Archivos Mayo 2005



Sus manos olían como mi fortuna, a aceite de coco y a tabaco. En verano a aceite de coco, en invierno a tabaco. En verano se untaba de aceite de coco todo el cuerpo después de tomar el sol, su cuerpo brillaba y olía a coco, sobre todo olían sus manos mientras barajaba las cartas. En invierno sus manos olían a tabaco. Trabajaba con las manos y su baraja de tarot. Distribuía las doce cartas de forma ritual sobre la alfombra, dejando un rastro perfumado de coco en verano y de tabaco en invierno, al mover sus manos rápido, como cortando el aire, cortando el futuro.

Sus manos olían como mi fortuna, a aceite de coco y a tabaco. En verano a aceite de coco, en invierno a tabaco. En verano se untaba de aceite de coco todo el cuerpo después de tomar el sol, su cuerpo brillaba y olía a coco, sobre todo olían sus manos mientras barajaba las cartas. En invierno sus manos olían a tabaco. Trabajaba con las manos y su baraja de tarot. Distribuía las doce cartas de forma ritual sobre la alfombra, dejando un rastro perfumado de coco en verano y de tabaco en invierno, al mover sus manos rápido, como cortando el aire, cortando el futuro.




«Hay otros mundos, pero están en éste.»

«Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado.»

«Hay otros mundos, pero están en éste.»

«Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado.»




Llovía. No me dejaban nadar en piscina cuando llovía. Tampoco cuando era de noche, o cuando había acabado de comer, aún menos sin darme una ducha antes de entrar al agua. Me escapé por la tarde apenas empezó a llover, mientras mi madre recogía las sábanas blancas del tendedero del jardín. Llegué corriendo hasta el borde de la piscina. Las gotas caían suaves sobre el agua, a un ritmo perfecto, rítmico, desigual. Como sin querer. Me recordaban al pestañeo de la abuela. Desde el agua, asomada al borde de la piscina, veía a mamá recogiendo las sábanas blancas a toda prisa, atropellándose un poco, para no tardar más que dos pestañeos de la abuela.

Llovía. No me dejaban nadar en piscina cuando llovía. Tampoco cuando era de noche, o cuando había acabado de comer, aún menos sin darme una ducha antes de entrar al agua. Me escapé por la tarde apenas empezó a llover, mientras mi madre recogía las sábanas blancas del tendedero del jardín. Llegué corriendo hasta el borde de la piscina. Las gotas caían suaves sobre el agua, a un ritmo perfecto, rítmico, desigual. Como sin querer. Me recordaban al pestañeo de la abuela. Desde el agua, asomada al borde de la piscina, veía a mamá recogiendo las sábanas blancas a toda prisa, atropellándose un poco, para no tardar más que dos pestañeos de la abuela.


del Crónica, El mate no es una bebida

Tomado de la Sección "Apuntes desde el margen" del diario "Crónica" de la ciudad de Comodoro Rivadavia, Argentina, el 4 de abril de 2004.


El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más que nada una costumbre. El mate es exactamente lo contrario de la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo. Cuando alguien llega a tu casa la primera frase es "hola" y la segunda "¿unos mates?". Esto pasa en todas las casas. En las de los ricos y en las de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian.

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es en lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los hijos de puta. Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito con mucha azúcar, y se sienten grandes.

El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más que nada una costumbre. El mate es exactamente lo contrario de la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo. Cuando alguien llega a tu casa la primera frase es "hola" y la segunda "¿unos mates?". Esto pasa en todas las casas. En las de los ricos y en las de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian.

Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es en lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los hijos de puta. Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito con mucha azúcar, y se sienten grandes.




No tengo gusto, lo perdí. Comer, como con los ojos, con las manos. No me queda otra. Sobre todo me gustan los helados. Sentarme delante de un sorbete de limón, observar con firmeza las tres bolas redondas de color pajarito hasta que empiezan a derretirse de forma tímida, callada, a cámara lenta. Acercarme al sorbete, sin llegar todavía a tocar las bolas de limón, sintiendo el frío del helado susurrándome en la mejilla. Acercarme un poco más y rozarlo con la punta de la nariz, pintarme la punta de la nariz como un payaso de sorbete de limón. Separarme un poco, hacer crujir los nudillos y hundir los diez dedos, lentamente, notando que el helado de acomoda entre ellos, con todo su frío. Destrozar las bolas con las dos manos hasta que terminan de derretirse, remover, separar los cachitos de limón. Y cuando ya es líquido, bebérmelo.

