Archivos Julio 2005



En la noche de las estrellas todo estaba en su sitio. Las piedras del suelo, dos estrellas fugaces (y un mosquito), los insectos y las plantas con pinchos. Un jersey rojo con dos mangas abrigadas. Un refugio mágico con velas de reflejos rojos y buenos augurios. Varias notas musicales como cascabeles en la noche, susurrando con el viento. Olor a pino, banderitas de colores, un techo brillando en plata de luna. Libertad. Ronroneos. Espacio abierto, lleno de deseos y caracoles.

En la noche de las estrellas todo estaba en su sitio. Las piedras del suelo, dos estrellas fugaces (y un mosquito), los insectos y las plantas con pinchos. Un jersey rojo con dos mangas abrigadas. Un refugio mágico con velas de reflejos rojos y buenos augurios. Varias notas musicales como cascabeles en la noche, susurrando con el viento. Olor a pino, banderitas de colores, un techo brillando en plata de luna. Libertad. Ronroneos. Espacio abierto, lleno de deseos y caracoles.




La taza, de color azul marino, está llena de agua caliente. Flotan en ella cinco hojas de boldo.

Observo la perfección geométrica del azucarillo antes de dejarlo caer al fondo. Al instante empieza a expulsar hacia la superficie burbujas microscópicas. Puedo apreciar cómo sus contornos rectos se redondean con lentitud. Es como si un poderoso viento soplara desde arriba y provocara el desprendimiento de esas partículas blanquísimas que van cubriendo las zonas aledañas al bloque.

La taza, de color azul marino, está llena de agua caliente. Flotan en ella cinco hojas de boldo.

Observo la perfección geométrica del azucarillo antes de dejarlo caer al fondo. Al instante empieza a expulsar hacia la superficie burbujas microscópicas. Puedo apreciar cómo sus contornos rectos se redondean con lentitud. Es como si un poderoso viento soplara desde arriba y provocara el desprendimiento de esas partículas blanquísimas que van cubriendo las zonas aledañas al bloque.




Amo las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.

Amo las cosas loca,
locamente.
Me gustan las tenazas,
las tijeras,
adoro
las tazas,
las argollas,
las soperas,
sin hablar, por supuesto,
del sombrero.




Limpiar un cristal invisible con una esponja invisible y mucha atención. Después limpiar un espejo, con un buen compañero. Sentarse cerca de la tierra, transmitir, quedarse lleno por dentro. Pasear con calma y todos los sentidos por un lugar arbolado con algo de magia. Elegir un árbol grande, ancho, con la corteza rugosa, llena de hormigas y agujas de pino. Abrazarlo durante diez minutos, sentirlo, intercambiar energía. Acercarse a un magnolio en el centro de un parque circular, con bancos de piedra y cielo azul, un magnolio sin flores y con trazos de purpurina rosa en el tronco. Buscar piñas a los pies del magnolio, encontrar tréboles, saber que el primero al que te acerques para contarle las hojas tendrá cuatro. Verlo, cogerlo con suavidad, con disculpas. Regalarlo como si fuera un tesoro. Hacerle una foto con una hormiga.

Limpiar un cristal invisible con una esponja invisible y mucha atención. Después limpiar un espejo, con un buen compañero. Sentarse cerca de la tierra, transmitir, quedarse lleno por dentro. Pasear con calma y todos los sentidos por un lugar arbolado con algo de magia. Elegir un árbol grande, ancho, con la corteza rugosa, llena de hormigas y agujas de pino. Abrazarlo durante diez minutos, sentirlo, intercambiar energía. Acercarse a un magnolio en el centro de un parque circular, con bancos de piedra y cielo azul, un magnolio sin flores y con trazos de purpurina rosa en el tronco. Buscar piñas a los pies del magnolio, encontrar tréboles, saber que el primero al que te acerques para contarle las hojas tendrá cuatro. Verlo, cogerlo con suavidad, con disculpas. Regalarlo como si fuera un tesoro. Hacerle una foto con una hormiga.




Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».

Un nuevo personaje había aparecido en la localidad: una señora con un perrito. Dmitri Dmitrich Gurov, que por entonces pasaba una temporada en Yalta, empezó a tomar algún interés en los acontecimientos que ocurrían. Sentado en el pabellón de Verney, vio pasearse junto al mar a una señora joven, de pelo rubio y mediana estatura, que llevaba una boina; un perrito blanco de Pomerania corría delante de ella.

