Archivos Junio 2005

de Raymond Carver, El padre

De "¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?". Compactos, Anagrama. Traducción de Jesús Zulaika.


El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.




Si las ilusiones fueran hormigas, la gente las reconocería mucho antes. Todo el mundo sabe cómo es una hormiga, hay fotos de hormigas en los libros de Ciencias Naturales del colegio, y todos los niños, antes de eso, han visto alguna hormiga. A lo niños les encantan las hormigas. Hay gente que no se da derecho a soñar, y nada más ver una hormiga por casa, la aplasta, para que no vengan más por detrás. Hay gente, en cambio, que tiene hormigueros artificiales en mitad del salón, una urna de cristal donde encierra a todas sus hormigas y puede seguirlas recorriendo los túneles y pasarelas. Esta gente observa a las hormigas muchas horas, pero no hace nada con ellas. También hay gente más feliz, que disfruta de las hormigas en su hábitat natural, entre el césped y los árboles, y también se pasan tiempo mirando como llevan migas de un lado a otro, entrando y saliendo del hormiguero todo el día. Algunos, entre estos últimos, guardan un pedazo de pan duro en el bolsillo, y van soltando migas para alimentarlas. Disfrutan viendo a la hormiga cuando descubre una miga nueva, cuando intenta cargar la más grande. Pero estos, a final de cuentas, son los menos.

Si las ilusiones fueran hormigas, la gente las reconocería mucho antes. Todo el mundo sabe cómo es una hormiga, hay fotos de hormigas en los libros de Ciencias Naturales del colegio, y todos los niños, antes de eso, han visto alguna hormiga. A lo niños les encantan las hormigas. Hay gente que no se da derecho a soñar, y nada más ver una hormiga por casa, la aplasta, para que no vengan más por detrás. Hay gente, en cambio, que tiene hormigueros artificiales en mitad del salón, una urna de cristal donde encierra a todas sus hormigas y puede seguirlas recorriendo los túneles y pasarelas. Esta gente observa a las hormigas muchas horas, pero no hace nada con ellas. También hay gente más feliz, que disfruta de las hormigas en su hábitat natural, entre el césped y los árboles, y también se pasan tiempo mirando como llevan migas de un lado a otro, entrando y saliendo del hormiguero todo el día. Algunos, entre estos últimos, guardan un pedazo de pan duro en el bolsillo, y van soltando migas para alimentarlas. Disfrutan viendo a la hormiga cuando descubre una miga nueva, cuando intenta cargar la más grande. Pero estos, a final de cuentas, son los menos.


de Luis Landero, Sobre la brevedad

De Luis Landero: "El cuento o la vida", en "Entre líneas" (Tusquets Editores).


Pero tampoco hay que fiarse mucho de la Brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: El viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso y el Conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino. Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspié, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno.

Pero tampoco hay que fiarse mucho de la Brevedad. Contra la brevedad convendría recordar que, en una guerra, un soldado encontró en la mochila de un cadáver dos libros, a saber: El viaje al centro de la fábula, de Augusto Monterroso y el Conde de Montecristo. Como llevarse los dos le pareció ya rapiña, y por no agravar la soledad del muerto, decidió apoderarse sólo de uno. Tras muchas dudas, y por ir más ligero de equipaje, eligió el de Monterroso. Lo acomodó bajo la guerrera y, andando que te andarás, continuó su camino. Y he aquí que, más allá, siente un golpe en el pecho. Da un traspié, suspira, se desploma: una bala perdida lo ha acertado de lleno.




Cuando Tomás era muy pequeño, su madre estaba convencida que se comía las ceras, las ceras de colores. En realidad no se las comía, sino que se las metía en la boca, como los niños que muerden lápices mientras están pensando; pero las ceras tenían un sabor horrible, así que no lo hacía muy a menudo. En un solo día vaciaba varias cajas de ceras de tanto usarlas. Pintaba en el papel marrón que había en la tienda del abuelo, lo tenían en rollos grandes a la derecha de la caja para envolver las compras de los clientes. Tomás pintaba con las ceras en el lado reverso, donde el papel es más rugoso y un poco más claro. De todos los colores gastaba más rápido el verde y el morado, le gustaba pintar un flor, y luego el césped para las raíces, y luego el sol, para que no le faltara luz, y luego una nube con lluvia, para que no le faltara agua. Tomás era un niño muy práctico. La flor siempre la pintaba verde, igual que el césped. Todo el cielo morado, con un sol amarillo enorme, sonriendo de rayo a rayo.

