Estoy de pie delante del acantilado. A mis espaldas queda el bosque, un bosque de árboles frutales y margaritas salvajes que crecen en montones hasta la puerta de la cabaña donde la que he vivido estos años. Bonita cabaña, con sus maderas nobles y su olor a leña en invierno, el agua de la fuente del jardín. Giro la cabeza para mirar la cabaña por última vez, la chimenea debe estar encendida porque sale un humo gris a bocanadas. El acantilado siempre estuvo aquí, tentador. Ahora tengo que saltar. Sé que por mucho que crezcan los árboles el acantilado no desaparecerá. Me pongo de puntillas y me impulso. Cuando siento que se despegan mis pies del suelo no sé si saldré volando o me estrellaré en las rocas. Pero no tengo miedo.




Con las dos manos cavo un hoyo en la tierra oscura. Huele a raíces. A humedad. En el hoyo acomodo la botella de arena, la tumbo con el tapón hacia un lado. La arena se inclina en su interior. Con las dos manos cubro la botella con tierra húmeda. La tapo bien para que no quede ningún hueco vacío, la tierra se amolda a su forma. Aplasto la tierra con las dos manos, apoyo todo mi peso. Me levanto. Doy un paso. Surgen baldosas debajo de mis pies, a cada paso surge una nueva. A cada nuevo paso las baldosas que dejo atrás desaparecen.


La urraca azul

Para la shangha


El hombre se despertó a las tres de la mañana. Otra vez. Llevaba varios días despertándose a las tres de la mañana. Lo malo es que después no se podía dormir, desde las tres a las siete de la mañana pasaba con los ojos como platos. Y es que a su tejado se había mudado una urraca azul, y la urraca, todos los días a las tres de la mañana, comenzaba a piar. No era exactamente un piar... era un graznar, fuerte, rasposo, como hablan las urracas. No era algo constante, la urraca soltaba un graznido, altísimo, y después se callaba.




Nunca apoyo bien, porque no giro, por lo del cúbito. Desde que me alargaron no giro, me quedo ahí, y tengo que colocarme de una forma especial para sujetar las cosas. No puedo apoyarme en mis cinco dedos. Solo si me levanto. Si me levanto no hay problema. Pero en los exámenes de mí no me levanto, no valgo para los exámenes de mí. A veces también siento que me descoloco, mis músculos son flacos y débiles, y tienen una pequeña hendidura que me gustaría rellenar con plastilina.




Mientras cocinaba el otro día me puse a pensar en los últimos cuentos que leyeron mis alumnos en clase. Mi nevera estaba muy vacía. Al lavar la lechuga —para la ensalada solo tenía lechuga, y una lechuga que llevaba varios días ya en la nevera—, me acordé de lo que dijo Manu en la clase, que a pesar de que el cuento tenía su conflicto, tampoco le había salido «muy interesante». Y es verdad que su cuento, aunque estaba bien —en esencia era perfecto—, de interés estaba como a medias, como apagado.

Me senté a la mesa con mi ensalada solo de lechuga. La miré, era la ensalada más triste que había preparado nunca. Ni siquiera me quedaba aceite para echarle… solo lechuga, y sin sal, ni vinagre. Eso mismo les ocurre a los cuentos cuando acabamos de empezar a escribir. Bueno, si hemos leído un poco no suelen ocurrir cosas tan drásticas como que la lechuga tenga moho y no nos quede ni una gotita de aceite… pero sí se acerca bastante. Normalmente, los más aplicados, a las pocas semanas de curso son capaces de hacer una ensalada de lechuga estupenda: porque han aprendido qué lechuga comprar, cómo lavarla bien, cómo aderezarla… Eso sí, la ensalada solo lleva lechuga, que es lo que controlan por ahora. Y claro, una ensalada de solo lechuga, por muy buena que sea la lechuga y mucho vinagre de Módena que le eches, es solo lechuga: no tiene interés. Es aburrida.


Todos los caminos llevan a Roma

Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs | Antología del cuento triste


Con la llegada de la primavera parece que no hay tiempo para regar las hierbas, lo bueno es que con la primavera todo florece casi sin esfuerzo. Y a mi correo me regalan cosas como esta, que no quiero dejar de publicar aquí porque, una vez más, todos los caminos llevan a Roma. Es de prólogo de una antología a la que le tengo mucho cariño por su intención y sus cuentos. Lo ha extraido Berna a principios de la primavera.

[...] La tristeza es como la alegría: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella. ¿Y quién quiere acabar con la tristeza? ¿O deberíamos decir: quién puede acabar con ella? La vida es triste. Si es verdad que en un buen cuento se concentra toda la vida, y si la vida es triste, un buen cuento será siempre un cuento triste. En una calle de Nueva York un transeúnte neoyorquino había visto la alegría reflejada en Monterroso y en mí; pero más tarde, al despedirnos de la alegre ciudad de Nueva Orleans, Bárbara y yo nos dimos a recordar —¿por qué causa?— literatura triste: no sólo porque era buena literatura sino porque, creemos, la parte alegre de la vida tiene a veces su fundamento en la parte triste, y viceversa.

Los caminos que llevan a Roma (a la Roma de Ari Golfield) están en la primera frase, claro: si te detienes a examinar sus causas acabas con ella, con ellas, porque son lo mismo. Perdemos muchísimo tiempo empeñados en que no lo son.