No tengo gusto, lo perdí. Comer, como con los ojos, con las manos. No me queda otra. Sobre todo me gustan los helados. Sentarme delante de un sorbete de limón, observar con firmeza las tres bolas redondas de color pajarito hasta que empiezan a derretirse de forma tímida, callada, a cámara lenta. Acercarme al sorbete, sin llegar todavía a tocar las bolas de limón, sintiendo el frío del helado susurrándome en la mejilla. Acercarme un poco más y rozarlo con la punta de la nariz, pintarme la punta de la nariz como un payaso de sorbete de limón. Separarme un poco, hacer crujir los nudillos y hundir los diez dedos, lentamente, notando que el helado de acomoda entre ellos, con todo su frío. Destrozar las bolas con las dos manos hasta que terminan de derretirse, remover, separar los cachitos de limón. Y cuando ya es líquido, bebérmelo.


de José María Merino, Ecosistema

Tomado del libro "Por favor, sea breve, antología de relatos hiperbreves, edición de Clara Obligado". Editado por "Páginas de Espuma, 2001.


El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciesen. En otoño, aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciesen. En otoño, aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.




En verano aparecieron unas gafas en uno de los buzones verdes de la Castellana. Eran metálicas, estaban apoyadas del revés, y tenían rota la patilla derecha, cortada por la mitad. El primero en verlas fue el cartero, se las probó extrañado porque siempre había querido verse con gafas; al levantar la cabeza notó que la patilla derecha se le clavaba, y vio el mundo mucho mejor. Su carrito de cartas estaba vacío, las manecillas de su reloj de pulsera se habían parado y había salido el sol, que le sonreía. Se quitó las gafas y con respeto, las dejó tal cual estaban, apoyadas del revés, encima del buzón verde. Se marchó a casa tarareando entre dientes, con su carrito vacío, y en la esquina le dijo a la quiosquera que las gafas rotas del buzón eran milagrosas. La quiosquera se acercó al buzón, intrigada, nunca había hecho caso a lo que decía el cartero, pero estaba curiosa, como un niño pequeño.

En verano aparecieron unas gafas en uno de los buzones verdes de la Castellana. Eran metálicas, estaban apoyadas del revés, y tenían rota la patilla derecha, cortada por la mitad. El primero en verlas fue el cartero, se las probó extrañado porque siempre había querido verse con gafas; al levantar la cabeza notó que la patilla derecha se le clavaba, y vio el mundo mucho mejor. Su carrito de cartas estaba vacío, las manecillas de su reloj de pulsera se habían parado y había salido el sol, que le sonreía. Se quitó las gafas y con respeto, las dejó tal cual estaban, apoyadas del revés, encima del buzón verde. Se marchó a casa tarareando entre dientes, con su carrito vacío, y en la esquina le dijo a la quiosquera que las gafas rotas del buzón eran milagrosas. La quiosquera se acercó al buzón, intrigada, nunca había hecho caso a lo que decía el cartero, pero estaba curiosa, como un niño pequeño.


de Orson Scott Card, El juego de Ender

Fragmentos de "El juego de Ender", título original, "Ender´s Game". Primer libro de la saga, le siguen "La voz de los muertos" y "Ender el xenocida" y "Los hijos de la mente", "La sombra de Ender", el quinto libro, cuenta una historia pararela del primero.


Y luego, para entretenerse, se puso a pensar que estaba bajando por la pared. Lo hizo mentalmente, auto convencido de ello aunque tenía en contra la evidencia de la gravedad. Se vio aferrándose firmemente al asiento, a pesar de que la fuerza de la gravedad tiraba de él hacia el asiento.

Los demás chicos botaban en sus asientos, dándose codazos y empujones, gritando. Ender encontró las correas, descubrió cómo se ponían para que le sujetaran por la ingle, la cintura y los hombros. Se imaginó la nave pendiendo boca abajo de la tierra, con los dedos de gigante de la gravedad sujetándola firmemente en su sitio. «Pero nos escabulliremos -pensó-. Nos vamos a caer de este planeta.» No se dio cuenta de su significado entonces.

Y luego, para entretenerse, se puso a pensar que estaba bajando por la pared. Lo hizo mentalmente, auto convencido de ello aunque tenía en contra la evidencia de la gravedad. Se vio aferrándose firmemente al asiento, a pesar de que la fuerza de la gravedad tiraba de él hacia el asiento.

Los demás chicos botaban en sus asientos, dándose codazos y empujones, gritando. Ender encontró las correas, descubrió cómo se ponían para que le sujetaran por la ingle, la cintura y los hombros. Se imaginó la nave pendiendo boca abajo de la tierra, con los dedos de gigante de la gravedad sujetándola firmemente en su sitio. «Pero nos escabulliremos -pensó-. Nos vamos a caer de este planeta.» No se dio cuenta de su significado entonces.




El doctor Soto era un enfermo mental. Su enfermedad, los libros de bolsillo. Decían que no existía cura alguna. Compraba todos los libros de bolsillo que salían al mercado, en todas sus ediciones, desde 1993. Al poco tiempo tuvo que trasladarse a una casa más grande con más metros cuadrados para estanterías. No podía salir a la calle sin una mochila repleta de libros de bolsillo, no se sentía seguro, no era él mismo. Le gustaban porque tenían tapas blandas. Su obsesión era tal que nada más ver a una persona por la calle, en el autobús o en el metro que leía un libro de bolsillo; se acercaba hasta ella sin importarle nada más que leer el título, el autor, conocer la editorial, la tipografía. Era un experto. Llego el día que tuvo la necesidad de escribir su propio libro, contando la historia de un loco que coleccionaba libros de bolsillos. Se lo publicaron al poco tiempo. No tuvo más remedio que suicidarse. La editorial lo sacó a la calle ilustrado y con tapas duras.

