Archivos Marzo 2005

La boda de la higuera

Cuento regalo para Maribel y su filólogo, invierno del 2003.


-Mami, ¿por qué sólo crecen higueras en el jardín?
A Nilo le gustaba regar las higueras del jardín. Su madre nunca le dijo que con la lluvia bastaba, que las higueras no necesitaban alguien que las regara. Nilo se sentía orgulloso de lo bien que crecían sus higueras.
-Mami, ¿por qué?
-Si crecen sólo higueras es porque a esta tierra sólo le gustan las higueras -era cierto, cualquier otro intento de planta no había querido crecer.
Nilo nunca necesitó una respuesta correcta para quedarse satisfecho. Le valía una respuesta razonable, y que la tierra fuera caprichosa y le gustase un tipo de planta, lo era. ¿Por qué no?
-Pero si a la tierra sólo le gustan las higueras, es porque tú has plantado muchas. La has malcriado, mami.
-Yo no planté las higueras.
-¿Crecieron solas?

-Mami, ¿por qué sólo crecen higueras en el jardín?
A Nilo le gustaba regar las higueras del jardín. Su madre nunca le dijo que con la lluvia bastaba, que las higueras no necesitaban alguien que las regara. Nilo se sentía orgulloso de lo bien que crecían sus higueras.
-Mami, ¿por qué?
-Si crecen sólo higueras es porque a esta tierra sólo le gustan las higueras -era cierto, cualquier otro intento de planta no había querido crecer.
Nilo nunca necesitó una respuesta correcta para quedarse satisfecho. Le valía una respuesta razonable, y que la tierra fuera caprichosa y le gustase un tipo de planta, lo era. ¿Por qué no?
-Pero si a la tierra sólo le gustan las higueras, es porque tú has plantado muchas. La has malcriado, mami.
-Yo no planté las higueras.
-¿Crecieron solas?


de Ray Bradbury, Cómo alimentar a la musa y conservarla

Leído en "Zen el arte de escribir". Editorial Minotauro, 1995.


No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras de ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.

Por supuesto, hablamos de La Musa.

El término he desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.

La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.

No es fácil. Nadie lo ha hecho nunca de modo sistemático. Los que más se esfuerzan acaban ahuyentándola al bosque. Los que le vuelven la espalda y se pasean despreocupados, silbando bajito entre dientes, la oyen andar tras de ellos con cautela, atraída por un desdén cuidadosamente adquirido.

Por supuesto, hablamos de La Musa.

El término he desaparecido del lenguaje de nuestro tiempo. Las más de las veces sonreímos al oírlo y evocamos imágenes de una frágil diosa griega cubierta de helechos, arpa en mano, acariciando la frente de nuestro sudoroso Escriba.

La Musa, entonces, es la más asustadiza de las vírgenes. Se sobresalta al menor ruido, palidece si uno le hace preguntas, gira y se desvanece si uno le perturba el vestido.


de Ray Bradbury, Borracho y a cargo de una bicicleta

Leído en "Zen el arte de escribir". Editorial Minotauro, 1995.


[...] Cuando yo tenía tres años mi madre me metía a hurtadillas en un cine dos o tres veces por semana. Mi primera película fue El Jorobado de Notre Dame, de Lon Chaney. Aquel lejano día de 1923 se me curvó para siempre la columna y la imaginación. A partir de entonces supe reconocer a un maravillosamente grotesco compatriota de la oscuridad no bien lo veía. Corría una y otra vez a ver las películas de Chaney para deleitarme de miedo. Llevaba a horcajadas sobre mi vida al Fantasma de la Ópera, de capa escarlata. Y cuando no era el Fantasma era la terrible mano que gesticulaba detrás de la biblioteca en El gato y el canario, invitándome a buscar más oscuridad escondida en los libros.

[...] Cuando yo tenía tres años mi madre me metía a hurtadillas en un cine dos o tres veces por semana. Mi primera película fue El Jorobado de Notre Dame, de Lon Chaney. Aquel lejano día de 1923 se me curvó para siempre la columna y la imaginación. A partir de entonces supe reconocer a un maravillosamente grotesco compatriota de la oscuridad no bien lo veía. Corría una y otra vez a ver las películas de Chaney para deleitarme de miedo. Llevaba a horcajadas sobre mi vida al Fantasma de la Ópera, de capa escarlata. Y cuando no era el Fantasma era la terrible mano que gesticulaba detrás de la biblioteca en El gato y el canario, invitándome a buscar más oscuridad escondida en los libros.


de Guido Eytel, Para que nunca se vaya

Publicado en La Insignia.


