Archivos Septiembre 2005

de Robert L. Stevenson, La isla del tesoro

Del principio de "La isla del tesoro": "Para el comprador indeciso".


Si los cuentos marineros al son de marinos cantos, de tormentas y aventuras, frío, calor, galeones, de tesoros enterrados, islas desiertas, naufragios, si historias de bucaneros, combates por mar y tierra, y todos los cuentos viejos narrados una vez más del mismo modo que antes, conforme a la vieja usanza, a los muchachos de hoy, más sensatos y juiciosos, pueden gustar como antaño a mí tanto me gustaron: ¡bien está!, ¡aquí lo tenéis! Pero si, contrariamente, la estudiosa juventud ha perdido ya el afán de gozar con las hazañas del valiente Ballantyne, o de Kingston, o de Cooper, en las selvas y en los mares: ¡bien está!, ¡sea así, repito! Y ahora sólo deseo que pueda yo compartir la tumba dónde reposan: ellos con sus creaciones, yo con todos mis piratas.

Si los cuentos marineros al son de marinos cantos, de tormentas y aventuras, frío, calor, galeones, de tesoros enterrados, islas desiertas, naufragios, si historias de bucaneros, combates por mar y tierra, y todos los cuentos viejos narrados una vez más del mismo modo que antes, conforme a la vieja usanza, a los muchachos de hoy, más sensatos y juiciosos, pueden gustar como antaño a mí tanto me gustaron: ¡bien está!, ¡aquí lo tenéis! Pero si, contrariamente, la estudiosa juventud ha perdido ya el afán de gozar con las hazañas del valiente Ballantyne, o de Kingston, o de Cooper, en las selvas y en los mares: ¡bien está!, ¡sea así, repito! Y ahora sólo deseo que pueda yo compartir la tumba dónde reposan: ellos con sus creaciones, yo con todos mis piratas.




El hombre que solo escuchaba música clásica tenía un nombre corto, pero llevaba tantas consonantes que nadie en el edificio era capaz de pronunciarlo. Le conocían por ese mote, y todos pensaban que era un tipo extraño, loco del todo. Tocaba el piano, sí, y el violín, también la tuba. No solía hablar mucho, y cuando lo hacía solamente podía pronunciar notas musicales. Era incapaz de pronunciar otra cosa. No se molestaba en decir nada que no incluyera alguna de las siete notas; aunque de vez en cuando -en ocasiones especiales- le salían palabras del tipo stacatto, crescendo o arpegio. Cuando era niño alguna vez soñó con ser director de orquesta, pero su incapacidad de comunicación verbal no le dejaron aprender todo lo que hacía falta. De las ventanas de su apartamento salían sinfonías y cantatas de todo volumen. Cambiaba de gustos según la estación del año, no podía sobrevivir un otoño sin los nocturnos de Chopin y esas piezas sencillas para piano de Shumman.

El hombre que solo escuchaba música clásica tenía un nombre corto, pero llevaba tantas consonantes que nadie en el edificio era capaz de pronunciarlo. Le conocían por ese mote, y todos pensaban que era un tipo extraño, loco del todo. Tocaba el piano, sí, y el violín, también la tuba. No solía hablar mucho, y cuando lo hacía solamente podía pronunciar notas musicales. Era incapaz de pronunciar otra cosa. No se molestaba en decir nada que no incluyera alguna de las siete notas; aunque de vez en cuando -en ocasiones especiales- le salían palabras del tipo stacatto, crescendo o arpegio. Cuando era niño alguna vez soñó con ser director de orquesta, pero su incapacidad de comunicación verbal no le dejaron aprender todo lo que hacía falta. De las ventanas de su apartamento salían sinfonías y cantatas de todo volumen. Cambiaba de gustos según la estación del año, no podía sobrevivir un otoño sin los nocturnos de Chopin y esas piezas sencillas para piano de Shumman.


de Bernardo Atxaga, Para escribir un cuento en cinco minutos

Atxaga construye este microcuento en el interior de un texto más largo titulado "Para escribir un cuento en cinco minutos", que a su vez es uno de los 26 relatos de que compone "Obabakoak".


Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga -además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente- un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa.

