Archivos Abril 2005



El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?


de Italo Calvino, La Gran Bonanza de las Antillas

Colección Andanzas. Tusquets Editores. Buenos Aires, 1993.


Erase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa del vecino. Al regresar, al alba, encontraba su casa desvalijada. Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto de parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.

Erase un país donde todos eran ladrones. Por la noche cada uno de los habitantes salía con una ganzúa y una linterna sorda, para ir a saquear la casa del vecino. Al regresar, al alba, encontraba su casa desvalijada. Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno robaba al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que robaba al primero. En aquel país el comercio sólo se practicaba en forma de embrollo, tanto de parte del que vendía como del que compraba. El gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos, y por su lado los súbditos sólo pensaban en defraudar al gobierno. La vida transcurría sin tropiezos, y no había ni ricos ni pobres.


de Javier Sagarna, prólogo de Vino un chino y nos vendió un mechero

Prólogo de "Vino un chino y nos vendió un mechero".
Editado por el Taller de Escritura de Madrid, 2001.


No sabría decir después de qué sueño intranquilo mi hijo Diego amaneció convertido en gato. Fue una sorpresa, pero ya nos hemos acostumbrado. Le llamamos Carboncito y es un gato negro, de largos bigotes plateados y grandes ojos de color miel. Es un gato precioso. Carboncito persigue a la niña por el pasillo, corre detrás de cualquier pelota, se nos enreda en las piernas y, si me siento un rato delante de la televisión para ver el resumen del partido del Real Madrid o los desastres del telediario, se me encarama en las rodillas, ronronea y se hace acariciar. Hay veces que me cuesta reconocer al niño detrás de la máscara de gato negro que, no sé cómo, apareció en casa creo que por carnaval.

No sabría decir después de qué sueño intranquilo mi hijo Diego amaneció convertido en gato. Fue una sorpresa, pero ya nos hemos acostumbrado. Le llamamos Carboncito y es un gato negro, de largos bigotes plateados y grandes ojos de color miel. Es un gato precioso. Carboncito persigue a la niña por el pasillo, corre detrás de cualquier pelota, se nos enreda en las piernas y, si me siento un rato delante de la televisión para ver el resumen del partido del Real Madrid o los desastres del telediario, se me encarama en las rodillas, ronronea y se hace acariciar. Hay veces que me cuesta reconocer al niño detrás de la máscara de gato negro que, no sé cómo, apareció en casa creo que por carnaval.




Colégio Palas, Rio de Janeiro, barrio da Tijuca. Recuerdo mis tiempos de colegio en Río tan mezclados como las calles de Madrid. Imágenes sueltas de un todo que no sé pegar. Luego empiezas a andar y dos esquinas que suponías lejanas están a la vuelta una de la otra. Madrid no es tan gigante, no han pasado tantos años. Me gustaría volver para acabar el collage.

Colégio Palas, Rio de Janeiro, barrio da Tijuca. Recuerdo mis tiempos de colegio en Río tan mezclados como las calles de Madrid. Imágenes sueltas de un todo que no sé pegar. Luego empiezas a andar y dos esquinas que suponías lejanas están a la vuelta una de la otra. Madrid no es tan gigante, no han pasado tantos años. Me gustaría volver para acabar el collage.


de Douglas Adams, Guía del autoestopista galáctico

Seguir leyendo: Guía del Autoestopista Galáctico. Editorial Anagrama. Título original: The Hiker?s Guide to the Galaxy Traducción: Benito Gómez Ibáñez © 1979 by Douglas Adams and Pan Books, Londres © 1979 Editorial Anagrama S.A. P. de la Creu 58, Barcelona Depósito Legal B.10541 - 1991


A Jonny Brock, Clare Gorst
y demás arlingtonianos,
por el té, la simpatía y el sofá.

En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.

En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.

Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices.

A Jonny Brock, Clare Gorst
y demás arlingtonianos,
por el té, la simpatía y el sofá.

En los remotos e inexplorados confines del arcaico extremo occidental de la espiral de la galaxia, brilla un pequeño y despreciable sol amarillento.

En su órbita, a una distancia aproximada de ciento cincuenta millones de kilómetros, gira un pequeño planeta totalmente insignificante de color azul verdoso cuyos pobladores, descendientes de los simios, son tan asombrosamente primitivos que aún creen que los relojes de lectura directa son de muy buen gusto.

Este planeta tiene, o mejor dicho, tenía el problema siguiente: la mayoría de sus habitantes eran infelices durante casi todo el tiempo. Muchas soluciones se sugirieron para tal problema, pero la mayor parte de ellas se referían principalmente a los movimientos de pequeños trozos de papel verde; cosa extraña, ya que los pequeños trozos de papel verde no eran precisamente quienes se sentían infelices.