Tanto tiempo que no lo veía. Quizás fue por eso que me emocioné al verlo tan flaco y tan viejo, acostado derechito en la cama y con la cabeza hundida en la almohada. Cuando llegamos me pareció que trataba de levantarla y sonreír. Esa mañana había pasado Alberto por mi casa y le noté en la cara que algo feo estaba pasando.

- El viejo Mateo está mal - me dijo - Vamos a verlo.

- ¿Y Samuelito? - le pregunté.

- Nos va a esperar en el paradero. Anda a buscar tu instrumento. Casi dudé, pero no le pregunté nada. Fui a buscar la guitarra, la metí en el estuche negro, me puse la corbata y la chaqueta y me despedí de la Rosaura.

Tanto tiempo que no lo veía. Quizás fue por eso que me emocioné al verlo tan flaco y tan viejo, acostado derechito en la cama y con la cabeza hundida en la almohada. Cuando llegamos me pareció que trataba de levantarla y sonreír. Esa mañana había pasado Alberto por mi casa y le noté en la cara que algo feo estaba pasando.

- El viejo Mateo está mal - me dijo - Vamos a verlo.

- ¿Y Samuelito? - le pregunté.

- Nos va a esperar en el paradero. Anda a buscar tu instrumento. Casi dudé, pero no le pregunté nada. Fui a buscar la guitarra, la metí en el estuche negro, me puse la corbata y la chaqueta y me despedí de la Rosaura.




Nino era original. Cuando todos sus compañeros de colegio coleccionaban cromos, él coleccionaba tarrinas de yogurt. Cuando los demás coleccionaban chapas, él se quedaba con las botellas. Nino era original, eso decían sus amigos. También decían que era un poco aburrido eso de coleccionar botellas y tarrinas de yogurt si no tenía a nadie con quién cambiar las repetidas. El día que sus amigos empezaron a coleccionar canicas, Nino comenzó a coleccionar piratas. Su mejor amigo, Sergio, tenía la mejor colección de canicas de clase. De todos los colores, verde normal, verde claro, verde agua, verde oscuro, verde esmeralda. Y así. Brillantes, difusas, con puntitos, tricolores, de goma. Por cada canica nueva de la colección de Sergio, Nino añadía un pirata nuevo a la suya. Para cada pirata se inventaba un nombre y una cara. Hacía dibujos, y por detrás escribía una corta biografía del pirata narrando su "lúgubre pasado". Tenía un montón de piratas, uno por cada canica de Sergio.

Nino era original. Cuando todos sus compañeros de colegio coleccionaban cromos, él coleccionaba tarrinas de yogurt. Cuando los demás coleccionaban chapas, él se quedaba con las botellas. Nino era original, eso decían sus amigos. También decían que era un poco aburrido eso de coleccionar botellas y tarrinas de yogurt si no tenía a nadie con quién cambiar las repetidas. El día que sus amigos empezaron a coleccionar canicas, Nino comenzó a coleccionar piratas. Su mejor amigo, Sergio, tenía la mejor colección de canicas de clase. De todos los colores, verde normal, verde claro, verde agua, verde oscuro, verde esmeralda. Y así. Brillantes, difusas, con puntitos, tricolores, de goma. Por cada canica nueva de la colección de Sergio, Nino añadía un pirata nuevo a la suya. Para cada pirata se inventaba un nombre y una cara. Hacía dibujos, y por detrás escribía una corta biografía del pirata narrando su "lúgubre pasado". Tenía un montón de piratas, uno por cada canica de Sergio.




Capítulos 5 y 6

Cada nuevo día, me aportaba algún otro dato acerca del planeta, la partida, el viaje. Durante el tercer día me enteré del drama de los baobabs.

Fue gracias al cordero, pues el principito me preguntó inquieto, como invadido por una gran duda:

-¿Es cierto que los corderos comen arbustos?