El doctor Soto era un enfermo mental. Su enfermedad, los libros de bolsillo. Decían que no existía cura alguna. Compraba todos los libros de bolsillo que salían al mercado, en todas sus ediciones, desde 1993. Al poco tiempo tuvo que trasladarse a una casa más grande con más metros cuadrados para estanterías. No podía salir a la calle sin una mochila repleta de libros de bolsillo, no se sentía seguro, no era él mismo. Le gustaban porque tenían tapas blandas. Su obsesión era tal que nada más ver a una persona por la calle, en el autobús o en el metro que leía un libro de bolsillo; se acercaba hasta ella sin importarle nada más que leer el título, el autor, conocer la editorial, la tipografía. Era un experto. Llego el día que tuvo la necesidad de escribir su propio libro, contando la historia de un loco que coleccionaba libros de bolsillos. Se lo publicaron al poco tiempo. No tuvo más remedio que suicidarse. La editorial lo sacó a la calle ilustrado y con tapas duras.


de Arthur C. Clarke, El otro tigre

Del libro "Cuentos del Planeta Tierra", publicado en español por Ediciones B, 1991, traducción de Josep Ferrer i Aleu, © 1990 by Byron Preiss Visual Publications Inc. © Por todas las historias: 1990 by Arthur C. Clarke.


-Es una teoría interesante -opinó Arnold-, pero no veo cómo podrás demostrarla.
Habían llegado a la parte más escarpada del monte, y por un instante, Webb no pudo contestar debido a la fatiga.
-No pretendo hacerlo -dijo cuando hubo recobrado el aliento-. Sólo estoy estudiando las consecuencias.
-Tales como...
-Bueno, seamos lógicos y veamos adonde nos conduce esto. Recuerda que nuestra única presunción es que el universo es infinito.

-Es una teoría interesante -opinó Arnold-, pero no veo cómo podrás demostrarla.
Habían llegado a la parte más escarpada del monte, y por un instante, Webb no pudo contestar debido a la fatiga.
-No pretendo hacerlo -dijo cuando hubo recobrado el aliento-. Sólo estoy estudiando las consecuencias.
-Tales como...
-Bueno, seamos lógicos y veamos adonde nos conduce esto. Recuerda que nuestra única presunción es que el universo es infinito.




Camino descalzo por las calles a primera hora, antes de amanecer. La acera está húmeda, resbala, acaba de pasar el carrito de la limpieza regando todo con mangueras. Casi no queda calor en el asfalto. Mis pies están húmedos y fríos. Me siento en el suelo al lado de un charco y trato de recoger un poco de agua con el cuenco de mis manos. Se escurre siempre. Una de las veces consigo mantener un sorbo de agua y me pongo de pie, con cuidado. No hay remedio, el agua empieza a escurrirse, cae en goterones hasta mis pies descalzos. Empieza a llover, empiezo a correr de charco en charco hasta llegar a un sitio cubierto. Me escondo en la parada de autobús. Me siento en el banco metálico. La lluvia sigue, cada vez más fuerte, noto rebotar en mis pies las gotas al caer. Los charcos de la acera aumentan, recojo mis pies en el banco. Me pongo de pie en el banco. Me sacudo entero, como los perros.

Camino descalzo por las calles a primera hora, antes de amanecer. La acera está húmeda, resbala, acaba de pasar el carrito de la limpieza regando todo con mangueras. Casi no queda calor en el asfalto. Mis pies están húmedos y fríos. Me siento en el suelo al lado de un charco y trato de recoger un poco de agua con el cuenco de mis manos. Se escurre siempre. Una de las veces consigo mantener un sorbo de agua y me pongo de pie, con cuidado. No hay remedio, el agua empieza a escurrirse, cae en goterones hasta mis pies descalzos. Empieza a llover, empiezo a correr de charco en charco hasta llegar a un sitio cubierto. Me escondo en la parada de autobús. Me siento en el banco metálico. La lluvia sigue, cada vez más fuerte, noto rebotar en mis pies las gotas al caer. Los charcos de la acera aumentan, recojo mis pies en el banco. Me pongo de pie en el banco. Me sacudo entero, como los perros.


de Ray Loriga, Caídos del cielo

Capítulo 28 de "Caídos del cielo" ("La pistola de mi hermano") de Ray Loriga, editado por Plaza&Janés, abril 1995.


Estaban en medio de un bosque. Los árboles se tiraban encima de la carretera, una carretera estrecha. Había dejado de llover y todo estaba aún mojado. Faltaba poco para que se hiciera de noche y a esa hora todo se ve más real y a la vez más extraño.