Se cuenta que esto sucedió en la India antigua, en una familia en que la suegra envidiaba a la nuera y siempre estaba buscando bronca. Un día en que la nuera estaba cociendo arroz, la suegra se encolerizó contra ella, sin verdadera razón. La nuera pareció no prestar atención pero de pronto se le vio sacar del fuego un trozo de leña ardiendo y lo lanzó violentamente contra una oveja que se encontraba cerca de allí. La oveja cuya lana se prendió huyó balando y se fue derecha contra una pila de heno que también empezó a arder en un instante.

Se cuenta que esto sucedió en la India antigua, en una familia en que la suegra envidiaba a la nuera y siempre estaba buscando bronca. Un día en que la nuera estaba cociendo arroz, la suegra se encolerizó contra ella, sin verdadera razón. La nuera pareció no prestar atención pero de pronto se le vio sacar del fuego un trozo de leña ardiendo y lo lanzó violentamente contra una oveja que se encontraba cerca de allí. La oveja cuya lana se prendió huyó balando y se fue derecha contra una pila de heno que también empezó a arder en un instante.




«Me acordé del Mago Piedranegra que jugaba con pañuelos y hacía desaparecer elefantes en los escenarios de mi pueblo. Me acordé de mi abuelo, de mi hermana y de varias tías y primas, para siempre en sus ataúdes, en camposantos donde las mariposas se posaban en las tumbas como flores y las flores volaban sobre las lápidas como mariposas. Me acordé de mi perro, perdido durante días, volviendo a casa una nocha de invierno, muy tarde, con la pelambre llena de nieve, barro y hojas. Y de esos recuerdos ocultos en los nombre, perdidos en las listas, empezaron a estallar, a explotar las historias.»

Ray Bradbury, Zen en al arte de escribir

«Me acordé del Mago Piedranegra que jugaba con pañuelos y hacía desaparecer elefantes en los escenarios de mi pueblo. Me acordé de mi abuelo, de mi hermana y de varias tías y primas, para siempre en sus ataúdes, en camposantos donde las mariposas se posaban en las tumbas como flores y las flores volaban sobre las lápidas como mariposas. Me acordé de mi perro, perdido durante días, volviendo a casa una nocha de invierno, muy tarde, con la pelambre llena de nieve, barro y hojas. Y de esos recuerdos ocultos en los nombre, perdidos en las listas, empezaron a estallar, a explotar las historias.»

Ray Bradbury, Zen en al arte de escribir




Artículo 1
Queda decretado que ahora vale la vida,
que ahora vale la verdad,
y que de manos dadas
trabajaremos todos por la vida verdadera.

Artículo 2
Queda decretado que todos los días de la semana,
inclusive los martes más grises,
tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.

Artículo 1
Queda decretado que ahora vale la vida,
que ahora vale la verdad,
y que de manos dadas
trabajaremos todos por la vida verdadera.

Artículo 2
Queda decretado que todos los días de la semana,
inclusive los martes más grises,
tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.




Imagínate a un hombre que tiene que rescatar a gente de cierta prisión. Se ha decidido que sólo hay un modo plausible de llevar esto a cabo. El libertador tiene que entrar en la prisión sin atraer la atención. Debe permanecer allí relativamente libre para actuar durante cierto período. La solución escogida es que entrará como convicto.

Por consiguiente, hace los preparativos, oportunos para que le capturen y le sentencien. Como otros que han caído víctimas de este sistema, se le envía a la prisión que es su meta. Cuando llega, sabe que se le ha despojado de cualquier posible dispositivo que le pudiese haber ayudado en una escapada. Todo lo que posee es su plan, su ingenio, su habilidad y su conocimiento. Por lo demás, tiene que arreglárselas con equipo improvisado, adquirido en la propia prisión.

Imagínate a un hombre que tiene que rescatar a gente de cierta prisión. Se ha decidido que sólo hay un modo plausible de llevar esto a cabo. El libertador tiene que entrar en la prisión sin atraer la atención. Debe permanecer allí relativamente libre para actuar durante cierto período. La solución escogida es que entrará como convicto.

Por consiguiente, hace los preparativos, oportunos para que le capturen y le sentencien. Como otros que han caído víctimas de este sistema, se le envía a la prisión que es su meta. Cuando llega, sabe que se le ha despojado de cualquier posible dispositivo que le pudiese haber ayudado en una escapada. Todo lo que posee es su plan, su ingenio, su habilidad y su conocimiento. Por lo demás, tiene que arreglárselas con equipo improvisado, adquirido en la propia prisión.