Después la volvió a encontrar en los jardines públicos y en la plaza varias veces. Caminaba sola, llevando siempre la misma boina, y siempre con el mismo perrito; nadie sabía quién era y todos la llamaban sencillamente «la señora del perrito».




One day he ate a fish. The fish had an even number of bones. He knew it for sure, he actually counted them after eating. He had a good day after finishing the fish. Everything happened that day went perfect, and the good luck continued that entire week, like never before. In fact, he felt good, full of something new. After that, every Monday he eats a fortune telling fish. When the number of bones is odd, he spends the whole week in bed, because the world outside could be dangerous, he is sure about the bad luck hidden inside odd numbers. After years of fish, he starts to look happier than ever before. Today he just finished another fish, but he feels weird. He did not find any bone at all. Not a single one. Today he did not know what to think: he could either die at the end of the day, or live forever.

One day he ate a fish. The fish had an even number of bones. He knew it for sure, he actually counted them after eating. He had a good day after finishing the fish. Everything happened that day went perfect, and the good luck continued that entire week, like never before. In fact, he felt good, full of something new. After that, every Monday he eats a fortune telling fish. When the number of bones is odd, he spends the whole week in bed, because the world outside could be dangerous, he is sure about the bad luck hidden inside odd numbers. After years of fish, he starts to look happier than ever before. Today he just finished another fish, but he feels weird. He did not find any bone at all. Not a single one. Today he did not know what to think: he could either die at the end of the day, or live forever.


de Pablo Neruda, Confieso que he vivido

"La América Real y la América Mágica a través de su literatura", de Mercedes Suárez, en Ediciones Universidad Salamanca.


Miro las pequeñas olas de un nuevo día en el Atlántico.
El barco deja a cada costado de su proa una desgarradura blanca, azul y sulfúrica de aguas, espumas y abismos agitados.
Son las puertas del océano que tiemblan.
Por sobre ella vuelan los diminutos peces voladores, de plata y transpariecia.
Regreso del destierro.
Miro largamente las aguas. Sobre ellas navego hacia otras aguas: las olas atormentadas de mi patria.
El cielo de un largo día cubre el océano.
La noche llegará y con su sombra esconderá una vez más el gran palacio verde del misterio.

Miro las pequeñas olas de un nuevo día en el Atlántico.
El barco deja a cada costado de su proa una desgarradura blanca, azul y sulfúrica de aguas, espumas y abismos agitados.
Son las puertas del océano que tiemblan.
Por sobre ella vuelan los diminutos peces voladores, de plata y transpariecia.
Regreso del destierro.
Miro largamente las aguas. Sobre ellas navego hacia otras aguas: las olas atormentadas de mi patria.
El cielo de un largo día cubre el océano.
La noche llegará y con su sombra esconderá una vez más el gran palacio verde del misterio.




Se compró una guitarra de viaje, tenía el tamaño adecuado para guardarla en cualquier sitio pequeño, la funda le cubría poco más que la espalda. El cuerpo era casi el de un ukelele, y el mástil era tan grande como el de una guitarra española. Compró también un juego de tazas de metal, cubiertos de plástico, un termo de buena calidad para guardar el café caliente de las mañanas, un hornillo de gas. También una tienda de campaña, pequeña, pero el tamaño justo para dos personas -si llegaba el momento-. Con todo su equipo nuevo acampó en el salón de su casa. Por las mañana hacía café en el hornillo de gas y lo guardaba en el termo de buena calidad. Por las noches tocaba la guitarra de viaje, había tenido que hacer un boquete en el techo de la casa para cantarle a las estrellas.

Se compró una guitarra de viaje, tenía el tamaño adecuado para guardarla en cualquier sitio pequeño, la funda le cubría poco más que la espalda. El cuerpo era casi el de un ukelele, y el mástil era tan grande como el de una guitarra española. Compró también un juego de tazas de metal, cubiertos de plástico, un termo de buena calidad para guardar el café caliente de las mañanas, un hornillo de gas. También una tienda de campaña, pequeña, pero el tamaño justo para dos personas -si llegaba el momento-. Con todo su equipo nuevo acampó en el salón de su casa. Por las mañana hacía café en el hornillo de gas y lo guardaba en el termo de buena calidad. Por las noches tocaba la guitarra de viaje, había tenido que hacer un boquete en el techo de la casa para cantarle a las estrellas.