Se bajaron del coche y empezaron a andar. Ella tenía un poco de frío así que él se quitó la camisa negra y se la dio, llevaba una camiseta negra de pico debajo. A ella le rozaba la hierba húmeda en las piernas y a él le rozaba la hierba húmeda en las botas.

-Si sólo pudieras hacer una cosa más, ¿qué harías?

Estaban en medio de un bosque. Los árboles se tiraban encima de la carretera, una carretera estrecha. Había dejado de llover y todo estaba aún mojado. Faltaba poco para que se hiciera de noche y a esa hora todo se ve más real y a la vez más extraño.

Se bajaron del coche y empezaron a andar. Ella tenía un poco de frío así que él se quitó la camisa negra y se la dio, llevaba una camiseta negra de pico debajo. A ella le rozaba la hierba húmeda en las piernas y a él le rozaba la hierba húmeda en las botas.

-Si sólo pudieras hacer una cosa más, ¿qué harías?




Imaginación quiere volar alto, pero cada vez que lo intenta se golpea contra el techo. Cuando cree que por fin es libre, descubre que solamente la han trasladado a una casa de techos altos. Imaginación y Prejuicio se encuentran por la calle, tropiezan sin verse, seguían caminos opuestos. Tropiezan porque Prejuicio camina mirándose los pies e Imaginación anda mirando el cielo. Se disculpan, Imaginación asume la culpa del tropiezo, veinte veces; Prejuicio escucha aburrido y empieza a caminar hacia otro lado. No vuelve la cabeza hasta girar la esquina. Cuando lo hace, ve que Imaginación sigue en el mismo sitio, saltando y estirándose para llegar al cielo. Un buen rato, hasta que le salen alas. A Prejuicio no le gustan las alturas, se da media vuelta y sigue su camino.

Imaginación quiere volar alto, pero cada vez que lo intenta se golpea contra el techo. Cuando cree que por fin es libre, descubre que solamente la han trasladado a una casa de techos altos. Imaginación y Prejuicio se encuentran por la calle, tropiezan sin verse, seguían caminos opuestos. Tropiezan porque Prejuicio camina mirándose los pies e Imaginación anda mirando el cielo. Se disculpan, Imaginación asume la culpa del tropiezo, veinte veces; Prejuicio escucha aburrido y empieza a caminar hacia otro lado. No vuelve la cabeza hasta girar la esquina. Cuando lo hace, ve que Imaginación sigue en el mismo sitio, saltando y estirándose para llegar al cielo. Un buen rato, hasta que le salen alas. A Prejuicio no le gustan las alturas, se da media vuelta y sigue su camino.




Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río, los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.




Un jabalí. Una partida al Risk. Dos cartas sinceras en folios amarillos. Varias miradas. Un gato naranja y torpe en equilibrio en una silla. Un mundo fantástico con su tierra de nadie. Varios secretos a voces. Una pasta boloñesa y zanahorias congeladas. Varias risas. Dos trabajos y un sueño cumplido. Una botella de lambrusco tinto. Más risas. Una boda medieval con caballos y castillo. Y sonrisas, y silencios. Varias letras, muchos grillos. Gracias, Reyna.

Un jabalí. Una partida al Risk. Dos cartas sinceras en folios amarillos. Varias miradas. Un gato naranja y torpe en equilibrio en una silla. Un mundo fantástico con su tierra de nadie. Varios secretos a voces. Una pasta boloñesa y zanahorias congeladas. Varias risas. Dos trabajos y un sueño cumplido. Una botella de lambrusco tinto. Más risas. Una boda medieval con caballos y castillo. Y sonrisas, y silencios. Varias letras, muchos grillos. Gracias, Reyna.




A pesar de ser tan tarde, Ernie estaba de bote en bote. Casi todos los que había allí eran chicos de los últimos cursos de secundario y primeros de universidad. Todos los colegios del mundo dan las vacaciones antes que los colegios donde voy yo. Estaba tan lleno que apenas pude dejar el abrigo en el guardarropa, pero nadie hablaba porque estaba tocando Ernie. Cuando el tío ponía las manos encima del teclado, se callaba todo el mundo como si estuviera en misa. Tampoco era para tanto. Había tres parejas esperando a que le dieran mesa y los seis se mataban por ponerse de puntillas y estirar el cuello para poder ver a Ernie. Habían colocado un enorme espejo delante del piano y un gran foco dirigido a él para que todo el mundo pudiera verle la cara mientras tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara sí. ¿A quién le importaría la cara?