Nunca había vivido tan al norte del mundo. No me había dado cuenta hasta ahora, hace un minuto. No me paso los días mirando al sur, hay que mirar hacia delante. A veces vuelvo la cabeza y miro al sur, los del sur me sonríen con sentimientos mezclados. Los del sur me dicen que les salude todos los días, con señales de humo si puede ser. Puedo intentarlo, no será todos los días, que mi reloj adelanta. Pero será.

Nunca había vivido tan al norte del mundo. No me había dado cuenta hasta ahora, hace un minuto. No me paso los días mirando al sur, hay que mirar hacia delante. A veces vuelvo la cabeza y miro al sur, los del sur me sonríen con sentimientos mezclados. Los del sur me dicen que les salude todos los días, con señales de humo si puede ser. Puedo intentarlo, no será todos los días, que mi reloj adelanta. Pero será.




«Los pintores chinos no pintan la naturaleza, la sueñan.» Oliverio Girondo


«¿Vio usted al ladrón? ¿Era chino? ¿No? Qué alivio. Mil millones de sospechosos menos.» (Policía de Scotland Yard de la serie de TV "Un hombre en casa")

«Los pintores chinos no pintan la naturaleza, la sueñan.» Oliverio Girondo


«¿Vio usted al ladrón? ¿Era chino? ¿No? Qué alivio. Mil millones de sospechosos menos.» (Policía de Scotland Yard de la serie de TV "Un hombre en casa")




Yo escribí cinco versos
uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero, una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso
era corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejo en la razón su quemadura,
y bien los hombres,
las mujeres,
vinieron y tomaron la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera,
y con tan poca cosa, construyeron paredes,
pisos, sueños.

Yo escribí cinco versos
uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero, una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso
era corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejo en la razón su quemadura,
y bien los hombres,
las mujeres,
vinieron y tomaron la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera,
y con tan poca cosa, construyeron paredes,
pisos, sueños.




duendes.jpg

Por primera vez la vi hace algo menos de un año, en japonés, con subtítulos en inglés, a una calidad muy triste. Calidad que no le quitaba ni sonrisa a la historia. En el cine salió antes en Madrid que en Londres. La he revisto varias veces después. El mundo de Chihiro está lleno de vida. Para soñar despiertos, y no olvidar que es posible. Los duendes existen.

(Diciembre, 2003)

duendes.jpg

Por primera vez la vi hace algo menos de un año, en japonés, con subtítulos en inglés, a una calidad muy triste. Calidad que no le quitaba ni sonrisa a la historia. En el cine salió antes en Madrid que en Londres. La he revisto varias veces después. El mundo de Chihiro está lleno de vida. Para soñar despiertos, y no olvidar que es posible. Los duendes existen.

(Diciembre, 2003)




Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.




Su nombre oficial era Mercadia, pero todos la conocían como La Ciudad de los Tristes. Se contaba que los visitantes que caían en ella por casualidad y lograban salir, nunca volvían a ser los mismos, como si dejaran olvidada la risa en alguno de sus callejones.

Sus habitantes eran seres grises, fríos, rígidos. Todos vestían igual, se parecían físicamente, no derrochaban palabra ni pensamiento. Caminaban, hablaban, vivían al mismo ritmo. Ritmo monótono. Ritmo aburrido. Nunca reían. No conocían la risa. La risa era algo prohibido y perseguido por la ley. Una forma de vida mecánica, con un horario estricto e inmutable de por vida. Escuela, estudios, universidad, puesto fijo de trabajo. Todo a su hora, todo a su debido tiempo. De los pocos niños que nacían, pocos llegaban a viejos.

Su nombre oficial era Mercadia, pero todos la conocían como La Ciudad de los Tristes. Se contaba que los visitantes que caían en ella por casualidad y lograban salir, nunca volvían a ser los mismos, como si dejaran olvidada la risa en alguno de sus callejones.

Sus habitantes eran seres grises, fríos, rígidos. Todos vestían igual, se parecían físicamente, no derrochaban palabra ni pensamiento. Caminaban, hablaban, vivían al mismo ritmo. Ritmo monótono. Ritmo aburrido. Nunca reían. No conocían la risa. La risa era algo prohibido y perseguido por la ley. Una forma de vida mecánica, con un horario estricto e inmutable de por vida. Escuela, estudios, universidad, puesto fijo de trabajo. Todo a su hora, todo a su debido tiempo. De los pocos niños que nacían, pocos llegaban a viejos.




Las ciudades escondidas

Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo:
-Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina.

El oráculo fue interpretado así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas de ratas que se arrancan de entre los dientes los restos que caen de los dientes de las ratas más amenazadoras; pero está por empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como si jugaran, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de moscas y mosquitos.

Las ciudades escondidas

Una Sibila, interrogada sobre el destino de Marozia, dijo:
-Veo dos ciudades: una de la rata, otra de la golondrina.

