Hoy me siento como Andy en la última escena de Toy Story 3. Acabo de recibir una foto de la nueva vida de Peluso, al lado de una niña de su tamaño llamada Paola.

Hace años un buen grupo de amigos me regaló un oso de peluche gigantesco antes de mi mudanza a Inglaterra. Peluso, un auténtico oso pardo, con varios tonos diferentes en la piel, brillaba según lo movías. Como los osos de verdad. Lo compró mi amiga Berna, y siempre cuenta que como era tan grande se lo sentó en los hombros al salir de la tienda porque era la manera más fácil de llevarlo. Peluso me acompañó durante varias mudanzas Inglaterra abajo, aplastado en una maleta que —acabo de recordarlo, no sé qué enfermedad tenía yo entonces— era de la marca Travel bear. Peluso nunca tuvo una vida total de juguete, el pobre era un mero acompañante, una mancha parda gigantesca que me recordaba que tenía que volver a Madrid.

Y una vez en Madrid el pobre oso se pasó varios años cambiando de espacio, del armario de casa de mis padres al trastero de casa de mis padres, y de vuelta al armario de casa de mis padres. En una de estas lo conoció Paola, y se enamoró. Tenía tres años y era casi de su tamaño. Lo abrazó y no lo quería soltar. Mi madre no se atrevió a regalárselo ese día, pero meses después, cuando me contó la historia, hicimos que Peluso llegara a Paola. Así que ahora Peluso tiene una vida de juguete auténtica: Paola le lee cuentos, le prepara la comida, le sienta en su silla, le canta...

Y yo, que aunque he cambiado muchísimo a lo largo de estos años, e incluso consigo mirar con cariño mi enfermedad de entonces, lo que no consigo es contar esta historia con algo menos de leche condensada. Pero la cuento, y casi sin vergüenza, que alguna debilidad tendremos que tener.




En Barcelona, hasta el 15 de enero, puede pasearse uno por la habitación imaginaria de Juan Eduardo Cirlot, una intromisión expuesta a todos sus mundos visuales, de alguna manera. Imagino. Imagino porque no creo que pueda pasarme por Barcelona para visitarla. Lo que sí puedo es anunciarla, y en su honor, recuperar el sueño 27 de su libro 88 sueños.

Hay un estanque grande, de agua verdosa y sucia. El cielo está gris y el campo, a lo lejos, como hundido en tristeza. Yo estoy a un extremo de esa balsa, que es de forma oval y, al lado opuesto, hay una niña.



Extraigo aquí uno de los fragmentos de este libro robado a Eduardo Cano, compañero parabólico, después de leerlo varias veces sin ningún tipo de orden. Creo que no es mal sistema, dado el caso. Extraigo justo este fragmento porque se quedó horas dando vueltas antes de un sueño, cual satélite.

El extraño sonido. Qué suerte poder prestarle atención. De vez en cuando. En la obscuridad y el silencio cerrar, como a la luz, los ojos y oír un sonido. Un objeto moviéndose de su lugar a su último lugar. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre. Cerrar los ojos a la obscuridad visibile y oír, si acaso, sólo eso. Una cosa suave moviéndose con suavidad para pronto dejar de moverse para siempre.

La traducción es de Carlos Manzano.




Vaya por delante de todo lo que voy a decir a continuación que Tangram es el mejor libro de Juan Carlos Márquez, al menos hasta el momento. Es un buen libro, además, para leer la noche de los muertos, difuntos y brujas. También puede leerse cualquier otro día, estaría bueno tener que esperar al próximo 31 de octubre. Pero, por casualidades varias, fue la noche que yo elegí. Serían cerca de las doce, me faltaban cincuenta páginas para llegar al final y —como ni me acordaba del sueño para entonces—, lo acabé esa misma noche. Después salí a la terraza —soplaba un viento helado, casi llovía y la luna estaba en cuarto creciente—, a respirar un poco de aire frío. Fue curioso: pocas veces he visto la sombra de la luna entera, con su esfera, alrededor del trozo iluminado. La luna esa noche no solo estaba partida, sino que desde mi terraza se veía perfectamente el corte. ¿Casualidad?