A pesar de ser tan tarde, Ernie estaba de bote en bote. Casi todos los que había allí eran chicos de los últimos cursos de secundario y primeros de universidad. Todos los colegios del mundo dan las vacaciones antes que los colegios donde voy yo. Estaba tan lleno que apenas pude dejar el abrigo en el guardarropa, pero nadie hablaba porque estaba tocando Ernie. Cuando el tío ponía las manos encima del teclado, se callaba todo el mundo como si estuviera en misa. Tampoco era para tanto. Había tres parejas esperando a que le dieran mesa y los seis se mataban por ponerse de puntillas y estirar el cuello para poder ver a Ernie. Habían colocado un enorme espejo delante del piano y un gran foco dirigido a él para que todo el mundo pudiera verle la cara mientras tocaba. Los dedos no se le veían, pero la cara sí. ¿A quién le importaría la cara?


Bob



Conozco a Bob desde que vine a vivir con mi tía. Bob es un tío tranquilo. No es que tenga pachorra, ni que se tome las cosas con calma. No. Es tranquilo, no se altera nunca. A mi primo, el pequeño, le pone nervioso. Bob se sienta en una silla de la cocina con sus ropas anchas y escucha. Escucha y fuma, en cantidades iguales, tabaco de liar de una marca extraña. Mi tía dice que Bob en vez de luchar contra el mundo deja que el mundo se incorpore a su interior, asimilando todo. Mi tía siempre habla así, con moraleja. Nunca he visto a Bob discutir. No es tampoco que esté súper seguro de sí mismo. Es como si siempre te concediera el privilegio de la duda. Tampoco habla mucho, y cuando habla no levanta la voz.

Conozco a Bob desde que vine a vivir con mi tía. Bob es un tío tranquilo. No es que tenga pachorra, ni que se tome las cosas con calma. No. Es tranquilo, no se altera nunca. A mi primo, el pequeño, le pone nervioso. Bob se sienta en una silla de la cocina con sus ropas anchas y escucha. Escucha y fuma, en cantidades iguales, tabaco de liar de una marca extraña. Mi tía dice que Bob en vez de luchar contra el mundo deja que el mundo se incorpore a su interior, asimilando todo. Mi tía siempre habla así, con moraleja. Nunca he visto a Bob discutir. No es tampoco que esté súper seguro de sí mismo. Es como si siempre te concediera el privilegio de la duda. Tampoco habla mucho, y cuando habla no levanta la voz.


de Nacho Vegas, Los años de la caseta

Leído en el número 3 de Club Cultura: «Paralelamente a la música, Nacho Vegas está desarrollando su carrera literaria. "Los años de la caseta" es un texto inédito incluido en su libro de relatos, poesía y monólogos "Política de hechos consumados", de próxima aparición en la Editorial Palmart.»


Caminando a lo largo del paseo marítimo, fijo de pronto la vista y la memoria en las hileras de casetas que ahora están recogidas. Cuento los años que hace de aquello y al menos me salen quince. ¡Quince años! Entonces mis padres y otros matrimonios amigos suyos solían alquilar todos los veranos una caseta. Entras las escaleras catorce y quince de la playa. Dentro de ella los adultos se cambiaban de ropa y guardaban sus bultos. En una ocasión sorprendí sin querer a una amiga de mi madre que se estaba desnudando después de darse un baño. Ella soltó un gritito; y yo me puse rojo de vergüenza. Después mi madre me regañó. Cuando yo entraba para cambiarme también me sorprendía, y también pasaba un enorme apuro, pero como era pequeño nadie le daba importancia. A mí no me gustaba el interior de la caseta; allí dentro la arena estaba fría y era un lugar que irremediablemente relacionaba con la sensación de vergüenza. Antes de la hora de comer nos permitían ir a bañarnos. A darnos un chapuzón, que decían los padres.

Caminando a lo largo del paseo marítimo, fijo de pronto la vista y la memoria en las hileras de casetas que ahora están recogidas. Cuento los años que hace de aquello y al menos me salen quince. ¡Quince años! Entonces mis padres y otros matrimonios amigos suyos solían alquilar todos los veranos una caseta. Entras las escaleras catorce y quince de la playa. Dentro de ella los adultos se cambiaban de ropa y guardaban sus bultos. En una ocasión sorprendí sin querer a una amiga de mi madre que se estaba desnudando después de darse un baño. Ella soltó un gritito; y yo me puse rojo de vergüenza. Después mi madre me regañó. Cuando yo entraba para cambiarme también me sorprendía, y también pasaba un enorme apuro, pero como era pequeño nadie le daba importancia. A mí no me gustaba el interior de la caseta; allí dentro la arena estaba fría y era un lugar que irremediablemente relacionaba con la sensación de vergüenza. Antes de la hora de comer nos permitían ir a bañarnos. A darnos un chapuzón, que decían los padres.




A papá se le ha metido en la cabeza enseñarme a jugar al ajedrez. Hoy me ha llamado a su despacho después de comer, y me ha sentado en uno de los sillones verdes de cuero, encajándolo bien en la mesa, en el más viejo de todos, uno te traga entero sin preguntar. Ha sacado el tablero grande de madera y las piezas de cristal que le trajeron de un sitio de Italia. Es más divertido cuando juego yo solo, con mis piezas de plástico. No me ha dejado ordenar las piezas como siempre, dijo que según la reglas debíamos colocar las blancas por un lado y las negras enfrente.