El oráculo fue interpretado así: Marozia es una ciudad donde todos corren por galerías de plomo como bandas de ratas que se arrancan de entre los dientes los restos que caen de los dientes de las ratas más amenazadoras; pero está por empezar un nuevo siglo en el que todos en Marozia volarán como las golondrinas por el cielo de verano, llamándose como si jugaran, dando volteretas con las alas inmóviles, despejando el aire de moscas y mosquitos.


de Bárbara Jacobs, El cuento perdido

Leído en La Insignia, Marzo del 2002, a su vez de La Jornada, México.


Si a un poeta es difícil creerle la historia de que perdió su poema consagratorio; bueno, si es difícil creer que a Coleridge lo interrumpieron mientras escribía su poema consagratorio, es imposible tomar por cierto que estas tragedias le sucedan a un cuentista. Quiero decir que un poeta todavía conserva a su alrededor y hasta en su lenguaje una atmósfera inmaterial que lo protege de la duda que él mismo despierta; pero no un cuentista. Mucho menos, si los términos perder o interrumpir participan de la posibilidad de ser metáforas. Sin embargo, lo que me sucedió a mí cuestiona mis propias afirmaciones de que no es creíble que un cuentista pierda su cuento consagratorio o sea interrumpido mientras lo componía. La otra tarde perdí un cuento que un cuentista había perdido y que yo me había encontrado.

Si a un poeta es difícil creerle la historia de que perdió su poema consagratorio; bueno, si es difícil creer que a Coleridge lo interrumpieron mientras escribía su poema consagratorio, es imposible tomar por cierto que estas tragedias le sucedan a un cuentista. Quiero decir que un poeta todavía conserva a su alrededor y hasta en su lenguaje una atmósfera inmaterial que lo protege de la duda que él mismo despierta; pero no un cuentista. Mucho menos, si los términos perder o interrumpir participan de la posibilidad de ser metáforas. Sin embargo, lo que me sucedió a mí cuestiona mis propias afirmaciones de que no es creíble que un cuentista pierda su cuento consagratorio o sea interrumpido mientras lo componía. La otra tarde perdí un cuento que un cuentista había perdido y que yo me había encontrado.




La gente se reía de él cuando contaba sus lluvias. Contaba que la lluvia le perseguía a todos lados, desde que era un niño amigo de los paraguas. Su madre le regaló un chubasquero azul, unas botas de agua y un paraguas a juego, en una de sus primeras Navidades. En el pueblo donde vivían llovía mucho. A él le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos y calarse los pies cuando el agua entraba en las botas. Los charcos eran tener un pedazo de toda esa agua que caía del cielo, para solo para él, para pisarla, salpicar y hacer ruido. Pensaba que así crecería a lo alto, como los árboles crecen con la lluvia. Pero lo único que consiguió fue una pulmonía. Estuvo enfermo un par de semanas, y su madre empezó a tener miedo de la lluvia. Le regaló el paraguas azul, las botas de agua, y el chubasquero a juego.

La gente se reía de él cuando contaba sus lluvias. Contaba que la lluvia le perseguía a todos lados, desde que era un niño amigo de los paraguas. Su madre le regaló un chubasquero azul, unas botas de agua y un paraguas a juego, en una de sus primeras Navidades. En el pueblo donde vivían llovía mucho. A él le gustaba la lluvia, le gustaba chapotear en los charcos y calarse los pies cuando el agua entraba en las botas. Los charcos eran tener un pedazo de toda esa agua que caía del cielo, para solo para él, para pisarla, salpicar y hacer ruido. Pensaba que así crecería a lo alto, como los árboles crecen con la lluvia. Pero lo único que consiguió fue una pulmonía. Estuvo enfermo un par de semanas, y su madre empezó a tener miedo de la lluvia. Le regaló el paraguas azul, las botas de agua, y el chubasquero a juego.




«Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.» Berlioz, Hector


«Todo el mundo quiere llegar a viejo pero nadie quiere serlo.» Held, M.

«Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.» Berlioz, Hector


«Todo el mundo quiere llegar a viejo pero nadie quiere serlo.» Held, M.




Brasil, meu Brasil brasileiro
Meu mulato izoneiro, vou cantar-te nos meus versos

O Brasil, samba que dá, bamboleio que faz gingar
O Brasil do meu amor, terra de Nosso Senhor

Abre a cortina do passado
Tira a mãe preta do serrado
Bota o rei Congo no congado,
Deixa cantar de novo o trovador
A merencória luz da lua
Toda a canção do meu amor

Brasil, meu Brasil brasileiro
Meu mulato izoneiro, vou cantar-te nos meus versos

O Brasil, samba que dá, bamboleio que faz gingar
O Brasil do meu amor, terra de Nosso Senhor

Abre a cortina do passado
Tira a mãe preta do serrado
Bota o rei Congo no congado,
Deixa cantar de novo o trovador
A merencória luz da lua
Toda a canção do meu amor




Hayao Miyazaki lleva 20 años en la vanguardia del cine de animación en Japón. Fue uno de los pioneros de la industria y actualmente es su creador más destacado. Su filmografía muestra una asombrosa unidad de visión y una enorme integridad a pesar de la gran variedad de trabajos que ha llevado a cabo. Esta honestidad puede ser la clave del éxito del que disfruta hoy día.

