que no llegase, pero desde entonces han pasado muchas cosas. Por ejemplo, ya no estoy casado con X. El hijo que teníamos cuando todo empezó ha muerto, aunque, como he dicho, hay otros dos y son unos niños maravillosos.

Me llamo Frank Bascombe y soy periodista deportivo. Durante los últimos catorce años he vivido aquí, en el número 19 de Hoving Road, Haddam, Nueva Jersey, en una gran casa estilo Tudor que compré cuando le vendí un libro de relatos a un productor de cine por un montón de dinero, y parecía que mi mujer y yo, así como nuestros tres hijos -dos de los cuales aún no habían nacido-, podríamos empezar a vivir mejor.

No sabría decides exactamente en qué iba a consistir la mejoría que yo esperaba, y con esto no quiero decir que no llegase, pero desde entonces han pasado muchas cosas. Por ejemplo, ya no estoy casado con X. El hijo que teníamos cuando todo empezó ha muerto, aunque, como he dicho, hay otros dos y son unos niños maravillosos.




Gozar fuera del sentido es lo más parecido que hay a decir lo que uno quiere.

Gozar fuera del sentido es lo más parecido que hay a decir lo que uno quiere.




Los mejores higos están en las ramas más altas del árbol. Los higos maduros son casi de color amarillo, están casi blanditos, y casi a punto de caer. Hay que trepar para llegar hasta ellos, y desde ahí arriba tirárselos con cuidado, de dos en dos, a los amigos que se han quedado abajo y los están recogiendo, en una cesta de mimbre. La vuelta a casa con la cesta de mimbre, cargada entre dos manos -porque pesa, una cesta cargada de higos pesa- se hace despacio, y con un tono de brillo dentro, como si recolectar higos fuera algo que pudieras hacer el resto de tu vida.

Los mejores higos están en las ramas más altas del árbol. Los higos maduros son casi de color amarillo, están casi blanditos, y casi a punto de caer. Hay que trepar para llegar hasta ellos, y desde ahí arriba tirárselos con cuidado, de dos en dos, a los amigos que se han quedado abajo y los están recogiendo, en una cesta de mimbre. La vuelta a casa con la cesta de mimbre, cargada entre dos manos -porque pesa, una cesta cargada de higos pesa- se hace despacio, y con un tono de brillo dentro, como si recolectar higos fuera algo que pudieras hacer el resto de tu vida.


de Dino Buzzatti, Los siete mensajeros

Publicando en Alianza Editorial (libros de bolsillo), de Dino Buzzatti: "Los siete mensajeros y otros cuentos".


Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas. Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, Veía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera. Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que, por más que avance, nunca podré llegar a su fin.

Partí a explorar el reino de mi padre, pero día a día me alejo más de la ciudad y las noticias que me llegan se hacen cada vez más escasas. Comencé el viaje apenas cumplidos los treinta años y ya más de ocho han pasado, exactamente ocho años, seis meses y quince días de ininterrumpida marcha. Cuando partí, Veía que en pocas semanas alcanzaría con facilidad los confines del reino; sin embargo, no he cesado de encontrar nuevas gentes y pueblos, y en todas partes hombres que hablaban mi misma lengua, que decían ser súbditos míos. A veces pienso que la brújula de mi geógrafo se ha vuelto loca y que, creyendo ir siempre hacia el mediodía, en realidad quizá estemos dando vueltas en torno a nosotros mismos, sin aumentar nunca la distancia que nos separa de la capital; esto podría explicar por qué todavía no hemos alcanzado la última frontera. Más a menudo, sin embargo, me atormenta la duda de que este confín no exista, de que el reino se extienda sin límite alguno y de que, por más que avance, nunca podré llegar a su fin.




Las ciruelas, cuando están muy maduras, se caen del árbol por su propio peso. A mediados de septiembre hay tantas que los pájaros ya se han cansado de picotearlas, así que llenan el suelo y las ramas. Son dulces y están calientes por el sol. Si meneas con fuerza el árbol, las ciruelas te caen en la cabeza, llueven con ritmo y en pequeños grupos. Algunas están tan a punto que les salen gotas de néctar y azúcar que atraen a las moscas. Otras -las del suelo- llevan ahí el tiempo justo llenándose del sol y tranquilidad que necesitan para convertirse en ciruelas pasas. También están dulces las ciruelas pasas. Hay tantas ciruelas en el suelo que muchas permanecen intactas, sin hormigas, sin pájaros. Son dulces, como septiembre.

Las ciruelas, cuando están muy maduras, se caen del árbol por su propio peso. A mediados de septiembre hay tantas que los pájaros ya se han cansado de picotearlas, así que llenan el suelo y las ramas. Son dulces y están calientes por el sol. Si meneas con fuerza el árbol, las ciruelas te caen en la cabeza, llueven con ritmo y en pequeños grupos. Algunas están tan a punto que les salen gotas de néctar y azúcar que atraen a las moscas. Otras -las del suelo- llevan ahí el tiempo justo llenándose del sol y tranquilidad que necesitan para convertirse en ciruelas pasas. También están dulces las ciruelas pasas. Hay tantas ciruelas en el suelo que muchas permanecen intactas, sin hormigas, sin pájaros. Son dulces, como septiembre.