Cuando Tomás era muy pequeño, su madre estaba convencida que se comía las ceras, las ceras de colores. En realidad no se las comía, sino que se las metía en la boca, como los niños que muerden lápices mientras están pensando; pero las ceras tenían un sabor horrible, así que no lo hacía muy a menudo. En un solo día vaciaba varias cajas de ceras de tanto usarlas. Pintaba en el papel marrón que había en la tienda del abuelo, lo tenían en rollos grandes a la derecha de la caja para envolver las compras de los clientes. Tomás pintaba con las ceras en el lado reverso, donde el papel es más rugoso y un poco más claro. De todos los colores gastaba más rápido el verde y el morado, le gustaba pintar un flor, y luego el césped para las raíces, y luego el sol, para que no le faltara luz, y luego una nube con lluvia, para que no le faltara agua. Tomás era un niño muy práctico. La flor siempre la pintaba verde, igual que el césped. Todo el cielo morado, con un sol amarillo enorme, sonriendo de rayo a rayo.




La brevedad es una mariposa. En cuanto tratemos de atraparla con la mano, volará por el aire. No se queda en ningún lugar. El cho-tanpen (micro-relato) está relacionado con la poesía y la prosa, pero no pertenece a ninguna de las dos. Aletea en sus límites.

La brevedad es una mariposa. En cuanto tratemos de atraparla con la mano, volará por el aire. No se queda en ningún lugar. El cho-tanpen (micro-relato) está relacionado con la poesía y la prosa, pero no pertenece a ninguna de las dos. Aletea en sus límites.




El día de su cumpleaños, Antonio decidió, por fin, dejar el mar. Durante años salía todos los días con su bote de madera y su caña de pescar, se acostumbró tanto que llegó a gustarle; pero de un tiempo a esta parte le dolían cada vez más los huesos, y algo dentro le impedía dejar su bote, todos los días el mismo camino, de casa al bote, del bote al mar. Ese día de su cumpleaños, a primera hora, cuando iba a comenzar la jornada, descubrió que su bote se estaba descascarando por un lado. La madera de colores vivos, pintada con azul y rojo, estaba tan reseca que un trozo grande del lado derecho, con forma de cuchara, se había caído, en bloque. Y el bote ahora tenía un enorme roto en medio de los colores. Habría sido trabajo del tiempo, de la sal, del sol, de toda una mezcla de cosas. Es natural, se dijo Antonio, que los botes al cabo de un tiempo se descascaren.

El día de su cumpleaños, Antonio decidió, por fin, dejar el mar. Durante años salía todos los días con su bote de madera y su caña de pescar, se acostumbró tanto que llegó a gustarle; pero de un tiempo a esta parte le dolían cada vez más los huesos, y algo dentro le impedía dejar su bote, todos los días el mismo camino, de casa al bote, del bote al mar. Ese día de su cumpleaños, a primera hora, cuando iba a comenzar la jornada, descubrió que su bote se estaba descascarando por un lado. La madera de colores vivos, pintada con azul y rojo, estaba tan reseca que un trozo grande del lado derecho, con forma de cuchara, se había caído, en bloque. Y el bote ahora tenía un enorme roto en medio de los colores. Habría sido trabajo del tiempo, de la sal, del sol, de toda una mezcla de cosas. Es natural, se dijo Antonio, que los botes al cabo de un tiempo se descascaren.




Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías.

Un cronopio va a abrir la puerta de calle, y al meter la mano en el bolsillo para sacar la llave lo que saca es una caja de fósforos, entonces este cronopio se aflige mucho y empieza a pensar que si en vez de la llave encuentra los fósforos, sería horrible que el mundo se hubiera desplazado de golpe, y a lo mejor si los fósforos están donde la llave, puede suceder que encuentre la billetera llena de fósforos, y la azucarera llena de dinero, y el piano lleno de azúcar, y la guía del teléfono llena de música, y el ropero lleno de abonados, y la cama llena de trajes, y los floreros llenos de sábanas, y los tranvías llenos de rosas, y los campos llenos de tranvías.




