Es diciembre y no dejo de hacer cuentas en la calculadora. Necesito que me lleguen los ahorros para comprar estrellas. Las estrellas las venden en Ikea, son siete filas de estrellas colgadas que se iluminan por la noche y dan una luz suave todo el año. Quiero comprar varias cajas para mamá, pero en Ikea solo las venden por Navidad, no son caras, pero las cuentas con la calculadora no me salen. O se quedan justas. Si quito las vacaciones todo encajaría, en realidad solo con encontrar a alguien que cuidara de Keko todo encajaría, los hoteles para perros son caros, muy caros, más aún en Navidad. Si no dejo a Keko no puedo viajar a casa a colgar las estrellas. Mamá sueña con ellas, es la última Navidad que estará con nosotros. Si me llevo a Keko, puedo comprar sin problemas las estrellas, varias cajas, y decorar su habitación. Pero a mamá, a mamá le dan miedo los perros.
Comprar estrelllas
De las estrellas de casa de Berna (y de Lara), compradas el mismo día, poco antes de unas Navidades en Madrid.
Los huesos de titanio
Como los sueños
Estamos contentos
La colina verde
La vida de ficción
A cuatro manos, con Javi P, en verano cálido
La sorpresa de la nieve
La habitación de juegos de la infancia
Bajo el océano
Escribir es como bailar
Pájaros
Lo que me gusta de Seda
Pueden pasar quince años
El bosque diminuto
El montaje y los sueños
El vuelo en metal
Esa tal crisis
Un mundo de islas
Describir personajes a través de acciones
Jardín de barro
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