A papá se le ha metido en la cabeza enseñarme a jugar al ajedrez. Hoy me ha llamado a su despacho después de comer, y me ha sentado en uno de los sillones verdes de cuero, encajándolo bien en la mesa, en el más viejo de todos, uno te traga entero sin preguntar. Ha sacado el tablero grande de madera y las piezas de cristal que le trajeron de un sitio de Italia. Es más divertido cuando juego yo solo, con mis piezas de plástico. No me ha dejado ordenar las piezas como siempre, dijo que según la reglas debíamos colocar las blancas por un lado y las negras enfrente.


de Alejandro Gándara, Un amor pequeño

Gracias, Viki, por el regalo. Novela publicada por Anagrama.


Y para que sepas que no lo has hecho tan mal, llega a la cima, sube de una vez y baja, y verás que no hacía falta correr. Que no existen las montañas malditas, que no existe lo que pudo haber sido y no fue, que lo que tienes no es peor que lo que hubieras tenido. Que no te perdiste en ninguna montaña y mucho menos te perdiste por no haberla subido. (...) No te has perdido ninguna montaña, porque nadie pierde montañas. (...) No hace falta subir montañas. No hace ninguna falta.

Y para que sepas que no lo has hecho tan mal, llega a la cima, sube de una vez y baja, y verás que no hacía falta correr. Que no existen las montañas malditas, que no existe lo que pudo haber sido y no fue, que lo que tienes no es peor que lo que hubieras tenido. Que no te perdiste en ninguna montaña y mucho menos te perdiste por no haberla subido. (...) No te has perdido ninguna montaña, porque nadie pierde montañas. (...) No hace falta subir montañas. No hace ninguna falta.




El mejor sitio para observar el mundo era la zona de columpios azules del patio de mi colegio. Estaba como escondida, un poco alejada de la entrada. Todo el mundo lo llamaba el parque de los columpios, pero en realidad solo había un columpio, montado con una rueda de coche y dos cuerdas ásperas, un poco cojo por el lado derecho. Lo demás eran armatostes, esqueletos metálicos de color azul, en los que te podías colgar boca abajo como los murciélagos, o subir arriba del todo para sentarte allí a observar el mundo. El que más nos gustaba tenía forma de bola, con hierros, tan redondo como el globo terráqueo de clase. Igual de grande. Cuando estabas allí arriba el mundo era inmenso, y estaba todo dentro de ti.

El mejor sitio para observar el mundo era la zona de columpios azules del patio de mi colegio. Estaba como escondida, un poco alejada de la entrada. Todo el mundo lo llamaba el parque de los columpios, pero en realidad solo había un columpio, montado con una rueda de coche y dos cuerdas ásperas, un poco cojo por el lado derecho. Lo demás eran armatostes, esqueletos metálicos de color azul, en los que te podías colgar boca abajo como los murciélagos, o subir arriba del todo para sentarte allí a observar el mundo. El que más nos gustaba tenía forma de bola, con hierros, tan redondo como el globo terráqueo de clase. Igual de grande. Cuando estabas allí arriba el mundo era inmenso, y estaba todo dentro de ti.


de Sam Shepard (Crónicas de motel)

Fragmento de "Crónicas de motel", editado por Anagrama (Compactos Anagrama). Traducción de Enrique Murillo.


Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba por ejemplo agachado en el huerto, reparando las tuberías de negó o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel.

Cada vez que oía pasar un avión por encima de nuestras tierras mi papá tenía la costumbre de pasarse los dedos por la cicatriz de metralla de su nuca. Estaba por ejemplo agachado en el huerto, reparando las tuberías de negó o el tractor, y si oía un avión se enderezaba lentamente, se quitaba su sombrero mejicano, se alisaba el pelo con la mano, se secaba el sudor en el muslo, sostenía el sombrero por encima de la frente para hacerse sombra, miraba con los ojos entrecerrados hacia el cielo, localizaba el avión guiñando un ojo, y empezaba a tocarse la nuca. Se quedaba así, mirando y tocando. Cada vez que oía un avión se buscaba la cicatriz. Le había quedado un diminuto fragmento de metal justo debajo mismo de la superficie de la piel.




A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, el caracol ya no estaba allí. Lo habíamos dejado en la fuente de piedra -les gusta mucho el agua- nos dijeron. No estábamos seguros si estaba vivo o muerto, nunca habíamos visto un caracol dormido. Dormido, con la cabeza y las antenas, todo escondido en el caparazón. El caparazón era una espiral de azul y de oro, todo enroscado en sí mismo. La cabeza no se le veía para nada, parecía muerto y abandonado su cuerpo para las hormigas. Pero no estaba muerto, sino que dormía, y seguramente, soñaba, que le cogían creyéndole muerto, y le daban un paseo atravesando el campo de trigo, hasta la fuente de piedra.