Cuando éramos pequeños, en las noches de verano, hermanita y yo salíamos al jardín a mirar estrellas y a contar cometas, asteroides y naves extraterrestres. Papá nos explicaba que podíamos encontrar cometas pero no asteroides, porque son muy pequeños y, desde la Tierra, solamente se distingue uno a simple vista. A hermanita esto le hacía llorar porque le gustaba mucho la palabra asteroide. Entonces papá intentaba inventar una historia mezclando datos que sabía, y le contaba que eran más bonitas las cometas, que estaban formadas por hielo y polvo, y que su nombre derivaba de una palabra griega que significa cabellera. Papá no sabía contar historias.

Cuando éramos pequeños, en las noches de verano, hermanita y yo salíamos al jardín a mirar estrellas y a contar cometas, asteroides y naves extraterrestres. Papá nos explicaba que podíamos encontrar cometas pero no asteroides, porque son muy pequeños y, desde la Tierra, solamente se distingue uno a simple vista. A hermanita esto le hacía llorar porque le gustaba mucho la palabra asteroide. Entonces papá intentaba inventar una historia mezclando datos que sabía, y le contaba que eran más bonitas las cometas, que estaban formadas por hielo y polvo, y que su nombre derivaba de una palabra griega que significa cabellera. Papá no sabía contar historias.




Para mim, esta é a paisagem mais bela e mais triste do mundo. É a mesma paisagem da página anterior, mas eu voltei a desenhá-la para vocês a verem melhor. Foi aqui que o principezinho fez a su apariçao na Terra e, depoi, desapareceu.

Olhem bem para esta paisagem, para a poderem reconhecer se um dia forem a África, ao deserto. Se passarem por aqui, suplico-vos: nao tenham pressa, fiquem un bocado à espera mesmo por baixo da estrela! Se um menino vier ter convosco, um menino que está sempre a rir, um menino com ocabelos cor de ouro e que nunca responde quando se lhe faz uma pergunta, já sabem quem ele é. Entao, por favor, sejam simpáticos! Nao me deixem ficar assim triste: escrevam-me depressa a dizer que ele voltou...

Para mim, esta é a paisagem mais bela e mais triste do mundo. É a mesma paisagem da página anterior, mas eu voltei a desenhá-la para vocês a verem melhor. Foi aqui que o principezinho fez a su apariçao na Terra e, depoi, desapareceu.

Olhem bem para esta paisagem, para a poderem reconhecer se um dia forem a África, ao deserto. Se passarem por aqui, suplico-vos: nao tenham pressa, fiquem un bocado à espera mesmo por baixo da estrela! Se um menino vier ter convosco, um menino que está sempre a rir, um menino com ocabelos cor de ouro e que nunca responde quando se lhe faz uma pergunta, já sabem quem ele é. Entao, por favor, sejam simpáticos! Nao me deixem ficar assim triste: escrevam-me depressa a dizer que ele voltou...




Cuando pasas un tiempo sin usar algo, cambia, te lo cambian. A los amigos, cuando pasa un tiempo que no les ves, les salen canas, o gafas, o colores en el pelo. Y las cosas, sí, te las cambian, cuando no cambian solas. A los trenes de Cercanías dirección Colmenar les sale una raya fucsia horizontal, por todos los vagones, vagones que siempre habían sido blancos y rojos. A los amigos, sí, también te los cambian, las canas tienen nombre propio, y las arrugas del entrecejo los apellidos del jefe o del amante de la mujer. O del vecino, el inútil del piso de arriba que, por ampliar su salón, tiró un muro maestro y ahora hay que hacer obra en todo el edificio. Y tanto los trenes de Cercanías, como los amigos con el entrecejo marcado, todos están seguros que el mundo estaba mejor antes del cambio.

