A papá se le ha metido en la cabeza enseñarme a jugar al ajedrez. Hoy me ha llamado a su despacho después de comer, y me ha sentado en uno de los sillones verdes de cuero, encajándolo bien en la mesa, en el más viejo de todos, uno te traga entero sin preguntar. Ha sacado el tablero grande de madera y las piezas de cristal que le trajeron de un sitio de Italia. Es más divertido cuando juego yo solo, con mis piezas de plástico. No me ha dejado ordenar las piezas como siempre, dijo que según la reglas debíamos colocar las blancas por un lado y las negras enfrente.
Cada vez que le preguntaba algo, carraspeaba y se aflojaba un poco el nudo de la corbata. En dos filas cada color, me dijo que las pequeñas, los soldados, se llamaban peones. A esos peones los puso en una fila delante de los demás, la otra fila la acomodó por orden de tamaño o algo parecido. A los comandantes de regimiento los llamó alfiles, torres a los puestos de vigilancia del fuerte, y caballos a los jinetes del pelotón.
Cuando terminó de ordenar todas las piezas quedaba medio tablero vacío, era un poco raro. Me empezó a explicar que cada pieza se movía de una forma, saltando en los cuadros, en diagonal, o avanzando uno sí, uno no. Es muy difícil. Le pedí que me dejara explicarle mi forma de jugar, y después de ajustarse más el nudo de la corbata, me dijo que no le parecía mal. Pero cuando metí las piezas en la caja y empecé a removerlas para que se mezclaran bien, me quitó la caja de un manotazo, y me gritó que se iban a dañar las puntas y no se qué del tablero y la resina.
Me apañé para desencajarme del sillón y salir del despacho. Papá se quedó ahí toda la tarde, con la puerta abierta, volvió a colocar cada pieza donde estaba. Se quedó en silencio, mirando las piezas, creo que estaba esperando que se movieran. Yo me fui a mi habitación sin hacer ruido, y me puse a jugar con mi ajedrez de plástico, y el tablero de cartón, que doblado en dos partes es un campamento de apaches. De vez en cuando me asomaba a su despacho, y seguía ahí, sentado en silencio, ajustándose el nudo de la corbata. Alguna de las veces le vi coger una pieza, sacarle brillo con un paño azul y volverla a colocar en su sitio.