A la mañana siguiente, cuando nos despertamos, el caracol ya no estaba allí. Lo habíamos dejado en la fuente de piedra -les gusta mucho el agua- nos dijeron. No estábamos seguros si estaba vivo o muerto, nunca habíamos visto un caracol dormido. Dormido, con la cabeza y las antenas, todo escondido en el caparazón. El caparazón era una espiral de azul y de oro, todo enroscado en sí mismo. La cabeza no se le veía para nada, parecía muerto y abandonado su cuerpo para las hormigas. Pero no estaba muerto, sino que dormía, y seguramente, soñaba, que le cogían creyéndole muerto, y le daban un paseo atravesando el campo de trigo, hasta la fuente de piedra.


de Paul Auster, Nueva York, modo de empleo (Manual para Ciudad Gótica)

De "Manual para Ciudad Gótica". Traducción del inglés: Santiago Roncagliolo. Leído en el número 5 de Club Cultura: Instrucciones personales para S.C. (Sophie Calle) -redactadas a petición de ella misma- sobre cómo hacer más agradable la vida en Nueva York.


SONREÍR

Sonríe cuando la situación no lo exija. Sonríe cuando estés furiosa, cuando te sientas fatal, cuando te sientas aplastada por el mundo... Y fíjate si sirve de algo.

Sonríe a los desconocidos por la calle. Nueva York puede ser peligrosa, tampoco seas demasiado imprudente. Si prefieres, sonríe sólo a desconocidas (los hombres son muy brutos y es mejor no provocar malentendidos).

En cualquier caso, trata de sonreír lo más posible a la gente que no conoces. Sonríe al cajero que te da tu dinero en el banco, a la camarera que te pone el almuerzo, al que va sentado frente a ti en el metro.

SONREÍR

Sonríe cuando la situación no lo exija. Sonríe cuando estés furiosa, cuando te sientas fatal, cuando te sientas aplastada por el mundo... Y fíjate si sirve de algo.

Sonríe a los desconocidos por la calle. Nueva York puede ser peligrosa, tampoco seas demasiado imprudente. Si prefieres, sonríe sólo a desconocidas (los hombres son muy brutos y es mejor no provocar malentendidos).

En cualquier caso, trata de sonreír lo más posible a la gente que no conoces. Sonríe al cajero que te da tu dinero en el banco, a la camarera que te pone el almuerzo, al que va sentado frente a ti en el metro.




De pequeña tuve tres tesoros: una roca, un manzano y una playa. La roca era una piedra enorme a la salida de casa, tenía tres metros de altura, era mi fuerte de guerra, mi barco pirata y un puente hasta la casa de los vecinos. El manzano lo plantó mi padre el día que yo nací, enterró las semillas de una manzana que se acababa de comer. El árbol creció rápido y fuerte, se hizo más alto que yo. Y la playa estaba a veinte metros de casa. Una playa eterna con fondo de bananeros, botes de pescadores y tres islas verdes perfilando el horizonte. Todo esto era nuestra casita de la playa.

De pequeña tuve tres tesoros: una roca, un manzano y una playa. La roca era una piedra enorme a la salida de casa, tenía tres metros de altura, era mi fuerte de guerra, mi barco pirata y un puente hasta la casa de los vecinos. El manzano lo plantó mi padre el día que yo nací, enterró las semillas de una manzana que se acababa de comer. El árbol creció rápido y fuerte, se hizo más alto que yo. Y la playa estaba a veinte metros de casa. Una playa eterna con fondo de bananeros, botes de pescadores y tres islas verdes perfilando el horizonte. Todo esto era nuestra casita de la playa.


de Truman Capote, Un recuerdo navideño (Tres Cuentos, Anagrama)

Publicado en Compactos Anagrama: "Tres Cuentos". Traducción de Enrique Murillo, 2003. Título original: "A Christmas Memory, One Christmas & The Thanksgiving Visitor".


Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.

Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.

Imaginad una mañana de finales de noviembre. Una mañana de comienzos de invierno, hace más de veinte años. Pensad en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su principal característica es una enorme estufa negra; pero también contiene una gran mesa redonda y una chimenea con un par de mecedoras delante. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.

Una mujer de trasquilado pelo blanco se encuentra de pie junto a la ventana de la cocina. Lleva zapatillas de tenis y un amorfo jersey gris sobre un vestido veraniego de calicó. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero, debido a una prolongada enfermedad juvenil, tiene los hombros horriblemente encorvados. Su rostro es notable, algo parecido al de Lincoln, igual de escarpado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.


Veo veo

Publicado en "Atocha 17.15", por la editorial Libros en Red.


Faltaba menos de media hora para la salida del tren. Pero llevaban esperando en la estación desde las tres de la tarde. En esas dos horas ya podrían haber recorrido buena parte del camino. Juan estaría preparándose para ir a buscarles a la estación. Mucha espera, no pensaba volver a aprovechar que una compañera de trabajo pasara por Atocha en coche. Las maletas se pueden llevar igual de bien en metro. Dos horas esperando. El niño ya había dado varias vueltas al cassette de música estridente, y la nena empezaba a aburrirse mucho.