-Sí, claro. Comen arbustos.

-¡Ah! ¡Qué alegría me da saberlo!

Capítulos 5 y 6

Cada nuevo día, me aportaba algún otro dato acerca del planeta, la partida, el viaje. Durante el tercer día me enteré del drama de los baobabs.

Fue gracias al cordero, pues el principito me preguntó inquieto, como invadido por una gran duda:

-¿Es cierto que los corderos comen arbustos?

-Sí, claro. Comen arbustos.

-¡Ah! ¡Qué alegría me da saberlo!


entrevista a Ray Bradbury, Mis cuentos se leerán en Marte

Publicado en El Universal.com, por Fabriana Fondevila.


'Señor Bradbury, por las dudas de que me ponga tan nerviosa que no pueda hablar, quiero decirle gracias por pasar tantos días lluviosos conmigo, y también los días cuando no iba al colegio (porque estaba engripada) y días en que mis padres me obligaban a hacer la siesta y me decían: 'No hace falta que duermas, sólo descansá y leé un libro. ¡Gracias por su maravillosa compañía durante estos 30 años!" (Mónica Sottolani, 40 años).

'Señor Bradbury, por las dudas de que me ponga tan nerviosa que no pueda hablar, quiero decirle gracias por pasar tantos días lluviosos conmigo, y también los días cuando no iba al colegio (porque estaba engripada) y días en que mis padres me obligaban a hacer la siesta y me decían: 'No hace falta que duermas, sólo descansá y leé un libro. ¡Gracias por su maravillosa compañía durante estos 30 años!" (Mónica Sottolani, 40 años).


de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas

Seguir leyendo: "Alicia en el País de las Maravillas", ediciones Valdemar, 1998. Título original: "Alice's Adventures in Wonderland", Lewis Carroll.


En la madriguera del conejo
Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un conejo blanco de ojos rosados.

En la madriguera del conejo
Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río, sin tener nada que hacer: había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. «¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos?», se preguntaba Alicia.

Así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un conejo blanco de ojos rosados.




Todo cuanto hace un indio, lo hace dentro de un círculo. Esto es así porque el poder del universo actúa siempre en círculos y todas las cosas tienden a ser redondas. En los tiempos antiguos, cuando éramos un pueblo feliz y fuerte, nuestro poder provenía del círculo sagrado de la nación, y mientras éste no sufrió ningún daño, nuestro pueblo prosperó [...]

Todo cuanto hace un indio, lo hace dentro de un círculo. Esto es así porque el poder del universo actúa siempre en círculos y todas las cosas tienden a ser redondas. En los tiempos antiguos, cuando éramos un pueblo feliz y fuerte, nuestro poder provenía del círculo sagrado de la nación, y mientras éste no sufrió ningún daño, nuestro pueblo prosperó [...]




«Tomamos extrañas medicinas para mejorar nuestra salud, por lo que debemos tener extraños pensamientos para fortalecer la sabiduría.» Aldiss, Brian


«Vieja madera para arder, viejo vino para para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer.» Bacon, Francis

«Tomamos extrañas medicinas para mejorar nuestra salud, por lo que debemos tener extraños pensamientos para fortalecer la sabiduría.» Aldiss, Brian


«Vieja madera para arder, viejo vino para para beber, viejos amigos en quien confiar, y viejos autores para leer.» Bacon, Francis




Estallará la isla del recuerdo.
La vida será un acto de candor.
Prisión
para los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el vidrio del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.

Estallará la isla del recuerdo.
La vida será un acto de candor.
Prisión
para los días sin retorno.
Mañana
los monstruos del buque destruirán la playa
sobre el vidrio del misterio.
Mañana
la carta desconocida encontrará las manos del alma.


de Johnny Depp, prólogo de Tim Burton por Tim Burton

Seguir leyendo en: "Tim Burton por Tim Burton", Alba Editorial S.L. Leer la introducción del autor. Título original: "Burton on Burton". Traducción: Berástegui y Javier Lago. © Tim Burton, 1995, 2000. © Mark Salisbury, 1995, 2000. © Johnny Depp, 1995.