Es importante decir cómo nos llamamos, decir el nombre de los lugares en donde hemos vivido y describir los detalles de nuestra existencia. "Vivía en Coal Street, en Alburquerque, cerca de un garage, y llevaba la compra en bolsas de papel por Lead Avenue. Allí alguien, al comienzo de la primavera, había plantado unas remolachas y yo observaba crecer aquellas hojas verdes de color rojizo".
Hemos vivido; cada uno de nuestros momentos ha sido importante [...]. El escritor debe decir sí a la vida, a cada aspecto de la vida: al agua en los vasos, a la jarra de leche, al bote de ketchup sobre el mostrador del bar.

Es importante decir cómo nos llamamos, decir el nombre de los lugares en donde hemos vivido y describir los detalles de nuestra existencia. "Vivía en Coal Street, en Alburquerque, cerca de un garage, y llevaba la compra en bolsas de papel por Lead Avenue. Allí alguien, al comienzo de la primavera, había plantado unas remolachas y yo observaba crecer aquellas hojas verdes de color rojizo".
Hemos vivido; cada uno de nuestros momentos ha sido importante [...]. El escritor debe decir sí a la vida, a cada aspecto de la vida: al agua en los vasos, a la jarra de leche, al bote de ketchup sobre el mostrador del bar.




De la ciudad de Zirma los viajeros vuelven con recuerdos bien claros: un negro ciego que grita en la multitud, un loco que se asoma en la cornisa de un rascacielos, una muchacha que pasea con un puma sujeto con una traílla. en ralidad muchos de los ciegos que golpean con el bastón el empedrado de Zirma son negros, en todos los rascacielos hay alguien que se vuelve loco, todos los locos se pasan horas en las cornisas, no hay puma que no sea criado por un capricho de muchacha. La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente.

De la ciudad de Zirma los viajeros vuelven con recuerdos bien claros: un negro ciego que grita en la multitud, un loco que se asoma en la cornisa de un rascacielos, una muchacha que pasea con un puma sujeto con una traílla. en ralidad muchos de los ciegos que golpean con el bastón el empedrado de Zirma son negros, en todos los rascacielos hay alguien que se vuelve loco, todos los locos se pasan horas en las cornisas, no hay puma que no sea criado por un capricho de muchacha. La ciudad es redundante: se repite para que algo llegue a fijarse en la mente.




Después de dar muchas vueltas alrededor del título, y proponer una serie de nombres horrorosos, dimos con Balas perdidas. Jugamos con una lista que unía todos los títulos de nuestros relatos, jugamos a mezclarlos bien, y de alguien surgió el nombre de Balas perdidas. A mí es un título que me viene bien para decir muchas cosas. No sé si podría llamarme bala, pero sé que he estado perdida un buen tiempo, antes de permitirme escribir. Antes de encontrar los talleres. Ayer me comentaba Javi, que lo que nos une a todos en esta antología de relatos -no es que todos tengamos cuentos autobiográficos, como dije hace unos días en la radio, y es que es cierto en la mayoría de los cuentos- lo que nos une, es que hemos sido alumnos de talleres, y ahora somos profesores de taller.

Después de dar muchas vueltas alrededor del título, y proponer una serie de nombres horrorosos, dimos con Balas perdidas. Jugamos con una lista que unía todos los títulos de nuestros relatos, jugamos a mezclarlos bien, y de alguien surgió el nombre de Balas perdidas. A mí es un título que me viene bien para decir muchas cosas. No sé si podría llamarme bala, pero sé que he estado perdida un buen tiempo, antes de permitirme escribir. Antes de encontrar los talleres. Ayer me comentaba Javi, que lo que nos une a todos en esta antología de relatos -no es que todos tengamos cuentos autobiográficos, como dije hace unos días en la radio, y es que es cierto en la mayoría de los cuentos- lo que nos une, es que hemos sido alumnos de talleres, y ahora somos profesores de taller.