Para escribir un cuento en sólo cinco minutos es necesario que consiga -además de la tradicional pluma y del papel blanco, naturalmente- un diminuto reloj de arena, el cual le dará cumplida información tanto del paso del tiempo como de la vanidad e inutilidad de las cosas de esta vida; del concreto esfuerzo, por ende, que en ese instante está usted realizando. No se le ocurra ponerse delante de una de esas monótonas y monocolores paredes modernas, de ninguna manera; que su mirada se pierda en ese paisaje abierto que se extiende más allá de su ventana, en ese cielo donde las gaviotas y otras aves de mediano peso van dibujando la geometría de su satisfacción voladora. Es también necesario, aunque en un grado menor, que escuche música, cualquier canción de texto incomprensible para usted; una canción, por ejemplo, rusa.




Un cuenco de agua para beber, otro para lavarse. Flores pequeñas, como de azúcar, amarillas y rosas, plantadas en arroz. Palitos de incienso, cinco, sujetos también en granos de arroz. Una vela, encendida. Un cuenco con agua perfumada. Una pera, amarilla, en otro cuenco. Un último cuenco con la música de una caracola. Las bendiciones de todos los maestros.

Un cuenco de agua para beber, otro para lavarse. Flores pequeñas, como de azúcar, amarillas y rosas, plantadas en arroz. Palitos de incienso, cinco, sujetos también en granos de arroz. Una vela, encendida. Un cuenco con agua perfumada. Una pera, amarilla, en otro cuenco. Un último cuenco con la música de una caracola. Las bendiciones de todos los maestros.




Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdómen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas,mareas, maremotos, administrador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, mal educado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador en mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegadoen la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.

Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz, mínimo de ojos, escaso de pelos en la cabeza, creciente de abdómen, largo de piernas, ancho de suelas, amarillo de tez, generoso de amores, imposible de cálculos, confuso de palabras, tierno de manos, lento de andar, inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas,mareas, maremotos, administrador de escarabajos, caminante de arenas, torpe de instituciones, chileno a perpetuidad, amigo de mis amigos, mudo de enemigos, entrometido entre pájaros, mal educado en casa, tímido en los salones, arrepentido sin objeto, horrendo administrador, navegante de boca y yerbatero de la tinta, discreto entre los animales, afortunado de nubarrones, investigador en mercados, oscuro en las bibliotecas, melancólico en las cordilleras, incansable en los bosques, lentísimo de contestaciones, ocurrente años después, vulgar durante todo el año, resplandeciente con mi cuaderno, monumental de apetito, tigre para dormir, sosegadoen la alegría, inspector del cielo nocturno, trabajador invisible, desordenado, persistente, valiente por necesidad, cobarde sin pecado, soñoliento de vocación, amable de mujeres, activo por padecimiento, poeta por maldición y tonto de capirote.


Dragón con escamas de piedra

Paraje del canto a la pasión, Orihuela. Septiembre, 2005.


Vimos hierba despeinada saliendo con discreción entre baldosa y baldosa. Baldosas de piedra gris. Parecía un dragón de piedra, con pelaje verde entre las escamas, ondeando al viento. Dormía. Lo fotografiamos, para acordarnos de volver algún día.


de Monterroso, Dejar de escribir

Apunte de 1983: "Dejar de escribir", en "La letra e". Monterroso.


Más interesante me parece el otro cuestionamiento: ¿Qué hace que uno deje de pronto y para siempre de escribir, de pintar o de componer música? A esto contesté pronto y sin vacilaciones y razonada y claramente, como siempre lo hace uno cuando responde a una pregunta cuya respuesta no existe.

Más interesante me parece el otro cuestionamiento: ¿Qué hace que uno deje de pronto y para siempre de escribir, de pintar o de componer música? A esto contesté pronto y sin vacilaciones y razonada y claramente, como siempre lo hace uno cuando responde a una pregunta cuya respuesta no existe.