Faltaba menos de media hora para la salida del tren. Pero llevaban esperando en la estación desde las tres de la tarde. En esas dos horas ya podrían haber recorrido buena parte del camino. Juan estaría preparándose para ir a buscarles a la estación. Mucha espera, no pensaba volver a aprovechar que una compañera de trabajo pasara por Atocha en coche. Las maletas se pueden llevar igual de bien en metro. Dos horas esperando. El niño ya había dado varias vueltas al cassette de música estridente, y la nena empezaba a aburrirse mucho.




En todas las profecías
está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida
que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores,
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.

En todas las profecías
está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida
que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores,
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.




La nube mutó hasta parecerse a un gato, dio media vuelta para que le acariciaran la barriguita y se echó la siesta ronroneando. Al rato se desperezó estirando todos los huesos, y al abrir los ojos comenzó a llover.

La nube mutó hasta parecerse a un gato, dio media vuelta para que le acariciaran la barriguita y se echó la siesta ronroneando. Al rato se desperezó estirando todos los huesos, y al abrir los ojos comenzó a llover.


de Ray Bradbury, El vino del estío

Seguir leyendo: "El vino del estío", ediciones Minotauro 1996. Traducción de Francisco Abelenda. Título original: "Dandelion Wine" © Ray Bradbury || Muy recomendable leerlo en el idioma original (published by Earthlight, 2000).


Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era la madrugada primera del estío.

Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna. Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada, como la luz de un faro, sobre enjambres de olmos y robles y arces. Ahora...

Era una madrugada tranquila. La oscuridad cubría el pueblo y se estaba bien en cama. El verano henchía el aire, el viento soplaba adecuadamente, el aliento del mundo era largo, tibio y lento. Bastaba levantarse y asomarse a la ventana para saber que éste era realmente el tiempo primero de la libertad y la vida, que ésta era la madrugada primera del estío.

Douglas Spaulding, de doce años, abrió los ojos y dejó que el verano lo meciera perezosamente en su corriente nocturna. Acostado, sintió que cabalgaba en los elevados vientos de junio, con el alto poder que le daba el cuarto abovedado de un tercer piso, en el edificio mayor del pueblo. De noche, cuando los árboles eran una única ola, lanzaba su mirada, como la luz de un faro, sobre enjambres de olmos y robles y arces. Ahora...


Hace cinco años

Regalo para el cuarto aniversario de la lista de correo Escritura Creativa.


Estos cinco años han pasado volando, nunca me han pasado tantas cosas como en este tiempo. Lo he calculado dos veces, soy muy mala para las matemáticas, y creo que lo he hecho bien: 9 de junio de 1999. Tenía 18 años. Ese día no estaba estudiando para selectividad, estaba ya cansada de estudiar y repasar, estaría en la piscina con Lalo, riéndonos con Andrés. Lalo y yo nos llevamos cinco años, hoy él está haciendo Selectividad. Se me ha hecho tarde ya para llamarle, vivo una hora por detrás.

Pasé todo ese año cansada, en realidad. He estado rebuscando en internet para comprobar las fechas, he encontrado este titular del ABC: "Más de 35.000 estudiantes se presentan en Madrid a las pruebas de Selectividad, 21/6/99". Ellos lo escriben con mayúscula. Hace cinco años estaba segura que lo mío eran las ciencias, quería meterme en biología, pero me faltó una décima y no pudo ser. Me metí en Químicas, que se parecía. Esa décima cambió mi vida. Creí que en cinco años acabaría la carrera, y que ahora mismo estaría trabajando en un laboratorio.

Estos cinco años han pasado volando, nunca me han pasado tantas cosas como en este tiempo. Lo he calculado dos veces, soy muy mala para las matemáticas, y creo que lo he hecho bien: 9 de junio de 1999. Tenía 18 años. Ese día no estaba estudiando para selectividad, estaba ya cansada de estudiar y repasar, estaría en la piscina con Lalo, riéndonos con Andrés. Lalo y yo nos llevamos cinco años, hoy él está haciendo Selectividad. Se me ha hecho tarde ya para llamarle, vivo una hora por detrás.

Pasé todo ese año cansada, en realidad. He estado rebuscando en internet para comprobar las fechas, he encontrado este titular del ABC: "Más de 35.000 estudiantes se presentan en Madrid a las pruebas de Selectividad, 21/6/99". Ellos lo escriben con mayúscula. Hace cinco años estaba segura que lo mío eran las ciencias, quería meterme en biología, pero me faltó una décima y no pudo ser. Me metí en Químicas, que se parecía. Esa décima cambió mi vida. Creí que en cinco años acabaría la carrera, y que ahora mismo estaría trabajando en un laboratorio.