Hace poco encontré un artículo sobre el Butoh, y se me han quedado flotando las palabras que citan de uno de sus creadores, Kazuo Ohno: "Si quieren comprender sus propios cuerpos deben aprender a caminar bajo el mar, en el lecho marino. Conviértanse en polvo de polilla. Todas las huellas del universo se encuentran en las alas de una polilla."

El Butoh está entre la danza y el teatro, y cuanto más leo sobre ella, más ganas tengo que verla representada.

También afirma Ohno, en relación a los cuerpos y el movimiento de los bailarines: "Un trozo de madera, un viejo. Para conseguirlo debes escuchar tu cuerpo. Te indica a través del dolor, del dolor como sonido. Pero es un chispazo mental tan rápido que si lo piensas demasiado, desaparece. Cuando bailas estás existiendo, no piensas".

Lo que se parece mucho a lo que explica Alexandra Kalinine sobre el baile, y es que una y otra vez todas las flechas apuntan al mismo sitio. Y el baile consiste en sentir, en dejar fluir y soltar. No en pensar. Sino en caminar bajo el mar.




Otra mudanza. Van veintiséis. Creo que ya nadie me toma en serio cuando digo que será la última por un tiempo. Hace un año, justo antes de la mudanza número veinticinco —parecía un momento ideal para hacerlo— interrogué a mis padres y escribí una lista cronológica de todas las casas donde habíamos vivido. Con ellos hice trece mudanzas. Y debe ser algo de los genes, porque después, sin ellos, hice otras doce. Que en unos días serán trece.

1981. En Praia do Jardim, Angra dos Reis. Creo que era un apartamento en la ciudad. Angra dos Reis está a unos 150 kilómetros de Río, ahí nací yo, ahí estaban construyendo una central nuclear, y ahí nos quedamos un tiempo.

1982. Nos mudamos a una casa en Lídice, Río de Janeiro. El lugar más frío en el que estuvimos en Brasil, era montañoso.

1983. En la misma Angra dos Reis, nos mudamos a la casa de los Thompson —así recordada siempre por mis padres—, ya no estaba en la ciudad, sino en una urbanización más cerca de la playa. Lo que llaman "el balneario".

1984. A principios de año nos mudamos a la casa de Elena, también en el balneario. Y a finales de año volvimos a Argentina, a Berisso, nos instalamos un tiempo en casa de mis abuelos.

1985. Quedarnos en Argentina no era fácil, así que en verano de este año mi padre compró un terreno en Angra dos Reis, en Praia das Goiabas, Mambucabinha. Y empezaron a construir lo que siempre hemos conocido como "la casita de la playa", una casa de veinte metros cuadrados y mucho jardín, donde vivimos un tiempo en tienda de campaña y que vendimos, mucho tiempo después, para mudarnos a España. Volvimos a Argentina a casa de los abuelos (van siete mudanzas). En abril compramos una casa en Berisso, en la calle Génova. Estuvimos un año entero (van ocho).




Me asomo a los ventanales de un piso 70. Hasta donde alcanzo a ver solo hay rascacielos. Tienen distintas alturas, y parecen pegados entre ellos, no hay un solo hueco entre sus paredes. Están apagados. Toda la ciudad está a oscuras a excepción de mi piso 70. Desde arriba también puedo ver el lago, la ciudad por entero está cubierta de agua, y las pocas personas que llegan lo hacen en bote de remos. Llevan trajes negros.




Hace muchísimos años que no escribo ningún diario. Porque este blog, o página, o agujero negro, no puedo llamarlo así. Más bien sería un semanal. Pero acabo de releer un diario que nos hizo escribir en Navidades un profesor de guión que tuvimos en primero —Juan Miguel Lamet—, las Navidades del 2005. Para nada recordaba que tenía escritos uno a uno los días de esas vacaciones. Y me ha alegrado mucho, porque fueron una de las mejores Navidades que pasé en tiempo, y no me acordaba prácticamente de nada —lo cual ha hecho que recuerde, por cierto, que empecé a escribir cuando era muy pequeña justamente por eso, para no olvidarme de las cosas que me pasaban—.