Solían decir que nuestro árbol del parque, un nogal de tronco arrugado, muy viejo, tenía el tronco tan inclinado -tan cerca del suelo- porque le gustaban los niños -decían-, adoraba que se le subieran encima para hacer equilibrios en su tronco. Nuestro nogal tenía la inclinación perfecta para que un niño de medio metro de alto pudiera subir saltando apenas un poco. Pasamos muchos veranos en ese tronco, entre las ramas más altas, era entre galeón hundido y barco pirata, a veces solamente casa del árbol, e incluso llegó a ser una guarida de la selva. Los últimos veranos la pandilla se hizo más nocturna, pero no dejábamos de citarnos allí, no había necesidad de quedar con nadie, después de cenar todos nos veíamos en el nogal. El verano pasado no pude venir. Este verano el nogal ya no está, ahora hay una explanada muy grande justo donde crecía. Van a construir una urbanización -dice el cartel- con muchas viviendas unifamiliares y zonas ajardinadas. Zonas ajardinadas, eso dice.

Solían decir que nuestro árbol del parque, un nogal de tronco arrugado, muy viejo, tenía el tronco tan inclinado -tan cerca del suelo- porque le gustaban los niños -decían-, adoraba que se le subieran encima para hacer equilibrios en su tronco. Nuestro nogal tenía la inclinación perfecta para que un niño de medio metro de alto pudiera subir saltando apenas un poco. Pasamos muchos veranos en ese tronco, entre las ramas más altas, era entre galeón hundido y barco pirata, a veces solamente casa del árbol, e incluso llegó a ser una guarida de la selva. Los últimos veranos la pandilla se hizo más nocturna, pero no dejábamos de citarnos allí, no había necesidad de quedar con nadie, después de cenar todos nos veíamos en el nogal. El verano pasado no pude venir. Este verano el nogal ya no está, ahora hay una explanada muy grande justo donde crecía. Van a construir una urbanización -dice el cartel- con muchas viviendas unifamiliares y zonas ajardinadas. Zonas ajardinadas, eso dice.


de Medardo Fraile, El álbum

Medardo Fraile: "Cuentos de verdad", publicado en Cátedra, 2000.


Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.

-¿Qué van a tomar?
-Café con leche. ¿Y tú?
-Lo mismo.

En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil.

Entraron aprisa en el café y se sentaron. La impaciencia les encendía los ojos al dejar el paquete sobre la mesa. Ella, apenas sentada, comenzó a abrirlo, mirando con amor, alternativamente, la cinta roja sobre el papel y el rostro de él con ligero orgullo protector y expectante.

-¿Qué van a tomar?
-Café con leche. ¿Y tú?
-Lo mismo.

En la mesa apareció con pastas de color azul marino, como el traje de los días señalados, el álbum de las chocolatinas. Era un gran día. Habían hablado de él como se habla de cuando llegará un niño. Aquel álbum representaba el tesón del novio en su niñez, que había reunido una estampita tras otra hasta cubrir todas las ventanillas sin paisaje de aquel libro difícil.




Cuando decidió hacerse pescador, se mudó desde las montañas al pueblo de su abuelo, un pueblo con costa, con puerto y tradición de pesca. Su abuelo había sido marinero, y su padre -para alejar a sus nietos del mar y sus tentaciones- se había marchado a las montañas. Su hijo, el pequeño, decidió hacerse pescador cuando vio el mar por primera vez. Lo vio aparecer, azul en el horizonte, después de un viaje largo en coche. Apareció justo delante, de la nada, primero una rayita y luego toda una extensión azul, y desde ese día guardó el mar en sus pupilas -tendría unos nueves años- y no quiso otra cosa que crecer y vivir en la costa. Hoy, todas las noches, acostumbra soñar con su casa de niño en las montañas, para no perder la sorpresa de ver el mar todos los días por primera vez.

Cuando decidió hacerse pescador, se mudó desde las montañas al pueblo de su abuelo, un pueblo con costa, con puerto y tradición de pesca. Su abuelo había sido marinero, y su padre -para alejar a sus nietos del mar y sus tentaciones- se había marchado a las montañas. Su hijo, el pequeño, decidió hacerse pescador cuando vio el mar por primera vez. Lo vio aparecer, azul en el horizonte, después de un viaje largo en coche. Apareció justo delante, de la nada, primero una rayita y luego toda una extensión azul, y desde ese día guardó el mar en sus pupilas -tendría unos nueves años- y no quiso otra cosa que crecer y vivir en la costa. Hoy, todas las noches, acostumbra soñar con su casa de niño en las montañas, para no perder la sorpresa de ver el mar todos los días por primera vez.