Un rescate

Ángel Zapata | Los tranvías


Porque estamos en primavera, porque hace varios meses que no monto en tranvía y porque por fin las plantas de mi casa están reviviendo, dejo aquí está columna de Ángel Zapata, algo antigua ya, supongo, y que he rescatado de unos apuntes suyos sobre la prosodia, publicados en los manuales de Fuentetaja. Y que podéis rescatar de la antigua página de Isabel Cañelles. El texto se titula "Los tranvías", ay, los tranvías.

Los tranvías, como los buenos toreros, supieron retirarse a tiempo, convertirse en leyenda, y que la gente los recuerde ahora —¡ah, los tranvías!— con esa nostalgia que emborracha un poco, o en esa borrachera, según, que da un poco de nostalgia. Porque uno tiene apedreado —la mala idea de los niños— aquel tranvía de Peñagrande que cruzaba desmontes, tomillares, arroyos, por las afueras de la ciudad, y moría entre casas de adobe, perros furtivos, guardas con canana cruzada en el pecho, en la linde de El Pardo. Pero ya por entonces, mediados los sesenta, los tranvías se hicieron más espigados, con el morro de quilla, parientes de las barcas que había en la verbena, y eran tan sosos como el autobús, tan anodinos, tan municipales.



Mi madre me ofrece un frasco de manzanas verdes en compota. Son para que me cure de mi enfermedad. El frasco es de cristal transparente, y las manzanas son tan verdes como si las hubieran pintado. Me sirvo una, que se deshace en gajos sobre mi plato. La pruebo. Es totalmente dulce. La como a pequeños bocados, con una cuchara fría.




El otro día un alumno en clase leyó un texto y cuando terminó le dije que tenía que leerse Mortal y rosa, de Umbral. Que leer ese libro le iba a ayudar para escribir ese tipo de texto. Y como salió el tema comenté uno de esos puntos tan importantes dentro de lo que Ángel Zapata, siempre que explica lo que es un relato, nombra. Es el siguiente: "un cuento sale de otro cuento". Habla entonces de la imitación, de escribir cuentos teniendo a mano tres o cuatro más, para ir no copiándonos literalmente pero sí empapándonos. Es algo que cuando llevas escribiendo un cuento, además, haces de una forma natural sin que nadie te lo diga: no encuentras la voz y entonces coges otro cuento, y otro, que por lo que sea crees que pueden ir por el mismo lugar, y lo encaminas. Eso da género. Pero cuando lo comento en clase, sobre todo los primeras veces, los alumnos abren los ojos como platos y miran un poco extrañados a la pizarra —en blanco hasta entonces—, y mueven los pies algo nerviosos.

Es una de esas cosas tan evidentes que no se ven, o que está tan cubierta de malas interpretaciones (confusiones en lo que entendemos por ser original, principalmente) que cuando te das cuenta casi da un poco de apuro. "¿Copiar? ¡Cómo voy a hacerlo! ¡Si tengo que ser original! Y para mis alumnos, que muchos acaban prácticamente de empezar a escribir, no lo ven tan claro. Aunque es cierto que al cabo de unos meses, y casi sin decir nada, solo a base de lecturas, esto de la imitación vuelve a salir a flote por sí solo. Porque por supuesto que es natural.


El bailarín del sombrero de oro

El hilo azul | Gustavo Martín Garzo | Fundación G.S.R.


En El hilo azul se recogen muchos artículos de Martín Garzo. Hace años alguien me pasó un artículo que se titulaba "Dibujar una cigüeña", creo que fue casi lo primero (o lo segundo) que leía sobre estos temas, creo recordar que circulaba por La lista de aquel entonces. Hace poco tropecé sin querer con este libro y lo compré sin abrirlo solo al comprobar que estaba ese artículo incluido. La edición corre a cargo de Mariángeles Fernández,y supongo por alusiones que es una re-edición de un libro publicado en 2001; lo importante es que se puede conseguir muy fácilmente.

El primer artículo, a modo de prólogo, habla de ese bailarín del sombrero de oro, y dice que escribir no es otra cosa que convocarle. Ese "dichoso jorobado berlinés", al que también nombró Rosa Chacel y que tan bien recuerda Martín Garzo: "escribir es el deseo de irse por los tejados". Y ese bailarín es el Carboncito del que habla Javier Sagarna en aquel prólogo de hace años —que me hizo apuntarme al primer taller—, y esos tejados son sin duda los mismos que los que aparecieron en otro prólogo, año después, en un libro de la Escuela —y que debieron salir de algún lugar escondido que tenemos todos dentro—.

Así que cómo no voy a disfrutar de este libro. Dejo algunos fragmentos del prólogo, del primer artículo, el de ese bailarín del sombrero, tan travieso como escurridizo. Y de tan vivo, insustancial.

Además, por desgracia, apenas recuerdo lo que leo. Sé reconocer al instante los libros que me importan, pero será precisamente en esos casos cuando más costoso me resulte hablar de ellos, tal vez porque, como dejó dicho el último Barthes, nada es más difícil que hablar de lo que amamos. [...] A pesar de todo, no suele ser eso, cómo están escritos, lo que más me preocupa, sino desde dónde lo hice. Creo que esa pregunta por el lugar desde el que se escribe es la pregunta esencial de la literatura. [...]