Tangram es un libro de historias cruzadas. Decir que un tangram y un puzle son la misma cosa sería algo que, a mí, no se me ocurriría. Creo que el tangram tiene más juego. Con un tangram puedes construir todo tipo de formas: tienes siete piezas y conjugándolas con un poco de imaginación puedes crear conejos, pajaritas, hombres caminando, incluso nubes cúbicas, delfines de color, candelabros. Los puzles están cerrados. Tienen su gracia, claro que sí, dejarse los ojos y juntar las piezas con paciencia varias tardes hasta montar el dibujo original es entretenido, algunos puzles son muy difíciles de reconstruir. Pero el puzle no tiene la libertad del tangram. Y con este libro de Juan Carlos, en este tangram particular, ocurre exactamente lo mismo.




A veces escribo en las paredes de mi casa. Bueno, no es exactamente en las paredes. En las paredes escribe mi amigo Manel —lo que tampoco es ninguna mala idea—, ha cubierto las paredes del pasillo que lleva al salón con planchas de pizarra blanca y se da el gustazo de escribir al pasar. Lo mío son los espejos. En casa tengo varios, alargados y altos, y escribo en todos. Escribo con rotuladores para niños, de colores. Se borran con poco. Cuando se me ocurrió solamente escribía en los espejos de la habitación. Tienen escritura automática torcida que luego no entiendo bien, esquemas desordenados o listas de palabras, o también dibujos con círculos y flechas. A veces copio párrafos largos. Me pongo decálogos, aforismos. Lo que venga. A los pocos días lo borro, pero otras veces pasan meses ahí las ideas y hay que echarles limpiacristales hasta que desaparecen.




Hay días que me levanto con ganas de enviar a mi gato a Siberia. En una cajita de madera, con un lazo rojo, y sin remite. Se llama Rimpo, y es un gato cuidador. Cuida. Tiene que cuidar. Cuando no cuida a alguien se pone de los nervios. Tengo visita en casa, una visita que trabaja por la noche. Eso significa que si Rimpo está obligado a dormir a puerta cerrada (gran error) y sin poder vigilar a mi visita, no descansa. Toda la noche dando vueltas de un lado a otro de la cama.

La otra parte de la ecuación se llama Momo, y es una gata que no sabe maullar. Cruje un poco, nunca maúlla. O más bien lo hace tan bajo que nadie la escucha. Abre la boca pero no emite sonido. Eso sí, rasca las paredes, las puertas. Ahora le ha dado por el espejo del armario, está empeñada en que, dentro del armario, a medianoche, ocurre algo. Si le cambio la gatera de sitio (porque tengo una gatera móvil que se puede cambiar de habitación, claro que sí) no sabe entrar en casa. La mira, la toca, pero no entiende hasta que pasa un rato que es la misma gatera de siempre.

El hueso de aguacate anda perdido debajo de un sofá, estoy segura. Después de una semana de búsqueda encontré el frasco perfecto para que creciera, porque los huesos de aguacate dicen que es mejor que no toquen el agua. Es un frasco de cristal, barrigón. Pero ahora el hueso no está por ningún sitio. Yo no digo nada. Tal vez ande de camino a Siberia, en una caja de madera con un lazo rojo.




El viernes 14 se presentó en Madrid Hacerse el muerto, el nuevo libro de cuentos de Andrés Neuman publicado por Páginas de Espuma, y en la primera copa se me ocurrió decir que escribiría una crónica. Tengo tres razones para ir a presentaciones de libros: que el autor sea amigo mío, que alguien me haya hablado muy bien del libro, o que esté apadrinado por escritores a los que me gusta escuchar. En este caso fue la última razón, no creo que haya mejores padrinos para un libro de cuentos que Ángel Zapata y Eloy Tizón. Como dijo Andrés, además, recalcar esto es una obviedad, pero cómo vamos a no decirlo.


Y a mí, ¿por qué me gustan estas películas?

