Horas atrás, en alguno de los días eternos, subimos a un autobús hacia un norte llamado Jyväskylä. Atravesamos los bosques y lagos como cortándolos. La carretera por la que nos arrastra el autobús, antes de nosotros, no existía. Se va pintando a medida que nos acercamos a Jyväskylä. Este verano no puede ser real, no puede ser que no se haga de noche, respirar esa sensación permanente de que el tiempo se ha detenido. Que siempre es día, que lo seguirá siendo. Y los mosquitos. Los mosquitos nos pican y nos sacan del sueño. Porque no puede existir un lugar así, donde el suelo sea de un césped tan blando que se hunde. Donde todo esto permanezca, durante meses, cubierto por capas de nieve, y hielo, y oscuridad.




Cuando le conté a Berna que empezaba a confiar en mis textos, después de años de mirarlos con recelo y duda, recordó esta mirada oblicua, del 2004. No la encontramos en la web. Pero acabo de rescatarla de su libro, así que la trascribo. Que la primavera está aquí y las hierbas han estado, desde noviembre, invernando (como buenos osos que en el fondo son).

Se titula "El león de Lisboa", y va precedida por una cita que dice lo siguiente: "De los dos testigos, atente al principal".

La primera noche que pasamos en Lisboa, cuandos nos íbamos a dormir, oí el rugido de un león. Le dije: "He oído el rugido de un león". Él contestó: "Es imposible". Y como yo confiaba en él y en su sensatez, pensé que, bueno, me habría equivocado.

Al día siguiente, en el desayuno, comentó entre risas a nuestros anfitriones: "¿Sabéis que Berna oyó anoche el rugido de un león?" Y ellos contestaron: "¡Claro! ¡Estamos a un paso del zoológico!"

Fragmento de La mirada oblicua



A veces pasan tantos meses hasta que vuelvo a un cuento, que lo encuentro lleno de pájaros. Caminan sobre el papel y picotean las letras, lo han llenado todo de plumas. Y ahora en otoño la situación es incluso peor, vienen de pisar cualquier charco y dejan frases enteras perdidas de barro.

En ocasiones se han comido tantas letras sueltas que el cuento ya no hay quién lo entienda. O, incluso, llevan tantas semanas sobre el papel que lo han llenado todo de cagadas, tan precisamente distribuidas que lo único que puede hacerse es arrugar bien el cuento y tirarlo a la basura.

Pero no me enfado con los pájaros, al contrario, porque tienen buen instinto y los cuentos gracias a sus picotazos mejoran bastante. Me gusta llegar y comprobar qué han salvado, ay, esas imágenes que ni los pájaros se atreven a picotear (no vayan a caer muertos o a transformarse en otra cosa).




En algún punto del camino a Chicago detuvimos el camión. Debió pincharse una rueda. O nos lo inventamos. Qué más da. Cualquier razón es buena para detener un camión que empieza a pillar demasiada velocidad, que carga a toda una familia. Y a pesar de que las carreteras que llevan a Chicago son lisas y llanas, y sin curvas durante kilómetros, imaginar el camión saliendo por la tangente, volcado, con sus kilogramos de canicas esparcidas por la carretera, el hilo de gasolina a punto de arder, todo eso nos dio pavor. Supongo, un poco de miedo, razón de sobra para hincar los frenos hasta el fondo. Hacer derrapar, con algo de saña, las ruedas del camión en la carretera. Y detenerlo, al camión. Y salir corriendo, la familia entera, despavorida, en todas las direcciones posibles.




Hoy es 6 de junio. Una luna llena gigantesca se podía ver anoche desde cualquier ventana al aire de Madrid. Venus se ha deslizado por delante del sol durante unas pocas horas, podía observarse como un puntito negro, al parecer, desde diferentes ciudades de la Tierra (acontecimiento astrológico que no volverá a darse de nuevo hasta 2117).

Y ha muerto Ray Bradbury.

Me he despertado a las seis de la mañana, totalmente despejada. Sin despertador, ni luna, ni ruidos, ni gatos. Me he levantado a escribir, que es lo único que se puede hacer a esas horas sin molestar a nadie. El aire ha estado denso toda la mañana, olía como a fosfato, a trinita, a locomotora. He tenido que dormir durante cuatro horas para curarme de todo eso que me cargaba los hombros.

Y me he enterado de la noticia poco después. Hace un rato corto. He tenido el gustazo de encontrarme con este video.




La encontré en las calles de Viena el primer día que me perdí caminando sola desde la tienda turca al hotel. Era de felpa, celeste, y tenía un cordón rojo (casi un pendiente) atado un agujerito en una de las puntas; como si alguien la hubiera querido colgar de un árbol de Navidad. Pero se ve que no quería ser adorno, que gritó y se revolvió hasta escaparse.