Productor, diseñador, director, dibujante y escritor, Miyazaki es un artista genial y de los más brillantes de su generación. Su carrera abarca 39 años y durante este tiempo ha abordado todos los temas y ha explorado todos los registros. Con tono satírico, épico o elegíaco ha pasado del retrato al cine de género y ha expresado con una simplicidad ejemplar las grandes pasiones, entregándose al lirismo del alma y a los juegos encantadores de la fantasía...

Hayao Miyazaki lleva 20 años en la vanguardia del cine de animación en Japón. Fue uno de los pioneros de la industria y actualmente es su creador más destacado. Su filmografía muestra una asombrosa unidad de visión y una enorme integridad a pesar de la gran variedad de trabajos que ha llevado a cabo. Esta honestidad puede ser la clave del éxito del que disfruta hoy día.

Productor, diseñador, director, dibujante y escritor, Miyazaki es un artista genial y de los más brillantes de su generación. Su carrera abarca 39 años y durante este tiempo ha abordado todos los temas y ha explorado todos los registros. Con tono satírico, épico o elegíaco ha pasado del retrato al cine de género y ha expresado con una simplicidad ejemplar las grandes pasiones, entregándose al lirismo del alma y a los juegos encantadores de la fantasía...




Llenaba las baldosas de formas y colores. Le gustaba el trazo de la tiza. Cuando llovía o hacía demasiado viento, pintaba debajo de algún techo, balcón, algún toldo o arcada. Un domingo encontró un lápiz tirado en su baldosa preferida cerca de la catedral. Alguien debía haberlo olvidado allí, nadie abandona un lápiz recién afilado. Hacía mucho tiempo que no levantaba un lápiz. Para las baldosas siempre fue mejor la tiza. Ese domingo dibujó un lápiz azul y dorado en la baldosa, olvidando por completo las gárgolas de la catedral. Lo imprimió en una fila de baldosas seguidas. Diferentes colores, diferentes formas del mismo lápiz perdido.

Llenaba las baldosas de formas y colores. Le gustaba el trazo de la tiza. Cuando llovía o hacía demasiado viento, pintaba debajo de algún techo, balcón, algún toldo o arcada. Un domingo encontró un lápiz tirado en su baldosa preferida cerca de la catedral. Alguien debía haberlo olvidado allí, nadie abandona un lápiz recién afilado. Hacía mucho tiempo que no levantaba un lápiz. Para las baldosas siempre fue mejor la tiza. Ese domingo dibujó un lápiz azul y dorado en la baldosa, olvidando por completo las gárgolas de la catedral. Lo imprimió en una fila de baldosas seguidas. Diferentes colores, diferentes formas del mismo lápiz perdido.


de Marina Colansati, Del tamaño de mi hermano

Publicado en Imaginaria, revista quincenal de literatura infantil y juvenil. Cuento extraído, con autorización de sus editores, del libro Lejos como mi querer y otros cuentos del Grupo Editorial Norma (Bogotá, 1996), colección Torre de Papel, serie Torre Amarilla.


Tenía un hermano pequeño, y a nadie más tenía. Hacía mucho tiempo, desde la muerte de sus padres, habitaban los dos solos en esa playa desierta, rodeada de montañas. Pescaban, cazaban, recogían frutos y se sentían felices.

En verdad, tan pequeño era el otro, apenas como la palma de su mano, que el mayor encontraba normal ocuparse él solo de todo. Pero atento siempre a la vigilancia de su hermano, delicado y único en su minúsculo tamaño.

Nada hacía sin llevarlo consigo. Si era día de pesca, allá se iban los dos mar adentro, el mayor metido en el agua hasta los muslos, el menor a caballo en su oreja, ambos inclinados sobre la transparencia del agua, esperando el momento en que el pez se acercaría y ¡zas! caería preso en la celada de sus manos.

Tenía un hermano pequeño, y a nadie más tenía. Hacía mucho tiempo, desde la muerte de sus padres, habitaban los dos solos en esa playa desierta, rodeada de montañas. Pescaban, cazaban, recogían frutos y se sentían felices.