Cuando pasas un tiempo sin usar algo, cambia, te lo cambian. A los amigos, cuando pasa un tiempo que no les ves, les salen canas, o gafas, o colores en el pelo. Y las cosas, sí, te las cambian, cuando no cambian solas. A los trenes de Cercanías dirección Colmenar les sale una raya fucsia horizontal, por todos los vagones, vagones que siempre habían sido blancos y rojos. A los amigos, sí, también te los cambian, las canas tienen nombre propio, y las arrugas del entrecejo los apellidos del jefe o del amante de la mujer. O del vecino, el inútil del piso de arriba que, por ampliar su salón, tiró un muro maestro y ahora hay que hacer obra en todo el edificio. Y tanto los trenes de Cercanías, como los amigos con el entrecejo marcado, todos están seguros que el mundo estaba mejor antes del cambio.


de Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

"Sostiene Pereira", de Antonio Tabucchi. Editorial Anagrama, Compactos. Barcelona. Título original: "Sostiene Pereira. Una testimonianza", Milán, 1994. Traducción de Carlos Gumpert y Xavier Gonzáles Rovira.


Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte.

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte.




Su manzano de hielo estaba muriendo, la primeras manzanas del invierno eran perfectas, redondas, como siempre, pero más pequeñas que de costumbre. O2 sabía que todos los manzanos de hielo tienen un tiempo de vida corto, y que cuando llega el momento, no hay nada que hacer. O2, desde la ventana de su cabaña de madera podía ver el manzano, el tronco y las ramas de hielo, las manzanas recubiertas de escarcha. El árbol crecía directamente de la nieve, sus raíces congeladas se prolongaban hasta debajo de los diez metros de nieve que cubrían permanentemente el planeta, hasta llegar a las aguas termales de los subterráneos. El manzano se alimentaba de las termas subterráneas, al igual que los otros habitantes del planeta; los que vivían en poblados. Él había elegido vivir solo.

Su manzano de hielo estaba muriendo, la primeras manzanas del invierno eran perfectas, redondas, como siempre, pero más pequeñas que de costumbre. O2 sabía que todos los manzanos de hielo tienen un tiempo de vida corto, y que cuando llega el momento, no hay nada que hacer. O2, desde la ventana de su cabaña de madera podía ver el manzano, el tronco y las ramas de hielo, las manzanas recubiertas de escarcha. El árbol crecía directamente de la nieve, sus raíces congeladas se prolongaban hasta debajo de los diez metros de nieve que cubrían permanentemente el planeta, hasta llegar a las aguas termales de los subterráneos. El manzano se alimentaba de las termas subterráneas, al igual que los otros habitantes del planeta; los que vivían en poblados. Él había elegido vivir solo.




Una vez, era un día pesado y bochornoso, había unos diez u once niños sentados en las gradas de piedra esperando a Momo, que se había ido a dar una vuelta, según solía hacer alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes plomizas. Probablemente habría pronto una tormenta.

-Yo me voy a casa -dijo una niña que llevaba un hermanito pequeño-. El rayo y el trueno me dan miedo.

-¿Y en casa? -preguntó un niño que llevaba gafas-, ¿es que en casa no te dan miedo?

-Sí -dijo la niña.

-Entonces, igual te puedes quedar aquí -respondió el niño.

Una vez, era un día pesado y bochornoso, había unos diez u once niños sentados en las gradas de piedra esperando a Momo, que se había ido a dar una vuelta, según solía hacer alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes plomizas. Probablemente habría pronto una tormenta.

-Yo me voy a casa -dijo una niña que llevaba un hermanito pequeño-. El rayo y el trueno me dan miedo.

-¿Y en casa? -preguntó un niño que llevaba gafas-, ¿es que en casa no te dan miedo?

-Sí -dijo la niña.

-Entonces, igual te puedes quedar aquí -respondió el niño.


de Jorge Teiller, A un niño en un árbol

De "Muertes y maravillas", editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1971.


Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.

Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.

Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por las alas de una lechuza.

Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.


Una gaviota en Madrid

Publicado en "Cartílagos de tiburón", editado por el Taller de Escritura de Madrid, 2005.