El padre de Amelie, ex médico militar, trabaja en un balneario termal de Enghien-les-Bains (labios apretados indican dureza de corazón). A Raphaël Poulain le disgusta: orinar cerca de alguien; atraer miradas de desdén hacia sus sandalias; y salir del agua y sentir que se le pega el bañador. A Raphaël Poulain le gusta: arrancar a trozos el papel pintado; poner en fila todos sus zapatos y lustrarlos con esmero; vaciar su caja de herramientas, limpiarla bien y volver a ponerlo todo en su sitio.

La madre de Amelie, Amandine Fuet, institutriz nacido en Gueugnon, es de naturaleza inestable y nerviosa (tic facial indica agitación neurótica). A Amandine Poulain le disgusta que el agua caliente le arrugue las yemas de los dedos; que alguien que no le guste le roce la mano; y tener marcas de almohada en las mejillas al despertar. A Amandine Poulain le gusta: la ropa de los patinadores artísticos; dejar el parqué como una patena; vaciar el bolso, limpiarlo bien y ordenarlo todo de nuevo.

El padre de Amelie, ex médico militar, trabaja en un balneario termal de Enghien-les-Bains (labios apretados indican dureza de corazón). A Raphaël Poulain le disgusta: orinar cerca de alguien; atraer miradas de desdén hacia sus sandalias; y salir del agua y sentir que se le pega el bañador. A Raphaël Poulain le gusta: arrancar a trozos el papel pintado; poner en fila todos sus zapatos y lustrarlos con esmero; vaciar su caja de herramientas, limpiarla bien y volver a ponerlo todo en su sitio.

La madre de Amelie, Amandine Fuet, institutriz nacido en Gueugnon, es de naturaleza inestable y nerviosa (tic facial indica agitación neurótica). A Amandine Poulain le disgusta que el agua caliente le arrugue las yemas de los dedos; que alguien que no le guste le roce la mano; y tener marcas de almohada en las mejillas al despertar. A Amandine Poulain le gusta: la ropa de los patinadores artísticos; dejar el parqué como una patena; vaciar el bolso, limpiarlo bien y ordenarlo todo de nuevo.




El primer día de vacaciones le regalaron un cubo de playa, un cubo color naranja, con pala y rastrillo a juego. Lo primero que hizo fue llenarlo de agua, vaciarlo, y llenarlo luego otra vez, sin acabar de entender porqué el agua que guardaba en su cubo era transparente cuando la del mar era tan azul.

Lo segundo que hizo fue llenarlo de arena, aplastarla bien con la pala naranja, dejando que llegara bien hasta el borde del cubo para después desmoldarlo como si fuera un flan. Fue corriendo hasta el agua, cogió un buen puñado de arena mojada en la mano derecha, volvió corriendo hasta su tarta de arena y dejó caer el puñado despacio, como si fuera merengue.

El primer día de vacaciones le regalaron un cubo de playa, un cubo color naranja, con pala y rastrillo a juego. Lo primero que hizo fue llenarlo de agua, vaciarlo, y llenarlo luego otra vez, sin acabar de entender porqué el agua que guardaba en su cubo era transparente cuando la del mar era tan azul.

Lo segundo que hizo fue llenarlo de arena, aplastarla bien con la pala naranja, dejando que llegara bien hasta el borde del cubo para después desmoldarlo como si fuera un flan. Fue corriendo hasta el agua, cogió un buen puñado de arena mojada en la mano derecha, volvió corriendo hasta su tarta de arena y dejó caer el puñado despacio, como si fuera merengue.




El verdadero arte llega a rozar el sentimentalismo, sin volverse, sin embargo, sentimental.

El verdadero arte llega a rozar el sentimentalismo, sin volverse, sin embargo, sentimental.




Las luciérnagas de la playa hacían competencia a las estrellas, brillaban más cerca del agua. Eran seis, estaban en lo alto de seis cañas de pescar en la orilla del mar de noche. Eran verdes, flotaban en el aire a tres metros del agua. Parecían estrellas caídas, rebeldes que escapan, paradas un momento antes de dejarse caer en las olas. Un momento antes.