En el invierno de 1989 me encontraba en Vancouver, Columbia Británica, haciendo una serie de televisión. Estaba en una situación muy difícil: obligado por contrato a un rollo rutinario que, para mí, rayaba en el fascismo (polis en el cole... ¡Dios!). Mi destino, al parecer, se hallaba en algún lugar entre Chips y Jaanie Loves y Chaachi1 . Sólo tenía un número limitado de posibilidades: 1. Sobrevivirlo saliendo lo menos quemado posible. 2. Conseguir que me echaran cuanto antes y salir un poco más quemado. 3. Abandonar y que me demandaran no sólo por todo el dinero que yo tenía, sino también por todo el dinero de mis hijos y los hijos de mis hijos (lo que, supongo, me habría causado severas quemaduras y posibles ampollas para el resto de mis días y hasta habría afectado a las futuras generaciones de Depps que aún tuvieran que venir). Como he dicho, era un verdadero dilema. La opción 3 quedaba fuera de consideración, gracias al consejo extremadamente sensato de mi abogado. En cuanto a la 2, bueno, lo intenté pero no picaron. Finalmente me decidí por la 1: pasaría por ello lo mejor que pudiera.

En el invierno de 1989 me encontraba en Vancouver, Columbia Británica, haciendo una serie de televisión. Estaba en una situación muy difícil: obligado por contrato a un rollo rutinario que, para mí, rayaba en el fascismo (polis en el cole... ¡Dios!). Mi destino, al parecer, se hallaba en algún lugar entre Chips y Jaanie Loves y Chaachi1 . Sólo tenía un número limitado de posibilidades: 1. Sobrevivirlo saliendo lo menos quemado posible. 2. Conseguir que me echaran cuanto antes y salir un poco más quemado. 3. Abandonar y que me demandaran no sólo por todo el dinero que yo tenía, sino también por todo el dinero de mis hijos y los hijos de mis hijos (lo que, supongo, me habría causado severas quemaduras y posibles ampollas para el resto de mis días y hasta habría afectado a las futuras generaciones de Depps que aún tuvieran que venir). Como he dicho, era un verdadero dilema. La opción 3 quedaba fuera de consideración, gracias al consejo extremadamente sensato de mi abogado. En cuanto a la 2, bueno, lo intenté pero no picaron. Finalmente me decidí por la 1: pasaría por ello lo mejor que pudiera.




Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.

Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija de 14. Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde:

-No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo.

Ellos se ríen de la madre. Dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice:

-Te apuesto un peso a que no la haces.




Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería tener alas.


de Mark Salisbury, introducción de Tim Burton por Tim Burton

Seguir leyendo en: "Tim Burton por Tim Burton". Alba Editorial S.L. Leer el Prólogo de Johnny Depp. Título original: "Burton on Burton". Traducción: Berástegui y Javier Lago. © Tim Burton, 1995, 2000. © Mark Salisbury, 1995, 2000. © Johnny Depp, 1995.


En Hollywood, donde hacer cine es un negocio que se rige por las columnas de pérdidas y beneficios, y el respeto y la admiración se otorgan a los cineastas en función de su éxito en las taquillas, se considera a Tim Burton un genio agraciado con el toque de Midas. Pero, aunque sus películas han recaudado, hasta el momento, cerca de mil millones de dólares en todo el mundo, están tan lejos de ser esclavas del común denominador del comercialismo y los factores de audiencia como lo está el propio Burton de abrazar con todas sus consecuencias la vida de Hollywood, en la que se ha desenvuelto a lo largo de su carrera con tanta dificultad.

En Hollywood, donde hacer cine es un negocio que se rige por las columnas de pérdidas y beneficios, y el respeto y la admiración se otorgan a los cineastas en función de su éxito en las taquillas, se considera a Tim Burton un genio agraciado con el toque de Midas. Pero, aunque sus películas han recaudado, hasta el momento, cerca de mil millones de dólares en todo el mundo, están tan lejos de ser esclavas del común denominador del comercialismo y los factores de audiencia como lo está el propio Burton de abrazar con todas sus consecuencias la vida de Hollywood, en la que se ha desenvuelto a lo largo de su carrera con tanta dificultad.