Esta mañana nada más salir de casa me encontré una gaviota en la cuesta de la calle del Tesoro. Estaba posada en un buzón amarillo, mirando hacia el asfalto como si olisqueara olas saladas. Sería una gaviota despistada, con su pico moteado y su olor a algas marinas, no consigo imaginar como habría llegado a Madrid. Me transportó a una de las tardes con mi sirena en la playa del sur, a sus pies descalzos, a su zambullida final y a la marea bajando para llevársela de mi lado. No puedo vivir sin el mar, me dijo. Como tampoco pueden las gaviotas, que no vuelan si no ven costa para aterrizar. Frené en seco para observar con cuidado a la gaviota del buzón, para comprobar si era blanca y era real, me acerqué primero despacio y después más rápido, la gaviota no se movió ni un poco. Pasaba poca gente por la calle a esas horas, pero de los que pasaron ninguno se paró extrañado por mi gaviota.

Esta mañana nada más salir de casa me encontré una gaviota en la cuesta de la calle del Tesoro. Estaba posada en un buzón amarillo, mirando hacia el asfalto como si olisqueara olas saladas. Sería una gaviota despistada, con su pico moteado y su olor a algas marinas, no consigo imaginar como habría llegado a Madrid. Me transportó a una de las tardes con mi sirena en la playa del sur, a sus pies descalzos, a su zambullida final y a la marea bajando para llevársela de mi lado. No puedo vivir sin el mar, me dijo. Como tampoco pueden las gaviotas, que no vuelan si no ven costa para aterrizar. Frené en seco para observar con cuidado a la gaviota del buzón, para comprobar si era blanca y era real, me acerqué primero despacio y después más rápido, la gaviota no se movió ni un poco. Pasaba poca gente por la calle a esas horas, pero de los que pasaron ninguno se paró extrañado por mi gaviota.


de Virginia Woolf, Diario

Del diario de Virginia Woolf, 30 de agosto de 1923. Tomado de "Las horas", de Michael Cunningham, publicado por el Círculo de Lectores.


No tengo tiempo de describir mis planes. Debería decir muchas cosas sobre Las horas y mi descubrimiento; cómo excavo hermosas grutas detrás de mis personajes; creo que eso plasma exactamente lo que quiero; humanidad, humor, hondura. La idea es que las grutas conecten entre sí, y cada una sale a la luz del día en el momento presente.

No tengo tiempo de describir mis planes. Debería decir muchas cosas sobre Las horas y mi descubrimiento; cómo excavo hermosas grutas detrás de mis personajes; creo que eso plasma exactamente lo que quiero; humanidad, humor, hondura. La idea es que las grutas conecten entre sí, y cada una sale a la luz del día en el momento presente.




Encontró el animalito en la calle, sus ojos le convencieron. Nunca antes había pensado meter a alguien en casa, no estaba dispuesto a cambiar sus costumbres. Esa noche le resultó gracioso verle en la caja viviendo junto a él. Pero el bicho olía, y encima respiraba, lo cual le resultaba irritante. Cuando despertó, los libros estaban tirados, la ropa desordenada y la nevera abierta. Además le seguía por toda la casa, a la ducha, a la cocina y casi al trabajo.

Enseguida, se dio cuenta de que le observaba imitando sus gestos. Se sentaba como él, comía igual que él y movía la cabeza de la misma manera que él lo había al hablar por teléfono. Aquello le conmovió. Fue entonces cuando empezó a contarle las peleas de la oficina, las broncas del jefe, los éxitos en el mus, sus fracasos en el amor. No había mejor compañero para ver el partido. Fue el principio de una convivencia que duraría años. Nunca se llegó a casar pero fue razonablemente feliz pues tenía el problema sentimental resuelto.

Encontró el animalito en la calle, sus ojos le convencieron. Nunca antes había pensado meter a alguien en casa, no estaba dispuesto a cambiar sus costumbres. Esa noche le resultó gracioso verle en la caja viviendo junto a él. Pero el bicho olía, y encima respiraba, lo cual le resultaba irritante. Cuando despertó, los libros estaban tirados, la ropa desordenada y la nevera abierta. Además le seguía por toda la casa, a la ducha, a la cocina y casi al trabajo.

Enseguida, se dio cuenta de que le observaba imitando sus gestos. Se sentaba como él, comía igual que él y movía la cabeza de la misma manera que él lo había al hablar por teléfono. Aquello le conmovió. Fue entonces cuando empezó a contarle las peleas de la oficina, las broncas del jefe, los éxitos en el mus, sus fracasos en el amor. No había mejor compañero para ver el partido. Fue el principio de una convivencia que duraría años. Nunca se llegó a casar pero fue razonablemente feliz pues tenía el problema sentimental resuelto.