En verdad, tan pequeño era el otro, apenas como la palma de su mano, que el mayor encontraba normal ocuparse él solo de todo. Pero atento siempre a la vigilancia de su hermano, delicado y único en su minúsculo tamaño.

Nada hacía sin llevarlo consigo. Si era día de pesca, allá se iban los dos mar adentro, el mayor metido en el agua hasta los muslos, el menor a caballo en su oreja, ambos inclinados sobre la transparencia del agua, esperando el momento en que el pez se acercaría y ¡zas! caería preso en la celada de sus manos.




¿Cuándo oí hablar por primera vez del arpa de hierba? Bastante antes del otoño ya vivíamos en el cinamomo, así que debió de ser a principios del otoño. Y, naturalmente, fue Dolly quien me lo dijo. Nadie más pudo tener la ocurrencia de llamar a aquello el arpa de hierba.

Si al salir del pueblo se toma el camino de la iglesia, pronto se deja atrás una deslumbrante colina de lápidas blancas como huesos y oscuras flores resecas: el cementerio baptista. Nuestros parientes, los Talbo y los Fenwick, están enterrados allí; mi madre al lado de mi padre, y las tumbas de nuestros familiares, veinte o más, los rodean como las raíces de un árbol pétreo. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta de sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastrada por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.

¿Cuándo oí hablar por primera vez del arpa de hierba? Bastante antes del otoño ya vivíamos en el cinamomo, así que debió de ser a principios del otoño. Y, naturalmente, fue Dolly quien me lo dijo. Nadie más pudo tener la ocurrencia de llamar a aquello el arpa de hierba.

Si al salir del pueblo se toma el camino de la iglesia, pronto se deja atrás una deslumbrante colina de lápidas blancas como huesos y oscuras flores resecas: el cementerio baptista. Nuestros parientes, los Talbo y los Fenwick, están enterrados allí; mi madre al lado de mi padre, y las tumbas de nuestros familiares, veinte o más, los rodean como las raíces de un árbol pétreo. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta de sol y las sombras de color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba, arrastrada por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces.




Vivo a ciento cincuenta kilómetros de la costa, pero a media tarde salí al jardín y sentí el mar. El aire olía a sal y a algas. Volaban dos gaviotas perdidas cruzando las nubes. Este fin de semana tengo que acercarme al mar.

Vivo a ciento cincuenta kilómetros de la costa, pero a media tarde salí al jardín y sentí el mar. El aire olía a sal y a algas. Volaban dos gaviotas perdidas cruzando las nubes. Este fin de semana tengo que acercarme al mar.


de Isabel Allende, La ciudad de las bestias

Seguir leyendo: "La Ciudad de las Bestias", editorial Montena 2002. Editor Círculo de Lectores S.A. 2004. Plaza&Janés 2002.


La Pesadilla
Alexander Coid despertó al amanecer sobresaltado por una pesadilla. Soñaba que un enorme pájaro negro se estrellaba contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se introducía a la casa y se llevaba a su madre. En el sueño él observaba impotente cómo el gigantesco buitre cogía a Lisa Coid por la ropa con sus garras amarillas, salía por la misma ventana rota y se perdía en un cielo cargado de densos nubarrones. Lo despertó el ruido de la tormenta, el viento azotando los árboles, la lluvia sobre el techo, los relámpagos y truenos. Encendió la luz con la sensación de ir en un barco a la deriva y se apretó contra el bulto del gran perro que dormía a su lado. Calculó que a pocas cuadras de su casa el océano Pacífico rugía, desbordándose en olas furiosas contra la cornisa. Se quedó escuchando la tormenta y pensando en el pájaro negro y en su madre, esperando que se calmaran los golpes de tambor que sentía en el pecho. Todavía estaba enredado en las imágenes del mal sueño.
La Pesadilla
Alexander Coid despertó al amanecer sobresaltado por una pesadilla. Soñaba que un enorme pájaro negro se estrellaba contra la ventana con un fragor de vidrios destrozados, se introducía a la casa y se llevaba a su madre. En el sueño él observaba impotente cómo el gigantesco buitre cogía a Lisa Coid por la ropa con sus garras amarillas, salía por la misma ventana rota y se perdía en un cielo cargado de densos nubarrones. Lo despertó el ruido de la tormenta, el viento azotando los árboles, la lluvia sobre el techo, los relámpagos y truenos. Encendió la luz con la sensación de ir en un barco a la deriva y se apretó contra el bulto del gran perro que dormía a su lado. Calculó que a pocas cuadras de su casa el océano Pacífico rugía, desbordándose en olas furiosas contra la cornisa. Se quedó escuchando la tormenta y pensando en el pájaro negro y en su madre, esperando que se calmaran los golpes de tambor que sentía en el pecho. Todavía estaba enredado en las imágenes del mal sueño.