Cuatro años después soy otra persona. Me ha traspasado todas esas cosas que cuento en el diario, y todos esos momentos me han traído, de alguna manera, hasta aquí. Es muy curioso leer algo escrito de hace tanto, parece escrito por otra persona, por alguien, tal vez, familiar, pero entre borroso y lejano.

Por ejemplo, para entonces mi gata siamesa era ya muy mayor, y escribí lo siguiente el 24 de diciembre: "No era solo la tele, también era por Poli, que estaba muy a gusto entre las mantas y nosotros. Había conseguido tumbarse en el brazo que tenía fuera y apoyar el morrito en mi codo. Ronroneaba, y no me dejaba moverme mucho más. Anoche estaba muy animada, casi no parecía que tuviera dieciocho años. Incluso intentó jugar un poco, me cazaba los dedos cuando se movían rápido. Le preparé una bola de papel de plata para ver si despertaba sus instintos felinos otra vez, pero no hubo caso; cuando la bola pasaba por su pata, la movía un poquito, como intrigada, pero en seguida se olvidaba de ella y solo pensaba en volver a subir al sofá. Jaime dijo que era como si ese juego ya no tuviera ningún interés para ella, y era verdad, parecía conocer todos los secretos de la bola de papel de plata. Lo mejor sería verla al lado de algún cachorro de meses, esos que no dejan de jugar ni siquiera cuando están dormidos. Seguro que cuando consiguen dormirse por fin, sueñan que están jugando. "

Así que los gatos viejos, cuando son ya tan viejos, sueñan que son cachorros. O las largartijas, que hibernan en invierno. Del 28 de diciembre: "He llegado al andén bastante rato antes que el tren, y he estado un buen rato mirando entre las piedras de las vías, a ver si veía alguna lagartija escurriéndose. En verano se veían muchas lagartijas ahí, escondiéndose entre dos piedras. Pero nada, invierno no es época de lagartijas. ¿Hibernarán las lagartijas? Ojalá nevara estas Navidades, el bosque por el que pasa el tren desde Tres Cantos a Cantoblanco está precioso con nieve en los olivos." Estas Navidades últimas, otra vez, más o menos por esas mismas fechas, ha vuelto a nevar, y las lagartijas a esconderse.




Me dijo que esa masa de agua que se extendía a nuestros pies era un río. Un río enorme. El río más ancho del mundo. Yo no veía nada más que un mar. Un mar grande y marrón. Si no había otra orilla tenía que ser el mar. Los ríos tienen puentes y peces, no tienen redes y gente pescando. No me creí una palabra, siempre me mentía. Me dijo que lo probase. El mar siempre es salado, si pruebas el agua verás que no es salada. Probé el agua. Sabía tanto a barro que era imposible distinguir nada en ella, ni sal, ni peces, ni restos de camalotes.




El sábado inauguramos por todo lo alto la nueva sede de Escuela de Escritores. Fue día 30 de enero. Y no tiene nada que ver —o tal vez tenga que ver muchísimo—, pero el 30 de enero de hace un año lo tengo marcado en el calendario con varios círculos.

Vale, es verdad que separar la Escuela del resto de mi vida es ya complicado, y de cierta forma todo lo que he hecho en los últimos diez años está ligado a la Escuela, desde que me senté en la primera clase de taller con Javi Sagarna. Antes yo solía escribir, claro, pero ese curso todo empezó todo a cobrar forma. Hasta entonces no pensaba que escribir fuera algo más que ciertos juegos con los que te entretienes a veces. Y en el taller me encontré a más gente que no solo escribía, sino que tenia la escritura como algo de gran peso en su vida. Y ahora resulta que estamos un 30 de enero inaugurando la sede de la Escuela, después de un camino larguísimo y lleno de piedras preciosas, y de guijarros, y de diamantes en bruto.