Desde que murió papá, he pasado más tiempo en el bolsillo de mi hermano que en ningún otro lugar. Mucho tiempo, casi tanto tiempo como en la caja de música que redecoró para mí. De la caja de música al bolsillo, del bolsillo de mi hermano a casa. Yo no medía más de quince centímetros, uno por cada año de vida. Los médicos decían que iba a seguir el proceso de crecimiento normal para mi tamaño, y que no sobrepasaría los veinte centímetros en la edad adulta. Pero yo tenía la esperanza de seguir el ritmo del centímetro por año, y tal vez en mi vejez llegar a alcanzar el metro. Siempre que viajaba en el bolsillo me acompañaba el reloj de mi hermano, un reloj de plata vieja, que movía las agujas rítmicamente como martilleando hojalata. Un ruido molesto para cualquiera, pero al que me había acostumbrado, y cuando no estaba cerca, lo echaba en falta. Ya me había acostumbrado a los ruidos de la calle y de la ciudad, pero al principio me aterrorizaban.

Desde que murió papá, he pasado más tiempo en el bolsillo de mi hermano que en ningún otro lugar. Mucho tiempo, casi tanto tiempo como en la caja de música que redecoró para mí. De la caja de música al bolsillo, del bolsillo de mi hermano a casa. Yo no medía más de quince centímetros, uno por cada año de vida. Los médicos decían que iba a seguir el proceso de crecimiento normal para mi tamaño, y que no sobrepasaría los veinte centímetros en la edad adulta. Pero yo tenía la esperanza de seguir el ritmo del centímetro por año, y tal vez en mi vejez llegar a alcanzar el metro. Siempre que viajaba en el bolsillo me acompañaba el reloj de mi hermano, un reloj de plata vieja, que movía las agujas rítmicamente como martilleando hojalata. Un ruido molesto para cualquiera, pero al que me había acostumbrado, y cuando no estaba cerca, lo echaba en falta. Ya me había acostumbrado a los ruidos de la calle y de la ciudad, pero al principio me aterrorizaban.


de Andrés Neuman, Felicidad

Tomado del libro "Por favor, sea breve, antología de relatos hiperbreves, edición de Clara Obligado. Editado por "Páginas de Espuma", 2001.


Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.

Me llamo Marcos. Siempre he querido ser Cristóbal.
No me refiero a llamarme Cristóbal. Cristóbal es mi amigo; iba a decir el mejor, pero diré que el único.
Gabriela es mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo diría que Gabriela es su plato predilecto.


de David Rhodes, Rock Island Line

De David Rhodes, Rock Island Line (Nueva York: Harpet & Row, 1975). Tomado de "Para ser novelista", de John Gardner (Ediciones Fuentetaja)


Los más mayores recuerdan a Della y Wilson Montgomery tan bien como si el domingo anterior, después de la cena que se improvisaba en la iglesia, éstos hubieran subido a su Chevrolet gris para volver a su casa de campo; Della sacando el brazo por la ventanilla para despedirse y Wilson, inclinado sobre el volante, conduciendo con las dos manos. Los recuerdan como si ayer mismo hubieran pasado en coche frente a la casa de piedra arenisca de los Montgomery y los hubieran visto sentados en el balancín del porche, Wilson meciéndolo, lenta y concienzudamente atrás y adelante, Della sonriendo, tocando el sueño con los piececitos sólo a la vuelta, ambos con aspecto de niños dóciles y discretos.

Los más mayores recuerdan a Della y Wilson Montgomery tan bien como si el domingo anterior, después de la cena que se improvisaba en la iglesia, éstos hubieran subido a su Chevrolet gris para volver a su casa de campo; Della sacando el brazo por la ventanilla para despedirse y Wilson, inclinado sobre el volante, conduciendo con las dos manos. Los recuerdan como si ayer mismo hubieran pasado en coche frente a la casa de piedra arenisca de los Montgomery y los hubieran visto sentados en el balancín del porche, Wilson meciéndolo, lenta y concienzudamente atrás y adelante, Della sonriendo, tocando el sueño con los piececitos sólo a la vuelta, ambos con aspecto de niños dóciles y discretos.