Estaba sentado mirando la televisión con el volumen bajado, uno de esos dibujos animados japoneses en los que unos niños con los ojos inmensos tratan de destrozar a otros niños con los ojos inmensos. Todos parecían estar muy cabreados. No eran más que niños pero tenían unas pistolas cojonudas y unas ametralladoras del futuro con cañones tan grandes como la taza del váter. Estaba viendo los dibujos y escuchando un disco de Red Hot and Chili Pepers y eso era todo lo que quería hacer por el momento. Los japoneses de disparan con sus cañones y a algunos les arrancaba la cabeza y a otros no.

Estaba sentado mirando la televisión con el volumen bajado, uno de esos dibujos animados japoneses en los que unos niños con los ojos inmensos tratan de destrozar a otros niños con los ojos inmensos. Todos parecían estar muy cabreados. No eran más que niños pero tenían unas pistolas cojonudas y unas ametralladoras del futuro con cañones tan grandes como la taza del váter. Estaba viendo los dibujos y escuchando un disco de Red Hot and Chili Pepers y eso era todo lo que quería hacer por el momento. Los japoneses de disparan con sus cañones y a algunos les arrancaba la cabeza y a otros no.




Cuando volví al pueblo lo primero que hice fue acercarme al parque infantil. Era un invierno frío con niebla y encontré la rueda del columpio cubierta de telarañas. Había pasado mucho tiempo, y parecía que ningún niño se había montado en la rueda en años. Las barras estaban oxidadas, con la pintura sucia, descascarada, y todo el agujero de la rueda estaba cubierto de telarañas. Tan densas eran que daba un poco de miedo quitarlas. Y respeto, también, por las horas que podía haberse pasado la araña tejiendo eso. Tantas horas como mi abuela, que contaba los minutos tejiendo delante de la ventana, con las cortinas siempre echadas, los pies metidos en la mesa camilla, y los ovillos de lana oscura moviéndose, a pequeños tirones, por el suelo. La ventana de mi abuela tenía la mejor vista del parque infantil, cuando yo era niño y me pasaba horas allí, la abuela me vigilaba desde la ventana de casa, sin dejar de tejer. Hacía años también que la abuela no quería mirar por la ventana, decía que las cortinas pesaban demasiado, y que ya no podía descorrerlas.

Cuando volví al pueblo lo primero que hice fue acercarme al parque infantil. Era un invierno frío con niebla y encontré la rueda del columpio cubierta de telarañas. Había pasado mucho tiempo, y parecía que ningún niño se había montado en la rueda en años. Las barras estaban oxidadas, con la pintura sucia, descascarada, y todo el agujero de la rueda estaba cubierto de telarañas. Tan densas eran que daba un poco de miedo quitarlas. Y respeto, también, por las horas que podía haberse pasado la araña tejiendo eso. Tantas horas como mi abuela, que contaba los minutos tejiendo delante de la ventana, con las cortinas siempre echadas, los pies metidos en la mesa camilla, y los ovillos de lana oscura moviéndose, a pequeños tirones, por el suelo. La ventana de mi abuela tenía la mejor vista del parque infantil, cuando yo era niño y me pasaba horas allí, la abuela me vigilaba desde la ventana de casa, sin dejar de tejer. Hacía años también que la abuela no quería mirar por la ventana, decía que las cortinas pesaban demasiado, y que ya no podía descorrerlas.


de Alessandro Baricco, Seda

Publicado en Anagrama, Barcelona.


Aunque su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire "femenino".
Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.
Era 1861, Flaubert estaba escribiendo Salammbó, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería.
Hervé Joncour tenía 32 años.
Compraba y vendía.
Gusanos de seda.

Aunque su padre había imaginado para él un brillante porvenir en el ejército, Hervé Joncour había acabado ganándose la vida con una insólita ocupación, tan amable que, por singular ironía, traslucía un vago aire "femenino".
Para vivir, Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.
Era 1861, Flaubert estaba escribiendo Salammbó, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería.
Hervé Joncour tenía 32 años.
Compraba y vendía.
Gusanos de seda.