Fue el 30 de enero del año pasado cuando se me ocurrió una idea para el corto. Sin esa idea no se me hubiera pasado por la cabeza dirigir nada, que lo mío es escribir. Pero surgió con tanta solidez y tanta seguridad que hubo que rodarla. Todo el esfuerzo por ver esa historia en pantalla.

Diréis que no tiene nada que ver, y que últimamente lo único que hago es hablar del corto. Vale. Pero casualmente fue el mismo día. Y es que este corto es una de las herencias de las piedras preciosas que hemos recogido en el camino todos estos años. Y todas ellas apuntan más o menos, como las miguitas del cuento de Pulgarcito, al mismo sitio. Y es la Escuela, en todas sus variantes, en todos sus grupos por Internet, en todas y cada una de sus clases de colores de la nueva sede de Francisco de Rojas.

La fiesta tuvo mucho de bautismo, de inauguración de verdad. Pasaron por la Escuela muchos de los amigos que nos han acompañado estos años, pasaron profesores, compañeros de otros talleres, alumnos de ahora, ex-alumnos, los alumnos del máster, los amigos de Tres Rosas Amarillas, y los del Ateneu de Barcelona. Pero yo, con lo que me quedo, y con lo que más recuerdo, a eso de las diez de la noche cuando Germán empezó a poner música. Me coloqué en una esquina y miré a la gente bailar. Me quedo con la mezcla, porque era ver como varias generaciones juntas. Estaba allí Enrique Valladares, que fue compañero de mi primer grupo con Javier, el mítico de los viernes por la noche —y que ahora es también profesor de la Escuela—. Estaba, casi a su lado, José Luis Pereira, compañero de mi primer grupo por Internet —cuando yo vivía en Inglaterra—, y que ahora resulta que ha montado una librería dedicada al cuento. Estaba Berna Wang, también profe de la Escuela, y que conocí a través de una lista de correo que salió del taller de escritura de Madrid. Y estaban mis alumnos del año pasado: Mónica, Nieves, Víctor, Gloria... Y estaba David, un alumno de este año, que hace unos meses ni siquiera conocía.

Todos estaban junto, bajo el mismo techo y bailando. Y desde mi esquina tan bien elegida me dio por pensar en lo extraño que era la mezcla, y cómo yo le he repetido a mis alumnos que estaban ahí bailando todo lo que aprendí en las clases de Javier. Varias generaciones. Pequeñitas, sí. Pero encadenadas entre ellas. Con eslabones nuevos que se engarzan todos los días. Eso, sobre todo, era lo que yo estaba celebrando este día 30 de enero en la fiesta. Y me encantará ver qué ocurre el día 30 de enero de año que viene, que, estoy segura, tendrá que ver con la Escuela.




Suelo dormir muy bien por las noches. Hace años, incluso, me llamaban lirón, marmota, bicho perezoso y animales por el estilo. Además necesito dormir muchas horas. Cuando era niña me aburría dormir. No quería dormir, sentía que estaba perdiendo el tiempo. Leía muchísimo para aprovechar las horas, debí acumular esas horas en algún lado y ahora me las estarán cobrando. Nunca he tenido insomnio.

Pero desde hace algunos meses me ocurre lo siguiente: me despierto a las 4:30 de la mañana y no me puedo dormir. Como ahora. Debe ser como la décima vez que me pasa, así que me he levantado a escribirlo, como si esto fuera una especie de rito que fuera a matar el hechizo. He llegado a pensar que en mi calle, a esa hora, todos los días —o uno al mes, quién sabe— ocurre algo. Pasan cosas, pasa una manada de elefantes salvajes que barritan juntos, y me despiertan. O tal vez es algo más sutil, algún tipo de enjambre de murciélagos que emite a una frecuencia extraña que solo me despierta a mí. O, tal vez, es el camión de la basura echando agua a la calle. No lo sé.