Acabó en mi bolsillo izquierdo, paseó conmigo todos los días por Viena, andando y andando otra vez. A veces la cogía, la sacaba fuera, la miraba un rato. La aplastaba un poco. La estrella azul giraba sobre sí misma. Hasta que tiré demasiado, se le cayó el cordón rojo, y ay, no pude volver a ponerlo. Se quedó entonces como una estrella suave y azul, con las puntas algo deshilachadas.

El domingo, ese casi perfecto cuando dejé Viena, se revolvió desde temprano en mi bolsillo. Inquieta estaba. Al subir las escaleras que me alejaban del río verde salió de su cueva, atraída sin remedio por toda esa luz que podía sentir incluso desde su escondite. Entonces casi voló por si misma. Como una estrella fugaz.

Parecía una de esas estrellas fugaces de verdad, de esas que orientan en encrucijadas y muestran uno de los caminos aventurados, que son los buenos, esos donde no es tan fácil decidirse a entrar.




Tengo que reconocer que me dais muchísima envidia. Me dan envidia todos los lectores para los que este libro es una novedad. Me gustaría muchísimo poder leer estos cuentos de Javier desde mi lectora de hoy, sin el filtro de haberlos leído antes tantas veces.

Me gustaría mucho porque sé que, a día de hoy, leo de otra manera, y detalles que se me escaparon la primera vez que leí alguno de estos cuentos —por ejemplo el primer cuento del libro, "Bichos", que fue finalista del NH en 1999—, ahora no se me escaparían.

Lo cogí con dos palos y lo metí en el bote. Durante un rato vimos cómo luchaban allí dentro, la culebra se había abrazado al alacrán que trataba de picarle. Se retorcían. Era asqueroso.
Luego seguimos levantando piedras hasta que encontramos el hormiguero. Las hicimos salir metiendo palos. Eran hormigas negras, pequeñas, todas iguales. De las que más muerden. Había millones arrastrándose por el suelo. Estaban frenéticas cuando abrí la tapa del bote y les eché los otros bichos. La culebra y el alacrán, enroscados, mordiéndose mientras las hormigas se los comían. Era asqueroso, asqueroso de verdad. Estaban matándose, se retorcían. Me dieron unas ganas horribles de vomitar.

Fragmento de "Bichos"

Pero ya no hay nada que hacer, todos los cuentos del libro los tengo más que leídos y escuchados, son viejos conocidos en nuestra tertulia —recuerdo perfectamente el día que Javier leyó la primera versión de "El fondo del mar", uno de los más nuevecitos—.

Hay otros más antiguos que ni conocía de antes, porque cuando Javier los escribió yo aún ni había descubierto los talleres. Y otros que son más recientes —el que cierra el libro, "El ártico", por ejemplo, donde nacieron Olsson y Laplace, que ahora mismo le están dando mucho juego en otra serie de cuentos.

—Matar al oso —se burla Laplace— Nada menos que un oso blanco, el depredador del Ártico, una fiera de casi una tonelada, con dientes como cuchillos y garras de acero. Y tú quieres matarlo con un revólver.
Olsson se encoge de hombros. Espera a que el oso nade hasta su témpano y, antes de que llegue a salir completamente del agua, apunta bien y lo mata. Laplace no encuentra palabras.
—Eres..., eres...

Fragmento de "El ártico"

Que en este libro convivan estos relatos es claramente una buena señal. Tener cuentos que, después de tanto tiempo, sobrevivan a nuestro filtro y merezcan estar en un libro, con lo despiadados que nos volvemos cuando pasan los años —porque cambiamos las maneras, las voces, las miradas, los gustos, las lecturas…— es buena cosa. Pero, insisto, me dais mucha envidia todos los que podéis leer este libro por primera vez.

Así que, consejo número 1: leed lentamente.




Y salieron, volando, pájaros de su boca cuando murió.

La Americana Exótica es una mariposa naranja, con puntos negros. Diminuta. Muy rara de encontrar. Se la ha visto una vez en dieciocho países diferentes, entre otros: Sudáfrica, India, Reino Unido, Bali, Fiji, Italia, Rumanía, China, Brasil, Turquía, Egipto... En terrenos donde una niña con el brazo escayolado planta medias naranjas con una dentadura postiza dentro, rosada. Para ver si crece un naranjo que nos regale naranjas con dientes. Dientes que se carcajeen.

La niña hace preguntas y le faltan los dientes delanteros. Hay promesas que no se cumplen porque quién las hace cruza los dedos. Y corazones de metal con una bala dentro que se arrojan desde torres altas sobre ciudades azul. Porque la ciudad azul está ahí, en alguna parte, al final del hechizo. Un desierto sin agua y un mono pequeño que se escapa de una mochila para atrapar una mariposa. Un mapa del tesoro, o de algo parecido, todo agujereado por unas tijeras que cortan rombos. Chicos suicidas por amor, vaqueros que saltan de un puente y caen en un caballo al trote. Una escalera que sube, que baja, que sube. Todos los papeles arrugados que salen del cerebro de una muñeca.