Vimos salir el arco iris desde la barandilla de la casa vieja. Solíamos ir a la casa vieja de su abuela los primeros domingos del mes. Ella decía que a su abuela le gustaba que volviésemos a la casa de vez en cuando. Esa tarde llovió un poquito, nos sentamos en el porche con los pies en la barandilla, a hablar en voz baja y mirar al cielo llorar. Ni siquiera sacamos un paraguas, no nos importaba mojarnos. Caía una lluvia muy indiferente, de esta que parece que no moja. Cuando se cansó de llover el cielo pintó un arco iris, algo lejos y un poco difuminado, como borroso. Nos quedamos un rato mirando el arco iris. Después ella se levantó, me dio un beso en el pelo y antes de comenzar a caminar me dijo que se iba, que tenía que encontrar esa jarra de monedas de oro que escondían todos los arco iris al nacer.

Vimos salir el arco iris desde la barandilla de la casa vieja. Solíamos ir a la casa vieja de su abuela los primeros domingos del mes. Ella decía que a su abuela le gustaba que volviésemos a la casa de vez en cuando. Esa tarde llovió un poquito, nos sentamos en el porche con los pies en la barandilla, a hablar en voz baja y mirar al cielo llorar. Ni siquiera sacamos un paraguas, no nos importaba mojarnos. Caía una lluvia muy indiferente, de esta que parece que no moja. Cuando se cansó de llover el cielo pintó un arco iris, algo lejos y un poco difuminado, como borroso. Nos quedamos un rato mirando el arco iris. Después ella se levantó, me dio un beso en el pelo y antes de comenzar a caminar me dijo que se iba, que tenía que encontrar esa jarra de monedas de oro que escondían todos los arco iris al nacer.




"La tristeza es el juego más tramposo del diablo." (Leopoldo Marechal)

Esa mirada, Alfonso, tiene la culpa de todo. Porque has de saber que Manuel siempre anduvo a la rastra de la tristeza, lamiéndole los pies, suplicando por ahí un pedacito de ella: un atardecer rosado y solo, una despedida para siempre, una tarde lluviosa de domingo, hasta que se convirtió en el más asiduo visitante de circos pobres, velorios, cementerios y otros lugares comunes sobre el mismo tema.

"La tristeza es el juego más tramposo del diablo." (Leopoldo Marechal)

Esa mirada, Alfonso, tiene la culpa de todo. Porque has de saber que Manuel siempre anduvo a la rastra de la tristeza, lamiéndole los pies, suplicando por ahí un pedacito de ella: un atardecer rosado y solo, una despedida para siempre, una tarde lluviosa de domingo, hasta que se convirtió en el más asiduo visitante de circos pobres, velorios, cementerios y otros lugares comunes sobre el mismo tema.




Conducíamos muy lento por el camino de cabras, lleno de piedras; Emilio me había dejado conducir a mí, con la única condición de que fuéramos lentos, como si estuvieras pisando huevos, me dijo. Los caramelos de la guantera estaban sosos, no sabían a nada. Emilio decía que sí, que me tranquilizara, que los caramelos sabían un poco a gasolina, no nos ponemos de acuerdo ni en el sabor de los caramelos. Caramelos de gasolina, era totalmente ridículo. Creo que para entonces, Emilio ya había perdido el sentido del gusto, y se inventaba las cosas. Y el coche, con el depósito a punto de acabarse, y Emilio diciendo que me tranquilizase, que el aire olía a lavanda, y que abriera las ventanas, que el médico había dicho que nada como la naturaleza para que me fuera recuperando. El médico tampoco sabía nada de sabores, y esos caramelos estaban sosos, sosos muy sosos.

Conducíamos muy lento por el camino de cabras, lleno de piedras; Emilio me había dejado conducir a mí, con la única condición de que fuéramos lentos, como si estuvieras pisando huevos, me dijo. Los caramelos de la guantera estaban sosos, no sabían a nada. Emilio decía que sí, que me tranquilizara, que los caramelos sabían un poco a gasolina, no nos ponemos de acuerdo ni en el sabor de los caramelos. Caramelos de gasolina, era totalmente ridículo. Creo que para entonces, Emilio ya había perdido el sentido del gusto, y se inventaba las cosas. Y el coche, con el depósito a punto de acabarse, y Emilio diciendo que me tranquilizase, que el aire olía a lavanda, y que abriera las ventanas, que el médico había dicho que nada como la naturaleza para que me fuera recuperando. El médico tampoco sabía nada de sabores, y esos caramelos estaban sosos, sosos muy sosos.