Pero lo estoy escribiendo, a ver si es la última vez que me pasa. Es lo bueno de la escritura, le damos poderes a estas horas de la madrugada que en otro momento con la luz del día no tiene.




Nadaban por debajo de mis uñas, como si hubiera allí un territorio donde moverse libremente. Parecían amebas diminutas, el cuerpo de una chinche, con bigotes finos y patas largas. Si las aplastabas nadaban más rápido, como huyendo a ninguna parte, giraban en círculos. Al poco de aplastarlas perdían su contorno y se hacían invisibles. Después morían. Solo quedaban de ellas los bigotes.




Me metí en la piscina. La primera mitad era de agua transparente y limpia, con mucho cloro. La otra mitad era un río amazónico donde el agua era tan verde que no se podía distinguir el fondo. Nadando llegué hasta allí. Sentí pasar algo entre mis piernas, como una roca que se movía. Me agarré a ella y me devolvió al otro lado. Donde se unían las dos mitadas, justo en la frontera, con un movimiento, me tiró. Debajo del agua giré la cabeza justo a tiempo para ver alejarse a un cocodrilo, que abría y cerraba las mandíbulas como si riera.




A mis alumnos en su primer taller, en algún momento, como a los tres primeros meses, les recomiendo que lean Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. Que no es uno de los libros más fáciles de leer cuando estás empezando, pero que si de repente te toca en algún punto por dentro y hace clic, es una gran alegría. Y es que a mí, y creo que es una confesión bastante común, me gustaría ser un cronopio, uno de esos seres verdes y esponjosos, que se dedican a dibujar con tiza una golondrina en el caparazón de las tortugas.

La primera vez que Cortázar utilizó la palabra "cronopio" fue en una crónica de un concierto de Louis Amstrong, al que llamó: "Louis, enormísimo cronopio". Copio aquí palabas textuales del autor hablando de esos seres extraños, de los cronopios (que si mal no recuerdo he tomado de la entrevista tan conocida de La 2, igual que la frase anterior):

Empecé a escribir sin saber cómo eran. Luego tomaron un aspecto relativamente humano, con esas conductas especiales de los cronopios, que son un poco la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas. Frente a ellos están los famas: grandes gerentes de los bancos, presidentes de las repúblicas, la gente forma que defiende el orden… Las esperanzas son personajes intermedios, que están un poco al final del camino, sometidas, según las circunstancias, a las influencias de los famas y los cronopios. Todas las aventuras que les suceden depende de la psicología de cada uno de ellos.

Hay libros que están hechos para contar una historia. Muchos libros están hechos para contar una historia. Todos los relatos clásicos tienen como objetivo fundamental el de contar una historia. Pero este libro no está hecho solo para contar una historia. Está hecho para remover. Algunos de los textos nos producen risa, otras nos conmueven, otras nos hacen pensar, otras nos inquietan. Está hecho para criticar. Para inquietar. Y eso está muy bien, porque la intención que va por debajo es esa, la de mover sentimientos. Puede que no os haya movido nada, puede que, simplemente, hayáis pasado por algunas de los fragmentos diciendo que no contaban nada. Vale. No es problema. Guardad el libro un año. Leedlo otra vez el año que viene. La percepción sobre las historias seguro que han cambiado. Y en algún momento se siente esa incomodidad, ese remolino en el estómago, ese pequeño agujerito negro.

Este es uno de mis favoritos, el último, el de la tortuga. El final texto tira hacia arriba, como el hilo de una marioneta que cobra vida. Amplia tanto el campo de significado que no puede evitarnos producir una sonrisa, una gran bocana de esperanza, el cronopio es como un niño que juega con el mundo:

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

Pero hay muchos más textos. Me he fijado en uno, dentro de "Manual de instrucciones", ese que se llama "La tarea de ablandar el ladrillo".