Subiendo a Manengumba, paso junto a las chozas de una familia mbororo. La madre con las hijas mayores están en el río, lavando la ropa y las cacerolas; el padre con los hijos mayores están acompañando a las bestias, montaña arriba, allí donde la sequedad aún no llega, y en el hogar queda una niña de unos seis años tejiendo una canasta y dos críos jugando a pelearse rodando por la hierba.

Paso junto a ellos, en mi camino a la montaña, y me sonríen. Les doy un caramelo de coco rallado a cada uno y les digo que avisen a su padre que esta noche les visitaré.

Subiendo a Manengumba, paso junto a las chozas de una familia mbororo. La madre con las hijas mayores están en el río, lavando la ropa y las cacerolas; el padre con los hijos mayores están acompañando a las bestias, montaña arriba, allí donde la sequedad aún no llega, y en el hogar queda una niña de unos seis años tejiendo una canasta y dos críos jugando a pelearse rodando por la hierba.

Paso junto a ellos, en mi camino a la montaña, y me sonríen. Les doy un caramelo de coco rallado a cada uno y les digo que avisen a su padre que esta noche les visitaré.


de Zenna Henderson, Stevie y el Oscuro

Pubicado en la recopilación de relatos "Jóvenes Brujos y Hechiceros". Labor Bolsillo Juvenil, 1988. Traducción de Luis Bou García. Título original: "Stevie and The Dark". Copyright 1952, Zenna Henderson.


El Oscuro vivía en un agujero, en el bancal del arenal donde solía jugar Stevie. El Oscuro quería salir, pero Stevie se las había arreglado para que no pudiera. Para ello colocó una hilera de piedrecitas mágicas frente al agujero. Stevie sabía que eran mágicas porque las había encontrado él mismo y daban la sensación de ser mágicas. Cuando se es tan mayor como Stevie -cinco años, ¡toda una manecita!- se saben muchas cosas y se sabe qué sensación da la magia.

El Oscuro vivía en un agujero, en el bancal del arenal donde solía jugar Stevie. El Oscuro quería salir, pero Stevie se las había arreglado para que no pudiera. Para ello colocó una hilera de piedrecitas mágicas frente al agujero. Stevie sabía que eran mágicas porque las había encontrado él mismo y daban la sensación de ser mágicas. Cuando se es tan mayor como Stevie -cinco años, ¡toda una manecita!- se saben muchas cosas y se sabe qué sensación da la magia.




En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.

En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.

Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.

En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere.

En la plaza del Quirinal, en Roma, hay un punto que conocían los iniciados hasta el siglo XIX, y desde el cual, con luna llena, se ven moverse lentamente las estatuas de los Dióscuros que luchan con sus caballos encabritados.

En Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.

Un señor está extendiendo pasta dentrífica en el cepillo. De pronto ve, acostada de espaldas, una diminuta imagen de mujer, de coral o quizá de miga de pan pintada.


de Juan Cruz, La vaca y el dinosaurio (Monterroso)

Artículo publicado en El País, sección cultura: 9 de noviembre, 2003.


Escribió Monterroso en La palabra mágica: "Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: sólo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos". Y continuó: "Por último, siempre es interesante ver las máscaras que cada autor se pone y se quita".

Su máscara era la ironía, y detrás de esa máscara cultivó la insuperable ternura de un tímido. Cuando escribió El dinosaurio, el cuento más breve de la historia de la literatura ("Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"), no sólo estaba haciendo magia, sino que estaba siendo él mismo: mínimo y máximo al mismo tiempo, un escritor poseído por una risa interior que le hizo mirar siempre desde el otro lado del objetivo. Su ánimo de perfección le llevó a la esencia; ahí él marcó la diferencia.

Escribió Monterroso en La palabra mágica: "Vivir es común y corriente y monótono. Todos pensamos y sentimos lo mismo: sólo la forma de contarlo diferencia a los buenos escritores de los malos". Y continuó: "Por último, siempre es interesante ver las máscaras que cada autor se pone y se quita".

Su máscara era la ironía, y detrás de esa máscara cultivó la insuperable ternura de un tímido. Cuando escribió El dinosaurio, el cuento más breve de la historia de la literatura ("Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"), no sólo estaba haciendo magia, sino que estaba siendo él mismo: mínimo y máximo al mismo tiempo, un escritor poseído por una risa interior que le hizo mirar siempre desde el otro lado del objetivo. Su ánimo de perfección le llevó a la esencia; ahí él marcó la diferencia.


de Lawrence Durrel, Justine

Seguir leyendo "Justine", editorial Pocket Edhasa. Título original: "Justine". Traducción: Aurora Bernárdez. © Lawrence Durrel, 1957.


Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos...

Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra "refugiado". Los isleños dicen bromeando que solamente un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, sise prefiere, que he venido aquí para curarme...

Otra vez hay mar gruesa, y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos...

Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra "refugiado". Los isleños dicen bromeando que solamente un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, sise prefiere, que he venido aquí para curarme...




Tajar era alcantarillero y, dada su profesión, pasaba gran parte de su tiempo en medio de olores de excrementos y putrefacción. Sin embargo, se había acostumbrado y tales hedores le resultaban familiares y en absoluto desagradables. Formaban parte de su trabajo diario.

Tajar era alcantarillero y, dada su profesión, pasaba gran parte de su tiempo en medio de olores de excrementos y putrefacción. Sin embargo, se había acostumbrado y tales hedores le resultaban familiares y en absoluto desagradables. Formaban parte de su trabajo diario.




13

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome


23

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos


13

explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome


23

una mirada desde la alcantarilla
puede ser una visión del mundo
la rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos





Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se auto flagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar".

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se auto flagelaba con humor: "La verdad es que ladro por no llorar".




Un pasado debe ser tan familiar que se lo pueda revivir mecánicamente y tan inesperado que nos sorprenda cada vez que volvamos a él: entonces es apto para la fantasía.

Una experiencia que os parecía vulgar, dejad pasar el tiempo y la veréis con ojos nuevos y será inaudita.

Pasar el tiempo en silencio rejuvenece a los individuos y a los pueblos.

Un pasado debe ser tan familiar que se lo pueda revivir mecánicamente y tan inesperado que nos sorprenda cada vez que volvamos a él: entonces es apto para la fantasía.

Una experiencia que os parecía vulgar, dejad pasar el tiempo y la veréis con ojos nuevos y será inaudita.

Pasar el tiempo en silencio rejuvenece a los individuos y a los pueblos.




No importaba que la historia ya hubiese empezado, porque hacía tiempo que el kathakali había descubierto que el secreto de las Grandes Historias es que no tienen secretos. Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quiere oír otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive. O el olor de la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin embargo, las escuchamos como si no lo supiéramos. Del mismo modo que, aun sabiendo que un día moriremos, vivimos como si fuéramos inmortales. En las Grandes Historias sabemos quién vive, quién muere, quién encuentra el amor y quién no. Y, aun así, queremos volver a saberlo.

Ahí radica su misterio y su magia.

No importaba que la historia ya hubiese empezado, porque hacía tiempo que el kathakali había descubierto que el secreto de las Grandes Historias es que no tienen secretos. Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quiere oír otra vez. Aquellas a las que se puede entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive. O el olor de la piel del ser amado. Sabemos cómo acaban y, sin embargo, las escuchamos como si no lo supiéramos. Del mismo modo que, aun sabiendo que un día moriremos, vivimos como si fuéramos inmortales. En las Grandes Historias sabemos quién vive, quién muere, quién encuentra el amor y quién no. Y, aun así, queremos volver a saberlo.

Ahí radica su misterio y su magia.




El ancho frente del castillo era de piedra clara y sus amplias ventanas daban al Rin y al cañaveral y, más allá, a un paisaje luminoso y abierto de agua, juncos y mimbres; en la lejanía, las montañas cubiertas de bosques azulados formaban un suave arco que las nubes seguían en su recorrido. La fachada del castillo se reflejaba, coqueta y alegre como una jovencita, en el agua que corría lentamente. Sus arbustos ornamentales dejaban caer las ramas de color verde claro hasta el agua y, bordeando el muro, las góndolas de recreo pintadas de blanco se balanceaban con la corriente. Aquella parte soleada y alegre del castillo no estaba habitada. Desde que la baronesa se había marchado, todas las habitaciones estaban vacías, excepto la más pequeña, donde vivía, como siempre, el poeta Floribert. La señora había cubierto de deshonra a su marido y su castillo, y de su alegre y numerosa corte no había quedado nada, sólo las barcas y el poeta taciturno.