"Y tú me disparaste de mala manera",
dijiste en el café de la esquina,
después de tomar un analgésico
que no iba a curar el dolor de las heridas.
Sí, ya lo sé, cambio los lugares
y se me enredan las calles, las plazas, el café.
Es que vivo perdido en la ciudad donde no estás.
Fue el resultado del disparo
que nos hirió a los dos con una misma bala.
El único que se salvó fue ese poeta
y sus versos
que nos siguen esperando
en otra esquina.

"Y tú me disparaste de mala manera",
dijiste en el café de la esquina,
después de tomar un analgésico
que no iba a curar el dolor de las heridas.
Sí, ya lo sé, cambio los lugares
y se me enredan las calles, las plazas, el café.
Es que vivo perdido en la ciudad donde no estás.
Fue el resultado del disparo
que nos hirió a los dos con una misma bala.
El único que se salvó fue ese poeta
y sus versos
que nos siguen esperando
en otra esquina.




Febrero y siete meses. El mes pasado fue el más largo del año. En menos de cuarenta y ocho horas perdimos una casa, alquilamos la nuestra, fuimos homeless y tortugas durante siete días, hice de espía toda una mañana detrás de una taza de café, llevé un coche francés por todo el centro de Londres, hice saltar la alarma de la cocina del pub a las tantas de un domingo, y encontramos casa nueva. Nueva de verdad, recién construida. Liverpool Street Station, contrato de un año. Es calentita la casa nueva.




Enero del año nuevo. Seis meses en Londres. Ya hemos vivido la parte más fría, con sus nevadas nocturnas y calles heladas. Ya hemos sobrevivido las Navidades, la vuelta fugaz del turrón y los nuditos que deja por dentro. Para el mes que viene hay casa nueva, lejos del cuchitril pulgoso. Estamos aún batallando con las pulgas, pero ellas también caerán.

Nanito dice que con el pelo corto parezco un duende, una hadita, o una mezcla de los dos. Ya no lo tengo tan corto, va creciendo y empiezan a desflecarse las puntas, floreciendo. Las gafotas redondas me achican los ojos de búho, sin ellas parezco un abuelo búho desflecado.


de Ángel Zapata, fragmento de La práctica del relato

"La práctica del relato" de Ángel Zapata. Ediciones Fuentetaja.


Escribir es cuestión de detalle. Según acabamos de estudiar, los personajes, los objetos, las acciones y los escenarios que dan cuerpo a una historia han de ser únicos y peculiares, y el autor de ficciones debe elegirlos con cuidado, huyendo siempre de lo previsible. Con todo ello -eso también- quizá os parezca que me alejo un poco del objetivo de este libro, donde no se trata tanto de qué escribir, sino mas bien de cómo hacerlo. Bueno: pues como podéis imaginar, lo que ocurre es que el qué y el cómo ni siempre resultan separables en una obra literaria... Y si me permitís un juego de palabras, os diría que igual que sucede en la propia vida, también en el espacio de la ficción lo pre-visible no es visible.

Hay que evitar lo previsible, porque le resta visibilidad a cualquier narración. En la vida diaria, ya os digo, también las cosas, los objetos, no pasan desapercibidos con muchísima facilidad. Están ahí, pero no los vemos. Contamos con ellos, sí, y en cambio les prestamos una atención sumaria y prescindidora.

Escribir es cuestión de detalle. Según acabamos de estudiar, los personajes, los objetos, las acciones y los escenarios que dan cuerpo a una historia han de ser únicos y peculiares, y el autor de ficciones debe elegirlos con cuidado, huyendo siempre de lo previsible. Con todo ello -eso también- quizá os parezca que me alejo un poco del objetivo de este libro, donde no se trata tanto de qué escribir, sino mas bien de cómo hacerlo. Bueno: pues como podéis imaginar, lo que ocurre es que el qué y el cómo ni siempre resultan separables en una obra literaria... Y si me permitís un juego de palabras, os diría que igual que sucede en la propia vida, también en el espacio de la ficción lo pre-visible no es visible.

Hay que evitar lo previsible, porque le resta visibilidad a cualquier narración. En la vida diaria, ya os digo, también las cosas, los objetos, no pasan desapercibidos con muchísima facilidad. Están ahí, pero no los vemos. Contamos con ellos, sí, y en cambio les prestamos una atención sumaria y prescindidora.




El gurú y el discípulo estaban debatiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:

-Todo lo que existe es Dios.

El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:

-¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!

El gurú y el discípulo estaban debatiendo sobre cuestiones místicas. El maestro concluyó con la entrevista diciéndole:

-Todo lo que existe es Dios.