Acabamos de contar la historia pero la ciudad azul sigue ahí, a ver si somos capaces de encontrarla de nuevo.

Roy y Alexandria, antes de que Alexandria se frote con fuerza los ojos:

—All right, close your eyes. What do you see?
—Nothing.
—Rub them... Can you see the stars?
—Yes.
—See?



Me encierro en una casa de piedra y madera durante cinco días para escribir. Escribir, respirar, comer, darme de golpe contra las paredes, cocinar, fumar, darme otra vez golpes contra las paredes, tomar mate y montar un puzle que lleva veinte años sin que nadie lo monte (no sé ni qué es...).

Tengo un buen trato con una amiga: nos cambiamos las casas. Ella se traslada a la mía, a respirar la contaminación de Madrid y disfrutar del cine, yo me voy a la suya, en el norte, rodeada de montañas, caminos y vacas. Es un buen cambio. Y además me cuida los gatos.

Lo que más me gusta de su casa es el estudio. Aunque ha hecho limpieza de muchos libros, sigo encontrando joyas. Suelo recorrer su librería tocando los lomos, me detengo sin pensar, casi por tacto. Ayer encontré uno que me vino al pelo para uno de los párrafos en el que estaba atascadísima. Hoy he dado con otro de Annie Dillard y después de abrir aleatoriamente por cualquier página leo lo siguiente:

Escribir un libro dedicándole todo el tiempo del día es una tarea que cuesta entre dos y diez años. El poema largo, según John Berryman, cuesta entre cinco y diez años. Thomas Mann era un prodigio desde el punto de vista de la productividad. Trabajando a tiempo completo, escribía una página al día. Eso equivale a 365 páginas al año, pues escribía a diario: así pues, un libro de bastante extensión al año. A una página al día, fue uno de los escritores más prolíficos que hayan existido. Flaubert escribía a un ritmo constante; sólo atravesaba algunas fases abrumadoras, pero en el fondo habituales y pasajeras, de tensión improductiva. Creo que quienes escriben a tiempo completo llevan una media de un libro cada cinco años: setenta y tres páginas decentes cada año, la quinta parte de una página al día. Los años que dedican los biógrafos y otros escritores de no-ficción a amasar y organizar sus materiales tienen perfecto punto de comparación en los años que los novelistas y los autores de relato pasan dedicados a inventar mundos sólidos que respondan a verdades materiales. Son muchos los días en que el escritor da por buenas tres o cuatro páginas; son muchos los días en que llega a la conclusión de que más le valdría tirarlas a la basura.

Octavio Paz cita el ejemplo de "Saint-Pol-Roux, que colgaba de su puerta, cuando dormía, un cartel que rezaba así: El poeta está trabajando".




A principios de curso, allá por septiembre, decidí a buscar algún tipo de condimento extra para las tardes. Un condimento que no tuviera nada que ver con la escritura, con las clases de escritura, con la lectura, los talleres, las tertulias, los análisis de texto... todo eso que me rodea constantemente —de lo que vivo y respiro—, pero que llena todo de letras. Y me acordé que hacía años que había dejado la música por escribir. Después conté los años que han pasado desde que salí de Brasil. Conté los kilómetros. Y poco después recordé que ya dos personas me habían hablado de un tal Willy que tenía una escuela de samba en Madrid. Así que busqué en Internet y a poco de rastrear llegué a Bloco do Baliza. Me subí al tren, claro.

Están en Alcobendas, en una nave de la zona del polígono industrial, muy cerca de una de las estaciones del Metro Norte (La Granja). La primera vez que te acercas por allí no sabes muy bien dónde te estás metiendo, das un par de vueltas de manzana, te pierdes, subes media cuesta. Pero una vez que entras ya está hecho: estás como en casa. Desde fuera de la nave del Bloco no se escucha ni medio silbido; pero dentro, tanto en los talleres como en los ensayos, todo explota de lo vivo. Resulta que aparecen de la nada un montón de bloqueros que tocan la caja, o el surdo, o el tamborín, el repinique, o la cuica. Y no hay nada que recargue más las pilas que tocar con ellos. En grupo, un poco de samba de enredo. O más tranquilos, un poco de pagode, un cavaquinho que suena y que se afina, un tantam, y esas canciones tan conocidísimas de mi infancia que, además de tararear, ahora puedo poner letra y voz en grito.

Willy y sus chicos de Bloco do Baliza organizan de vez en cuando aulas abiertas para que los que tengan un poco de curiosidad se acerquen por allí, prueben los instrumentos, prueben un poco a ver cómo es eso de la percusión brasileira. A ver qué se siente. Yo lo recomiendo muchísimo. La siguiente se organiza para celebrar el carnaval, el domingo 19 de febrero, a las doce en punto. No es ninguna mala manera de celebrar el carnaval, ni tampoco de luchar contra el frío este tan polar que viene recorriendo Madrid estos días.

Un poco de aires de samba a estas hierbas, saravá. Salve o mestre do Salgueiro.