Hoy me siento como Andy en la última escena de Toy Story 3. Acabo de recibir una foto de la nueva vida de Peluso, al lado de una niña de su tamaño llamada Paola.
Hace años un buen grupo de amigos me regaló un oso de peluche gigantesco antes de mi mudanza a Inglaterra. Peluso, un auténtico oso pardo, con varios tonos diferentes en la piel, brillaba según lo movías. Como los osos de verdad. Lo compró mi amiga Berna, y siempre cuenta que como era tan grande se lo sentó en los hombros al salir de la tienda porque era la manera más fácil de llevarlo. Peluso me acompañó durante varias mudanzas Inglaterra abajo, aplastado en una maleta que —acabo de recordarlo, no sé qué enfermedad tenía yo entonces— era de la marca Travel bear. Peluso nunca tuvo una vida total de juguete, el pobre era un mero acompañante, una mancha parda gigantesca que me recordaba que tenía que volver a Madrid.
Y una vez en Madrid el pobre oso se pasó varios años cambiando de espacio, del armario de casa de mis padres al trastero de casa de mis padres, y de vuelta al armario de casa de mis padres. En una de estas lo conoció Paola, y se enamoró. Tenía tres años y era casi de su tamaño. Lo abrazó y no lo quería soltar. Mi madre no se atrevió a regalárselo ese día, pero meses después, cuando me contó la historia, hicimos que Peluso llegara a Paola. Así que ahora Peluso tiene una vida de juguete auténtica: Paola le lee cuentos, le prepara la comida, le sienta en su silla, le canta...
Y yo, que aunque he cambiado muchísimo a lo largo de estos años, e incluso consigo mirar con cariño mi enfermedad de entonces, lo que no consigo es contar esta historia con algo menos de leche condensada. Pero la cuento, y casi sin vergüenza, que alguna debilidad tendremos que tener.