Las luciérnagas de la playa hacían competencia a las estrellas, brillaban más cerca del agua. Eran seis, estaban en lo alto de seis cañas de pescar en la orilla del mar de noche. Eran verdes, flotaban en el aire a tres metros del agua. Parecían estrellas caídas, rebeldes que escapan, paradas un momento antes de dejarse caer en las olas. Un momento antes.


de Katagiri Roshi, El gozo de escribir

Tomado del libro "El gozo de escribir" de Natalie Goldberg.


Cada uno de nosotros es Buda. Yo sé que tú eres Buda. Pero tú no me crees. Cuando entiendas que eres Buda estarás despierta. En eso consiste la iluminación.

Cada uno de nosotros es Buda. Yo sé que tú eres Buda. Pero tú no me crees. Cuando entiendas que eres Buda estarás despierta. En eso consiste la iluminación.




Pasando por delante de la pastelería me llamó la atención el escaparate, el cristal brillaba de tan limpio, y una huella de mano justo a la altura de mis rodillas destacaba entre tanto brillo, parecía reciente. Estaba delante de una tarta de chocolate con frambuesa, con unos ratoncitos de azúcar, con gafas negras, justo en el centro, persiguiéndose unos a otros. Era una tarta de cumpleaños, la más grande del escaparate, y me quedé mirando la huella de la mano, que se iba borrando despacio. Era pequeña, como de un niño de cinco años. Al preguntar al pastelero por la tarta -estaba buscando algo perfecto para el cumpleaños de mi sobrino- , me dijo que no podía vendérmela, que estaba encargada desde hacía horas, para un funeral a primera hora de la tarde.

Pasando por delante de la pastelería me llamó la atención el escaparate, el cristal brillaba de tan limpio, y una huella de mano justo a la altura de mis rodillas destacaba entre tanto brillo, parecía reciente. Estaba delante de una tarta de chocolate con frambuesa, con unos ratoncitos de azúcar, con gafas negras, justo en el centro, persiguiéndose unos a otros. Era una tarta de cumpleaños, la más grande del escaparate, y me quedé mirando la huella de la mano, que se iba borrando despacio. Era pequeña, como de un niño de cinco años. Al preguntar al pastelero por la tarta -estaba buscando algo perfecto para el cumpleaños de mi sobrino- , me dijo que no podía vendérmela, que estaba encargada desde hacía horas, para un funeral a primera hora de la tarde.




Quizás lejos de París hubiera podido escribir sobre París, del mismo modo como en París puedo escribir sobre Michigan. No sabía que era prematuro hacerlo, puesto que aún no conocía suficientemente París.

Quizás lejos de París hubiera podido escribir sobre París, del mismo modo como en París puedo escribir sobre Michigan. No sabía que era prematuro hacerlo, puesto que aún no conocía suficientemente París.




Mi madre dejó a mi padre porque le faltaba la constante del caos. Así lo llamaba ella: la constante del caos. Me acuerdo perfectamente, lo repitió varias veces en esa última discusión que tuvieron. Mi madre ya había mencionado un par de veces la constante del caos antes, pero no tanto como para que fuera un motivo para dejarle. Me llevó con ella. Por aquel entonces no sabía lo que era la constante del caos, ellos siempre hablaban de esas cosas, no sé que tenían con las matemáticas, siempre pensaban en números, traducían todo a constantes, ecuaciones, integrales. Desde la compra del sábado a las vacaciones de verano, eran una buena pareja.

Mi madre dejó a mi padre porque le faltaba la constante del caos. Así lo llamaba ella: la constante del caos. Me acuerdo perfectamente, lo repitió varias veces en esa última discusión que tuvieron. Mi madre ya había mencionado un par de veces la constante del caos antes, pero no tanto como para que fuera un motivo para dejarle. Me llevó con ella. Por aquel entonces no sabía lo que era la constante del caos, ellos siempre hablaban de esas cosas, no sé que tenían con las matemáticas, siempre pensaban en números, traducían todo a constantes, ecuaciones, integrales. Desde la compra del sábado a las vacaciones de verano, eran una buena pareja.