Para Agustín Pérez y Dani Martín.


Por fin he sacado un hueco para Super 8. El fin de semana pasado quería verla, me sabía incluso de memoria los horarios de taquilla de tanto mirarlos. Pero me quedé en casa con una película cualquiera, por pereza. Pero de este fin de semana no ha pasado, me han cogido de la mano y me han metido al cine. Y justo al volver, al actualizar Twitter, nada más actualizar, apareció el siguiente comentario de Álex de la Iglesia:

Todavía en estado de shock emocional tras ver Super 8. Qué subidón. Como en los ochenta. Qué rememberazo. Gracias con el corazón, Abrams.

Genial, alguien que piensa lo mismo que yo. Me metí a buscar críticas por Internet, por curiosidad. No leí muchas, como me pasa siempre, pero sí pasé por la de Jordi Costa porque recordaba que había escogido esta película para su última clase de crítica de cine en la Escuela. Aquí está, y me quedo con la palabra amor, justo aquí:

Con el tiempo, alguno de esos cineastas amateurs se convirtió en profesional de los efectos especiales, dibujante de tebeos de superhéroes o director en toda regla. Quizá el más célebre de todos ellos fuera Steven Spielberg, que acabó trasladando toda esa energía (todo ese amor) impresionada en Súper 8 a la forja de un nuevo modelo de cine espectáculo.

Me fui a dormir tan a gusto como cuando hace años me terminaba un libro de Flanagan.




Escribir es como pescar. A veces tengo la sensación de tirar hilos al mar. Sé que en el mar hay peces. Sé que soy buena pescando, que tengo suerte. Pero escribir es mucho mejor, es menos frustrante. Porque si espero con paciencia, algo acaba picando. Siempre. Si dejo de pensar que tengo que pescar un pez, que me estoy muriendo de hambre y que si no pesco, no como; si dejo de pensar eso es cuando los peces pican. A veces lo finjo un poco, me hago la distraída, pero también funciona. Incluso a veces cuando me salto todas las normas y le grito al pez de las profundidades que pique de una vez, el pez de las profundidades pica. Escribir es mucho mejor que pescar.

Otras veces es como caminar un poco a la deriva. Sabes dónde vas, tienes una idea más o menos clara del aspecto que tiene el lugar al que te diriges. No has estado nunca, pero sabes, por ejemplo, que es un pueblo marítimo pequeño y bonito de la costa donde la gente habla francés, y sabes que hay una plaza de piedra que tiene una escultura de un caballo.




Creo que he leído sobre los rituales de escritura en bastantes libros, se mencionan, a veces como de pasada, en varios libros de cretividad, de técnica narrativa, en los materiales didácticos que nosotros mismos escribimos para la Escuela; los mencionan a veces en entrevistas a escritores, y también a otro tipo de artistas como pintores. O deportistas. Al parecer tener un ritual concreto antes de comenzar a realizar una tarea que realizamos muchas veces, ayuda. Yo tengo muchísimas manías, me temo. He llegado a convertir mis manías en rituales de escritura, cuanto más escribo más manías salen, más rituales. Este verano me propuse escribir sin parar hasta acabar una novela corta que tenía empezada hace seis meses. Y el tema de los rituales en este proceso adquirió una importancia tan grande que casi me da vergüenza reconocer.

Las primeras ochenta páginas del borrador —el núcleo duro, ese momento que sabes que ya no puedes dejarlo porque tienes un buena parte del trabajo hecho—, lo escribí en un camping. Un camping de Portugal, lo bastante grande y aislado como para no tener que salir de ahí en los quince días salvo para bajar a la playa. Una playa lo bastante vacía y llena de olas como para olvidarte del resto del mundo por un rato. Y todas las pequeñas manías que acompañaron la escritura de esas ochenta páginas, me han acompañado a la vuelta a casa. Y he tenido que intentar reproducirlas para seguir adelante. Suena bastante maniático, sí, pero no hay ningún motivo para ponernos la escritura más difícil de lo que es. Si estas cosas ayudan, ¿por qué no usarlas?