El discípulo no entendió la verdadera naturaleza de las palabras de su mentor. Salió de la casa y comenzó a caminar por una callejuela. De súbito, vio frente a él un elefante que venía en dirección contraria, ocupando toda la calle. El jovencito que conducía al animal, gritó avisando:

-¡Eh, oiga, apártese, déjenos pasar!




Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.




De agosto a noviembre, llevo cuatro meses en Londres. Cuando llegué en tren desde Newcastle, pensé que este año el verano estaba juguetón y se escapaba para ir siempre un paso por delante. A finales ya de octubre, parece que el verano londinense es tan travieso como suave, se va sin alborotos cuando llega el otoño con el señor viento. No creo que sea viento del este, porque en vez de traernos a Mary Poppins, nos abraza con remolinos de hojas por las calles, no nos deja abrir la puerta del cuchitril con una sola mano, y a veces es tan fuerte que pienso que con extender los brazos voy a salir volando.




La primera mirada por la ventana al despertarse, el viejo libro vuelto a encontrar, rostros entusiasmados, nieve, el cambio de las estaciones, el periódico, el perro, la dialéctica, ducharse, nadar, música antigua, zapatos cómodos, comprender, música nueva, escribir, plantar, viajar, cantar, ser amable...

La primera mirada por la ventana al despertarse, el viejo libro vuelto a encontrar, rostros entusiasmados, nieve, el cambio de las estaciones, el periódico, el perro, la dialéctica, ducharse, nadar, música antigua, zapatos cómodos, comprender, música nueva, escribir, plantar, viajar, cantar, ser amable...


de Herman Hesse, Rastro de un sueño

Edición Planeta Ant. Literaria.


A resultas de ello abandoné ese trabajo y comencé a dedicarme plenamente a la magia práctica. Si bien mi sueño de artista había resultado ser una ilusión, si bien no era capaz de lograr una Olla de Oro, ni una Flauta Mágica, no obstante era hechicero de nacimiento. Hacía tiempo que había progresado lo suficiente por la ruta oriental de Lao Tsé y el I Ching para llegar a conocer perfectamente el carácter casual y mudable de la llamada realidad. Ahora me valía de la magia para forzar esa realidad a mi gusto, y debo decir que ello me proporcionaba gran satisfacción. Sin embargo, también debo reconocer que no siempre permanecí dentro de los límites de ese preciado jardín que se denomina magia blanca, sino que de vez en cuando el pequeño y vivo fulgor que ardía en mí se extendió hasta el aspecto negro de la misma.

A resultas de ello abandoné ese trabajo y comencé a dedicarme plenamente a la magia práctica. Si bien mi sueño de artista había resultado ser una ilusión, si bien no era capaz de lograr una Olla de Oro, ni una Flauta Mágica, no obstante era hechicero de nacimiento. Hacía tiempo que había progresado lo suficiente por la ruta oriental de Lao Tsé y el I Ching para llegar a conocer perfectamente el carácter casual y mudable de la llamada realidad. Ahora me valía de la magia para forzar esa realidad a mi gusto, y debo decir que ello me proporcionaba gran satisfacción. Sin embargo, también debo reconocer que no siempre permanecí dentro de los límites de ese preciado jardín que se denomina magia blanca, sino que de vez en cuando el pequeño y vivo fulgor que ardía en mí se extendió hasta el aspecto negro de la misma.


El verano es para las bicicletas

De una frase de Lola, en el msn, una tarde de mucho calor en Madrid.


Durante el otoño trabajaba en el mantenimiento de su bicicleta: cambiaba las ruedas, atornillaba los flojos, reajustaba el sillín y repasaba los frenos. En invierno le daba una capa nueva de pintura, mezclando colores y dibujando abstracciones los años más atrevidos. La primavera estaba destinada a la limpieza, sumergir la bicicleta en varios baños de agua jabonosa, frotar el sillín con un paño antiestático, abrillantar el claxon. El primer día de verano era el pistoletazo de salida, emprendía una nueva ruta en su bicicleta, con algo de dinero en los bolsillos, una mochila para el cuaderno de notas y el cepillo de dientes. Sin mapas, sin destino. Sin excusas.

Durante el otoño trabajaba en el mantenimiento de su bicicleta: cambiaba las ruedas, atornillaba los flojos, reajustaba el sillín y repasaba los frenos. En invierno le daba una capa nueva de pintura, mezclando colores y dibujando abstracciones los años más atrevidos. La primavera estaba destinada a la limpieza, sumergir la bicicleta en varios baños de agua jabonosa, frotar el sillín con un paño antiestático, abrillantar el claxon. El primer día de verano era el pistoletazo de salida, emprendía una nueva ruta en su bicicleta, con algo de dinero en los bolsillos, una mochila para el cuaderno de notas y el cepillo de dientes. Sin mapas, sin destino. Sin excusas.