El ancho frente del castillo era de piedra clara y sus amplias ventanas daban al Rin y al cañaveral y, más allá, a un paisaje luminoso y abierto de agua, juncos y mimbres; en la lejanía, las montañas cubiertas de bosques azulados formaban un suave arco que las nubes seguían en su recorrido. La fachada del castillo se reflejaba, coqueta y alegre como una jovencita, en el agua que corría lentamente. Sus arbustos ornamentales dejaban caer las ramas de color verde claro hasta el agua y, bordeando el muro, las góndolas de recreo pintadas de blanco se balanceaban con la corriente. Aquella parte soleada y alegre del castillo no estaba habitada. Desde que la baronesa se había marchado, todas las habitaciones estaban vacías, excepto la más pequeña, donde vivía, como siempre, el poeta Floribert. La señora había cubierto de deshonra a su marido y su castillo, y de su alegre y numerosa corte no había quedado nada, sólo las barcas y el poeta taciturno.


de Josefina Aldecoa, Una sorpresa literaria (Unai Elorriaga)

Artículo de Josefina Aldecoa publicado en El País, sección cultura el 12 de octubre del 2002.


Unai Elorriaga ha dicho en una entrevista, hace unos días, que su novela SPrako tranbia: Tranvía en SP es -una historia de utopías-. Y añade un poco más adelante: -La utopía triste me interesa mucho-.

Efectivamente, el protagonista de la novela, el anciano Lucas, vive obsesionado en su propia utopía. Sueña con la escalada a los picos del Himalaya, los ochomiles, los que miden más de 8.000 metros. Y de entre todos ellos sueña con el Shisa Panga.

En la cama de un hospital, con la compañía de su hermana María, el viejo Lucas oye tranvías de los antiguos, de los que ya no existen. Su mente, aunque deteriorada por la enfermedad y los años, le permite evocar el pasado. Revive momentos brillantes, transita del recuerdo al proyecto sin dificultad, sueña, elabora, y siente con intensidad la presencia de los seres que le rodean. La vejez y la enfermedad no le impiden ser solidario. Acepta en su casa a Marcos, un joven desconocido que pasa a formar parte de su vida. Oye a los niños jugar en la calle, a Marcos tocar la guitarra...

Unai Elorriaga ha dicho en una entrevista, hace unos días, que su novela SPrako tranbia: Tranvía en SP es -una historia de utopías-. Y añade un poco más adelante: -La utopía triste me interesa mucho-.

Efectivamente, el protagonista de la novela, el anciano Lucas, vive obsesionado en su propia utopía. Sueña con la escalada a los picos del Himalaya, los ochomiles, los que miden más de 8.000 metros. Y de entre todos ellos sueña con el Shisa Panga.

En la cama de un hospital, con la compañía de su hermana María, el viejo Lucas oye tranvías de los antiguos, de los que ya no existen. Su mente, aunque deteriorada por la enfermedad y los años, le permite evocar el pasado. Revive momentos brillantes, transita del recuerdo al proyecto sin dificultad, sueña, elabora, y siente con intensidad la presencia de los seres que le rodean. La vejez y la enfermedad no le impiden ser solidario. Acepta en su casa a Marcos, un joven desconocido que pasa a formar parte de su vida. Oye a los niños jugar en la calle, a Marcos tocar la guitarra...




Al rey Seko le gustaban mucho los dragones. Las paredes de su palacio estaban llenas de pinturas de dragones. Los suelos de su palacio lucían con mosaicos de dragones. En los salones de su palacio había dragones esculpidos en estatuas, en frisos.

Una mañana, al levantarse el rey Seko y abrir la ventana de su palacio, un gran dragón entró por ella y le mostró su rostro. El rey, completamente conmocionado, se desmayó.

Al rey Seko le gustaban mucho los dragones. Las paredes de su palacio estaban llenas de pinturas de dragones. Los suelos de su palacio lucían con mosaicos de dragones. En los salones de su palacio había dragones esculpidos en estatuas, en frisos.

Una mañana, al levantarse el rey Seko y abrir la ventana de su palacio, un gran dragón entró por ella y le mostró su rostro. El rey, completamente conmocionado, se desmayó.