Comprar estrelllas

De las estrellas de casa de Berna (y de Lara), compradas el mismo día, poco antes de unas Navidades en Madrid.


Es diciembre y no dejo de hacer cuentas en la calculadora. Necesito que me lleguen los ahorros para comprar estrellas. Las estrellas las venden en Ikea, son siete filas de estrellas colgadas que se iluminan por la noche y dan una luz suave todo el año. Quiero comprar varias cajas para mamá, pero en Ikea solo las venden por Navidad, no son caras, pero las cuentas con la calculadora no me salen. O se quedan justas. Si quito las vacaciones todo encajaría, en realidad solo con encontrar a alguien que cuidara de Keko todo encajaría, los hoteles para perros son caros, muy caros, más aún en Navidad. Si no dejo a Keko no puedo viajar a casa a colgar las estrellas. Mamá sueña con ellas, es la última Navidad que estará con nosotros. Si me llevo a Keko, puedo comprar sin problemas las estrellas, varias cajas, y decorar su habitación. Pero a mamá, a mamá le dan miedo los perros.

Es diciembre y no dejo de hacer cuentas en la calculadora. Necesito que me lleguen los ahorros para comprar estrellas. Las estrellas las venden en Ikea, son siete filas de estrellas colgadas que se iluminan por la noche y dan una luz suave todo el año. Quiero comprar varias cajas para mamá, pero en Ikea solo las venden por Navidad, no son caras, pero las cuentas con la calculadora no me salen. O se quedan justas. Si quito las vacaciones todo encajaría, en realidad solo con encontrar a alguien que cuidara de Keko todo encajaría, los hoteles para perros son caros, muy caros, más aún en Navidad. Si no dejo a Keko no puedo viajar a casa a colgar las estrellas. Mamá sueña con ellas, es la última Navidad que estará con nosotros. Si me llevo a Keko, puedo comprar sin problemas las estrellas, varias cajas, y decorar su habitación. Pero a mamá, a mamá le dan miedo los perros.




Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.
Subí corriendo por la playa.
Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
-Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
-Espera que vea mi carne de gallina -dije.

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.
Subí corriendo por la playa.
Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
-Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
-Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
-Espera que vea mi carne de gallina -dije.




Hermanita siempre las llamó gafas japonesas, estas gafas tan cursis que se llevaron durante un tiempo, de las que tienen los bordes de arriba puntiagudos hacia fuera, como cuando te estiras los ojos para poner cara de japonés. Hermanita las llamaba así, gafas japonesas, porque le recordaban a cuando yo me estiraba los ojos para hacer de japonés. Ella nunca había visto a un japonés. Yo le dije que no existían, que no había gente con los ojos estirados, que era mentira. Hace una semana vino al pueblo a exponer una fotógrafa con nombre chino, japonés, o lo que fuera, con muchas letras. Hermanita se escapó de casa cuando me despisté, y corrió a la exposición para verle los ojos a la japonesa. Cuando me di cuenta fui detrás, pero no la encontré por ningún sitio. Esperé un buen rato en la puerta de entrada de la exposición, pero no salía. La última en irse fue la fotógrafa japonesa, con unas gafas oscuras, color rosa, de las que tienen las puntas estiradas, pero no había visto a ninguna niña. Hermanita lleva una semana perdida, y no la encontramos.

Hermanita siempre las llamó gafas japonesas, estas gafas tan cursis que se llevaron durante un tiempo, de las que tienen los bordes de arriba puntiagudos hacia fuera, como cuando te estiras los ojos para poner cara de japonés. Hermanita las llamaba así, gafas japonesas, porque le recordaban a cuando yo me estiraba los ojos para hacer de japonés. Ella nunca había visto a un japonés. Yo le dije que no existían, que no había gente con los ojos estirados, que era mentira. Hace una semana vino al pueblo a exponer una fotógrafa con nombre chino, japonés, o lo que fuera, con muchas letras. Hermanita se escapó de casa cuando me despisté, y corrió a la exposición para verle los ojos a la japonesa. Cuando me di cuenta fui detrás, pero no la encontré por ningún sitio. Esperé un buen rato en la puerta de entrada de la exposición, pero no salía. La última en irse fue la fotógrafa japonesa, con unas gafas oscuras, color rosa, de las que tienen las puntas estiradas, pero no había visto a ninguna niña. Hermanita lleva una semana perdida, y no la encontramos.


de Carlos Vitale, La puerta condenada

Carlos Vitale, del libro de relatos "Descortesía del Suicida". Nuevas Ediciones de Bolsillo, S.L Barcelona 2001.


De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Desconozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir.

De niño, en el barrio, se relataba la aventura de un vecino que había sobrevivido a un naufragio flotando durante una semana sobre una puerta. Desconozco quién era e incluso si la peripecia acaeció de verdad, pero no dejo de meditar en ese hombre, azul y agua, negro y agua, asido a una puerta por la que no es posible huir.




Él subió a casa un banco de la calle, de madera, con una fecha grabada. No era un banco completo, le faltaba la mitad del centro, como si hubiera encogido con la lluvia. Cuando se sentó en el banco, abajo en la calle, se dio cuenta que se balanceaba, le faltaban los tornillos de la izquierda, y los de la derecha estaban flojos. Los ayudó a salir, empujando con la uña, y subió a casa el medio banco de madera. Lo plantó en el centro del salón y se sentó de espaldas a la puerta.

Cuando llegó su mujer, no dijo nada, se limitó a sorprenderse en silencio. Se acercó al banco y le dio dos vueltas completas, en los dos sentidos, por si veía algo extraño en los ojos de su marido. Todo estaba bien, él simplemente estaba sentado de espaldas a la puerta. La mujer se quedó por detrás del banco, vio la fecha grabada en el primer tablón, en el tablón que su marido recostaba la cabeza. Los números estaban bien marcados, hundiéndose en la madera, como oscuros. Los tocó para asegurarse que estaban ahí. La fecha correspondía al día de hoy.

Él subió a casa un banco de la calle, de madera, con una fecha grabada. No era un banco completo, le faltaba la mitad del centro, como si hubiera encogido con la lluvia. Cuando se sentó en el banco, abajo en la calle, se dio cuenta que se balanceaba, le faltaban los tornillos de la izquierda, y los de la derecha estaban flojos. Los ayudó a salir, empujando con la uña, y subió a casa el medio banco de madera. Lo plantó en el centro del salón y se sentó de espaldas a la puerta.

Cuando llegó su mujer, no dijo nada, se limitó a sorprenderse en silencio. Se acercó al banco y le dio dos vueltas completas, en los dos sentidos, por si veía algo extraño en los ojos de su marido. Todo estaba bien, él simplemente estaba sentado de espaldas a la puerta. La mujer se quedó por detrás del banco, vio la fecha grabada en el primer tablón, en el tablón que su marido recostaba la cabeza. Los números estaban bien marcados, hundiéndose en la madera, como oscuros. Los tocó para asegurarse que estaban ahí. La fecha correspondía al día de hoy.


de Enrique Anderson Imbert, Unicornio

Tomado del libro "Por favor, sea breve, antología de relatos hiperbreves, edición de Clara Obligado". Editado por "Páginas de Espuma, 2001.


Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.

-Te conozco -dijo riéndose la muchacha-. ¿Crees que voy a cometer la tontería de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una metáfora.

Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.

Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.

-Te conozco -dijo riéndose la muchacha-. ¿Crees que voy a cometer la tontería de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una metáfora.

Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.




Justo antes de entrar al mercadillo de Covent Garden, encuentras un mundo aparte. La calle de los mimos. Una calle peatonal en la que te rodean por ambos lados prestidigitadores, trapecistas y lectores de tarot. Hombres de oro llorando con lágrimas negras, mendigos con sus cinco perros diminutos, mujeres mitad anciana despeinada mitad princesa de cuentos. Es todo un mundo cruzar la calle con prisas, no puedes evitar detenerte en cada mimo. Hoy pasé por allí dos veces, a la vuelta estaba anocheciendo y la calle estaba casi vacía, todos los mimos se habían recogido. Solo quedaban dos, sentados en el suelo; la bruja del tarot mascando tabaco, leyéndole la fortuna al hombre de plata.